El posible El Niño fuerte podría cambiar el clima global, pero Canadá no debería esperar un verano extremo

Explicamos por qué podría formarse un El Niño muy intenso este año, qué impactos podría traer a nivel mundial y por qué, en particular, Canadá podría sentir más efectos durante el invierno que en el verano.

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Aunque aún hay cierto grado de incertidumbre, los científicos llevan meses debatiendo la posibilidad de que este año surja un #El Niño muy intenso, incluso una versión catalogada como super.

Sin embargo, advierten que no hay que esperar impactos dramáticos en #Canadá durante el verano. Esto no significa que el fenómeno se quede lejos del resto del mundo: un El Niño fuerte puede empujar el planeta a temperaturas más altas y disparar eventos climáticos extremos en varias regiones.

Para entenderlo, conviene recordar qué es El Niño y qué es ENSO. El Niño es la fase cálida de un sistema más amplio llamado El Niño-Southern Oscillation, o ENSO. En condiciones normales, los vientos alisios empujan aguas cálidas hacia el oeste del Pacífico, haciendo subir el agua caliente en la región de América del Sur y permitir que las aguas más frías afloren cerca de Asia.

Durante un El Niño, esos vientos se debilitan y el agua cálida se desplaza hacia el este, elevando las temperaturas del Pacífico central y oriental.

Este reajuste altera patrones de #clima en todo el mundo.

Aun en estas primeras etapas de pronóstico, varios modelos climáticos apuntan a que podría iniciarse alrededor de junio o julio y alcanzar su punto máximo hacia noviembre o diciembre.

En la región clave del Pacífico conocida como Niño 3.4, las temperaturas podrían situarse en torno a 2 grados Celsius por encima del promedio, y algunos modelos señalan anomalías incluso mayores. Es una señal que ha generado expectación entre especialistas, porque un El Niño tan fuerte suele ir acompañado de cambios globales de clima.

La Administración Nacional Oceanográfica y Atmosférica de Estados Unidos (NOAA) publicó su actualización mensual sobre ENSO, señalando que hay una probabilidad del 82% de que se desarrolle entre mayo y julio y un 96% de que continúe desde diciembre hasta febrero.

Aun así, los científicos mantienen cierto grado de cautela respecto a la intensidad máxima y a cuándo podría alcanzarse ese pico.

En Canadá, la lectura es más sobria: el impacto más pronunciado de un El Niño suele ocurrir en invierno. Así lo ha explicado Kent Moore, profesor de física atmosférica en la Universidad de Toronto: las temporadas invernales canadienses tienden a ser más cálidas cuando hay un El Niño activo, sobre todo en las zonas del este y centro del país.

En verano, la presencia de este fenómeno no garantiza un calor extremo generalizado para Canadá, aunque eso no significa que no haya efectos indirectos.

Canadá vivió su invierno más cálido desde que se llevan registros

Mirando atrás, el recuerdo de inviernos más cálidos no es ajeno: durante 2023-2024, Canadá vivió su invierno más cálido desde que se llevan registros, asociado a un El Niño moderadamente fuerte.

En esa época, la anomalía de temperatura en la región Niño 3.4 del Pacífico rondó valores significativos, con lo que el país fue testigo de inviernos notablemente más suaves que la media. En 2015-2016, se vivió el último super El Niño, con una anomalía de aproximadamente 2,4 °C en Niño 3.4, un dato que los especialistas citan para señalar el rango de escenarios posibles. Se calcula que, si las condiciones se mantienen o se fortalecen, podrían verse efectos en otros momentos del año, como 2027, pero esas repercusiones no serían una simple consecuencia directa del fenómeno sino la suma de múltiples factores climáticos.

Una de las ideas centrales de los científicos es que, aunque El Niño pueda intensificarse, no es la única variable en juego. El #cambio climático de fondo, que empuja temperaturas y patrones de sequía o de incendios a escalas regionales, puede amplificar o atenuar ciertos impactos.

En este sentido, varios investigadores señalan que el aumento sostenido de la temperatura global ya está haciendo que eventos extremos sean más probables, independientemente de la fase de ENSO.

En ese marco, la posibilidad de un verano canadiense más cálido no debería generar una sensación de alarma desproporcionada, pero sí de atención y preparación ante posibles cambios en la meteorología, el almacenamiento de agua y la gestión de incendios.

A nivel global, un El Niño fuerte tiende a modificar temporadas de huracanes y a intensificar ciertas olas de calor, evaporación y sequía en distintas regiones.

En el Pacífico, los vientos de intercambio de calor suelen debilitarse, y ese intercambio repercute en las corrientes y en la distribución de la lluvia en amplias áreas.

En la parte occidental de Estados Unidos y en zonas de Canadá, el historial de años anteriores ya muestra cómo estos cambios pueden coincidir con temporadas de incendios forestales más largas o con inviernos más templados que alteran los patrones de hielo y nieve.

La recomendación de la comunidad científica es clara: preparar respuestas y estrategias para un clima más extremo, a la vez que se reducen las emisiones de combustibles fósiles para atajar la magnitud de estos cambios.

El consenso es que El Niño es un fenómeno natural por sí mismo, pero el contexto de calor global lo convierte en un factor que puede empujar a extremos más intensos de lo que hemos visto en décadas pasadas.

En definitiva, estamos ante una señal que exige vigilancia continua, una interpretación cuidadosa de las proyecciones y, sobre todo, acción climática para disminuir la vulnerabilidad ante futuros escenarios meteorológicos adversos.