Un estudio canadiense con décadas de muestreo en el Golfo de St. Lawrence indica que, ante la reducción del krill ártico, ballenas fin y minke incrementan la ingesta de peces forrajeros como capelín, caballa y arenque, y muestran una menor superposición en su consumo.
Este cambio dietético indica una notable capacidad de adaptación ante la variabilidad de las presas disponibles, aunque también plantea preguntas sobre la sostenibilidad de los recursos compartidos.
El trabajo se apoya en 28 veranos de muestreo de tejidos de las ballenas y de sus presas, analizados mediante isótopos estables de carbono y nitrógeno.
Estas firmas químicas permiten reconstruir, con una ventana temporal, cuánto de cada alimento contribuyó al desarrollo de los tejidos. En los años recientes, los investigadores detectaron un aumento de señales asociadas a peces forrajeros en los tres grandes grupos estudiados, lo que sugiere una remodelación de las dietas entre fin, minke y jorobada.
Aunque todas las especies siguen consumiendo una amplia gama de presas, la presencia de estas firmas indica que el suministro de presas primarias ha cambiado y que la repartición de alimento puede haberse vuelto más compleja.
Una de las ideas clave de los científicos es la llamada 'partición de recursos': las ballenas no estarían robándose alimento entre sí, sino que, ante una fuente de prey limitada, podrían orientarse hacia diferentes especies de peces, o alimentarse en diferentes momentos o lugares.
Esa menor superposición entre dietas podría reflejar una especie de coexistencia más eficiente, incluso cuando las ballenas comparten un mismo entorno.
Expertos como la directora de un programa de #conservación marina señalan que estas adaptaciones demuestran inteligencia y plasticidad biológica, pero también subrayan la necesidad de estudiar con mayor detalle qué áreas geográficas y qué épocas del año sostienen a estas poblaciones para protegerlas adecuadamente.
La investigación también destaca la importancia de entender las técnicas de caza. Entre las más destacadas se encuentra el uso de redes de burbujas por parte de las ballenas jorobadas, una estrategia compleja que concentra el alimento y facilita la captura.
Este tipo de comportamientos, observados en otras regiones del Pacífico, sugiere que las ballenas pueden aprender nuevas técnicas para aprovechar la nueva distribución de peces en un océano que cambia con el clima.
En términos de gestión, los autores subrayan que, si bien hay áreas protegidas en el tramo más profundo del estuario, la mayor parte de la zona estudiada no se encuentra dentro de una reserva marina.
Por lo que los responsables de políticas públicas deben adoptar enfoques dinámicos y basados en modelos climáticos para delinear futuras áreas protegidas y estrategias de conservación
Partes del litoral y aguas cercanas a zonas de pesca pueden experimentar cambios en la abundancia de presas, por lo que los responsables de políticas públicas deben adoptar enfoques dinámicos y basados en modelos climáticos para delinear futuras áreas protegidas y estrategias de conservación.
La nota original no incluye cifras monetarias relevantes para convertir a euros, por lo que no se han realizado conversiones de precios. Aun así, el estudio subraya que entender cómo cambia la dieta de las ballenas en relación con la disponibilidad de presas es crucial para anticipar impactos ecológicos y económicos en comunidades costeras que dependen de la pesca y del turismo asociado a la observación de fauna marina.
Históricamente, el Golfo de St. Lawrence ha sido una de las vías marítimas y pesqueras más importantes de Canadá, con una historia que va desde la explotación intensiva de recursos a esfuerzos modernos de conservación y monitoreo ambiental.
El calentamiento de las aguas, combinado con variaciones en las migraciones y en las poblaciones de peces, ha impulsado respuestas adaptativas en las ballenas que no solo reflejan cambios biológicos, sino también una necesidad de gestionar con mayor flexibilidad los ecosistemas marinos.
El crecimiento de la evidencia de esta conversación entre especies, y su sensibilidad a las condiciones climáticas, refuerza el llamado a mantener vigiladas las poblaciones y a invertir en investigación continua para sustentar decisiones de conservación basadas en ciencia.
