Un grupo de casi 200 chimpancés en Ngogo, Uganda, pasó de convivir en relativa armonía a una fractura violenta entre subgrupos. Expertos analizan las causas, las cifras y las posibles lecciones sobre reconciliación y comportamiento social.
La historia llega desde Ngogo, en el corazón de Uganda, donde un enorme grupo de #chimpancés solía moverse como una misma comunidad. Durante décadas estos animales mostraron un comportamiento cooperativo que sorprendía a los investigadores: se ayudaban entre sí, limpiaban a crías ajenas, alimentaban al grupo y defendían su territorio como una unidad.
Todo parecía indicar que la convivencia era estable, pero la realidad cambió de forma abrupta y brutal.
El equipo científico que lleva años siguiendo a estos simios describe un proceso que desembocó en lo que muchos llaman una guerra civil entre chimpancés.
A la cabeza de este seguimiento está Aaron Sandel, primatólogo de la Universidad de Texas en Austin, quien estuvo presente cuando se produjo la primera muerte de un chimpancé que conocía bien.
Erroll formaba parte del grupo y su pérdida marcó el inicio de una fractura que, con el paso de los años, se convirtió en una violencia sostenida entre subgrupos dentro de la misma comunidad mayor.
Ngogo es una zona densa de bosque dentro del Parque Nacional Kibale, donde los chimpancés conviven en subgrupos que a veces se cruzan y comparten zonas para comer o para criar a las crías.
Aunque a veces cooperaban para defender su territorio, también aparecía una especie de jerarquía que les permitía coordinarse ante posibles amenazas externas.
Los investigadores señalan que la expansión del grupo y la defensa de su espacio eran posibles gracias a la cooperación, pero también a lazos sociales fuertes que les daban capacidad para enfrentarse a otros grupos.
La ruptura llegó en junio de 2015. Los chimpancés del oeste y los del centro del grupo mayor empezaron a evitarse; lo habitual era que se reunieran y buscaran la cohesión, pero esa vez la tensión fue aumentando.
A partir de entonces, la interacción dejó de ser puntual y se convirtió en un conflicto que fue escalando con el tiempo. El punto más duro llegó en 2018, cuando un chimpancé conocido como Erroll, que había pasado años entre ambos subgrupos, fue asesinado, y a partir de ahí los ataques entre las dos mitades se volvieron una amenaza constante.
Los datos recopilados por Sandel y su equipo indican que, en los años siguientes, el llamado grupo occidental habría causado la muerte de alrededor de 24 chimpancés del grupo central, entre ellos varios infantes.
Pudieron haber debilitado la red de contactos entre los chimpancés mayores que actuaban como conectores entre vecindarios
En el estudio se cita además que varias muertes ocurridas en 2014, atribuidas a una posible enfermedad, pudieron haber debilitado la red de contactos entre los chimpancés mayores que actuaban como conectores entre vecindarios, lo que podría haber contribuido a la fragmentación.
Un cambio en la jerarquía dentro del grupo central, cuando un chimpancé más joven desbancó al alfa tras seis años en el cargo, también dejó al grupo en una situación de mayor tensión.
Entre las explicaciones que barajan los investigadores se encuentra el tamaño del grupo. Con más de 200 individuos, la competencia por alimento y reproducción se intensificó, y ese incremento podría haber empujado a los subgrupos a separarse para evitar el choque directo.
Sandel apunta a la idea de que un gran tamaño, a la vez que ofrece ventajas a nivel de defensa y de alcance territorial, también puede ser un gatillo para fracturas internas cuando las tensiones crecen.
A falta de una única causa, el cuadro parece ser la suma de factores: pérdida de conexiones sociales clave, cambios en la dominancia, aumento de la competencia y posiblemente enfermedades que debilitaron la estructura social.
Lo más destacable para la comunidad científica es que este caso parece único por el grado de cohesión previa al conflicto. Iulia Bădescu, primatóloga de la Université de Montréal, señala que, si bien los chimpancés suelen ser xenófobos con los forasteros, este grupo tenía vínculos muy estrechos que, de un día para otro, se vieron trastocados.
Ver que hermanos o parientes cercanos pueden pasar a ser enemigos y llegar a ser letales resulta, para los especialistas, sorprendente y perturbador.
Por último, los investigadores destacan una lección que traslada este fenómeno a la reflexión humana. Aunque no se trate de copiar exactamente lo vivido entre los chimpancés, sí se puede extraer la idea de que las relaciones interpersonales y la capacidad de reconciliar tras el conflicto son elementos clave para la convivencia.
Sandel y Mitani —otro primatólogo involucrado en el estudio— señalan que, pese a que los humanos también atraviesan guerras y conflictos, seguimos siendo una especie extremadamente pro-social cuando se busca la cooperación y la ayuda entre vecinos, incluso entre desconocidos.
Studos como este, señalan, abren la puerta a intervenciones que faciliten la paz y la reconciliación entre comunidades, a partir de comprender mejor cómo se construyen y se rompen los lazos sociales entre nosotros y entre otras especies.
La investigación, publicada en Science, continúa alimentando el debate sobre por qué surgen las fracturas en grupos tan cohesionados y qué nos dicen estas historias sobre la posibilidad de construir acuerdos y convivencias más estables, tanto en el mundo animal como en el humano.
Mientras tanto, los chimpancés de Ngogo siguen siendo testigos de una de las piezas más complejas y reveladoras del rompecabezas de la vida en grupos grandes.
