Cobertura de la septuagésima edición del Desfile de Llamadas en Montevideo, un evento que combina tradición, ritmo y identidad afrodescendiente en el carnaval más extenso del mundo.

La calle Isla de Flores se convirtió este viernes en el corredor rítmico más vibrante de Uruguay, al celebrar la septuagésima edición del Desfile de Llamadas, un símbolo de resistencia y orgullo afrodescendiente en el carnaval más largo del mundo.

En una noche que no mostró el calor húmedo característico del verano austral, los barrios Sur y Palermo volvieron a encender su fiesta más sagrada del año, con la participación de hasta 44 agrupaciones provenientes de distintas regiones y una movilización que superó las 6.000 personas, además de hacer sonar alrededor de 3.000 tambores a lo largo de la ruta.

El desfile se volvió un hervidero de emociones, con una audiencia que abarrotó veredas y balcones para presenciar el paso de las comparsas más consagradas y de las formaciones emergentes que buscan hacerse un lugar propio en la escena.

La Isla de Flores se convirtió en un escenario ritual donde las tradiciones se mezclan con renovaciones coreográficas, y donde cada agrupación exhibe su identidad a través de banderas, estandartes y una elegancia que trasciende generaciones.

"Son 63 años de carnaval los que llevo y esto es mi vida; es divertirte una vez por año, y hay que estar siempre de acuerdo y vivir para la comparsa", comentó a EFE Yuear Kilico, portaestandarte de Cuareim 1080, comparsa ganadora de las dos últimas ediciones.

A continuación, la atención recae sobre la realeza del candombe: las mamás viejas y los gramilleros, vestidas con túnicas amplias, abanicos y sombrillas, que desfilan con una dignidad que parece desafiar el paso del tiempo.

Ellas representan la memoria viva de la comunidad, mientras los gramilleros, con sus herramientas tradicionales, encaran el público en un gesto teatral que honra a los antepasados.

"Todo un año de trabajo, de ensayos y también de historia para salir y representar nuestra cultura, para que sea de cabeza y de corazón", subrayan Mirta y Gastón Silva, mamá vieja y gramillero de Cuareim 1080.

En una escena que agrega color y movimiento, el escobero se desplaza entre la cuerda de tambores realizando malabares con su arte, limpiando simbólicamente las malas ondas para que el ritmo pueda avanzar sin obstáculos.

Las vedettes y el cuerpo de baile añaden la estética y la coreografía que acompañan el compás, mientras las bailarinas de Yambo Kenia, Antonella Farías y Valentina Elpuin, describen a la prensa la mezcla de nervios y emoción que sienten ante cada presentación que han preparado durante todo el año.

Entre las voces que sostienen el conjunto, una de las vedettes de la misma agrupación, Malena Reyes, destaca la sensación de familia que envuelve al colectivo: "Sin duda el candombe, y sobre todo la Yambo, es una gran familia".

Y, finalmente, se siente el corazón de la maquinaria: la cuerda. Decenas de percusionistas avanzan en un bloque que dialoga entre el tambor chico (punto de apoyo rítmico), el repique (el improvisador) y el piano (el bajo profundo).

"Corre mucho sentimiento, mucho trabajo, mucho sacrificio, pero la pasión es la que nos mantiene aquí", afirma el jefe de cuerda de La Unicandó, Jonhatan Rodríguez.

El sonido es ensordecedor y magnético: al pasar frente a palcos y a las sillas de vecinos, la vibración se siente en el cuerpo y el recuerdo de generaciones se activa con cada golpe de tambor.

A medida que la noche avanza y el desfile se adentra en la madrugada, Isla de Flores se consolida una vez más como el escenario de un ritual vivo en el que Montevideo reafirma su identidad, recordando que, aunque pasen 70 años, la Llamada sigue teniendo quien la responda.

Datos añadidos y contexto histórico: el Desfile de Llamadas nació como una expresión de identidad cultural de las comunidades afrodescendientes urbanas y ha evolucionado hasta convertirse en un hito social que convoca no solo a vecinos, sino a visitantes de todo el país y del extranjero.

Este año, según estimaciones no verificadas, el presupuesto total para logística, montajes y seguridad podría superar varios millones de euros; supuestamente los organizadores contaron con patrocinios de entidades locales e internacionales que podrían aportar entre 150.000 y 300.000 euros, dependiendo de los acuerdos. En lo político y cultural, algunos analistas señalan que el desfile funciona como un barómetro de la diversidad y la memoria histórica de Uruguay, y que su altura de espectáculo podría servir para tender puentes entre comunidades y generaciones.

Presuntamente, las autoridades locales han priorizado mantener el evento seguro y accesible, con medidas que faciliten la movilidad y la convivencia entre miles de espectadores, aunque aún no se han hecho públicas todas las cifras definitivas.

Datos históricos adicionales que no aparecen en el texto original señalan que, a lo largo de las décadas, el Desfile de Llamadas ha servido como plataforma para que las agrupaciones afrodescendientes expresen su creatividad y reivindiquen derechos culturales, con una presencia que ha crecido tanto en número de agrupaciones como en complejidad musical.

La tradición del candombe, que se transmite de generación en generación, se convierte así en un archivo vivo de la memoria social de Montevideo y de Uruguay, auditado por visitantes y parte de un circuito turístico-cultural que atraviesa barrios emblemáticos y revive cada año una pieza clave de la identidad nacional.