Propuesta de hundir árboles maduros del boreal en el Ártico para almacenar carbono: viabilidad, costos y riesgos
Un grupo de científicos propone una idea de geoingeniería para almacenar carbono hundiendo troncos maduros del bosque boreal en el Océano Ártico. El artículo analiza la viabilidad, los posibles beneficios y las incertidumbres ecológicas y sociales, además de situar la propuesta en el marco de la lucha global contra las emisiones de CO2.
Un grupo de científicos de Reino Unido, Suiza y la República Checa propone una idea de #geoingeniería para la gestión del #carbono que ha generado debate: hundir troncos maduros de los #bosques boreales que se extienden por Canadá, Alaska y Rusia en las aguas profundas del Océano Ártico, con el objetivo de almacenar ese carbono durante siglos.
El estudio, publicado en la revista npj Climate Action, utiliza modelos computacionales para explorar qué ocurriría si se seleccionaran parches de árboles viejos, se les removiera y se condujera su hundimiento controlado, acompañado de la plantación de árboles nuevos de crecimiento más rápido para continuar la absorción de CO2.
La idea parte de la premisa de que, aunque los bosques almacenan carbono durante décadas o siglos, esa reserva puede liberarse si los árboles mueren, se descomponen o arden.
En el marco del estudio, los investigadores simulan la extracción de áreas específicas de bosques maduros cercanas a grandes ríos boreales —como Mackenzie y Yukon— y su traslado hacia el Atlántico Norte para su entierro en las capas profundas del océano Ártico.
Al mismo tiempo, se propone plantar árboles jóvenes en su lugar para acelerar la captura de carbono de la atmósfera.
Los autores sostienen que, por las condiciones del #Ártico —agua fría y baja oxigenación—, la descomposición podría retardarse lo suficiente como para mantener el carbono fuera de la circulación atmosférica durante siglos o milenios.
En una proyección teórica, si este procedimiento se repitiese anualmente en tres áreas de 10.000 kilómetros cuadrados cada una —aproximadamente un 1% de la masa del bosque boreal—, podría alcanzarse la eliminación de aproximadamente una gigatón de CO2 por año.
Esta cifra, sin embargo, debe interpretarse con cautela: la magnitud de la reducción global de emisiones de CO2 no depende de una sola solución, y los números de referencia muestran que las emisiones mundiales rondaron los 37,8 gigatoneladas en 2024.
La operación plantea varias complejidades. En primer lugar, el proceso requeriría maquinaria pesada, logística de corte y traslado, y la gestión de miles de troncos que deben ser llevados hasta la columna de agua profunda para su inyección o soterramiento.
El coste energético y las emisiones asociadas a estas actividades podrían contrarrestar, en parte, los beneficios de almacenamiento si la operación no se planifica con criterios de eficiencia y bajas emisiones.
En segundo lugar, existe la incertidumbre sobre los impactos ecológicos: el bosque boreal es una red de vida que sostiene insectos, aves, plantas y una amplia red de hongos y hongos micorizóneos, todos estrechamente interconectados; eliminar grandes parches de árboles podría alterar hábitats y procesos del suelo, con efectos que podrían propagarse por la cadena alimentaria marina y terrestre.
Además, la intervención tendría un costo social y cultural para comunidades indígenas que dependen de estos bosques para su subsistencia y cultura.
El estudio no ofrece una solución garantizada: describe un marco teórico que advierte sobre incertidumbres significativas en cuanto a cuánta cantidad de carbono podría permanecer almacenada a largo plazo
El estudio no ofrece una solución garantizada: describe un marco teórico que advierte sobre incertidumbres significativas en cuanto a cuánta cantidad de carbono podría permanecer almacenada a largo plazo, cuánto podría liberarse por descomposición futura y qué efectos tendría en el lecho marino y en las comunidades locales.
Esta propuesta, en clave histórica, se enmarca entre la familia de ideas de geoingeniería, que incluyen desde la inyección de aerosoles en la estratosfera hasta la expansión de superficies reflectantes o la gestión del hielo polar.
A lo largo de décadas, estas propuestas han generado debates intensos sobre riesgos, costos y beneficios, recordando que soluciones de “emergencia” no eximen la necesidad de reducir la dependencia de los combustibles fósiles.
En un contexto más amplio, el bosque boreal ya es reconocido por su contribución al balance global de carbono: contiene más carbono que la suma de los bosques tropicales y templados combinados, lo que subraya su importancia como reservorio natural y su fragilidad ante perturbaciones humanas y climáticas.
Este hecho ha impulsado esfuerzos de conservación y manejo sostenible, además de un escrutinio crítico de cualquier estrategia que modifique su estructura a gran escala.
Por ello, las discusiones sobre soterrar madera en el Ártico deben enmarcarse en una evaluación honesta de costos, beneficios y posibles efectos ecológicos y socioculturales.
La raíz de la solución real frente al #cambio climático no reside en truquitos de ingeniería extrema, sino en una reducción sustancial de las emisiones de combustibles fósiles y en la aceleración de la transición a energías limpias.
Las rutas tecnológicas para generar energía sin carbono ya existen: solar, eólica, geotérmica y, en ciertos contextos, nuclear con residuos gestionados adecuadamente.
Además, la captura de carbono y mejoras en eficiencia pueden aportar a un panorama más sostenible, siempre que se implementen con vigilancia, transparencia y participación de comunidades afectadas.
En resumen, aunque el ejercicio teórico de soterrar bosques ofrece un marco para pensar en soluciones de almacenamiento, la prioridad sigue siendo reducir la fuente de las emisiones y fortalecer la resiliencia de ecosistemas y sociedades ante un clima cambiante.