El VAR y el arbitraje en el fútbol argentino: entre criterios variables y dudas persistentes
Análisis sobre la relación entre árbitros y VAR en el fútbol argentino, con referencias históricas y comparativas internacionales, a partir de un enfoque de renovación periodística.
En un repaso de las tensiones que rodean al arbitraje y al uso del VAR, se aborda una coincidencia histórica: el #fútbol argentino ha convivido con la sensación de que las normas no bastan y que la interpretación de quienes las aplican marca el comportamiento de cada partido.
Hace años, un sabio del fútbol sudamericano, Oscar Washington Tabárez, decía a los jugadores de Boca que no hay reglamento único, sino árbitros que dirigen.
Con esa imagen en la memoria, las voces que analizan el juego de hoy sostienen que la situación no cambió: hay árbitros que dirigen con criterios variables y otros que manejan el VAR.
Los reglamentos, lejos de ser un texto fijo, parecen adaptarse al contexto de cada encuentro, con guiones de interpretación que pueden variar entre estadio y estadio, entre torneo y torneo.
En ese marco, la transparencia se convierte en una promesa que, por momentos, se desvanece ante la sospecha habitual que acompaña al fútbol argentino, donde todo parece estar sujeto a una lectura particular.
El VAR, concebido para disminuir errores, a veces parece generar más dudas que certezas. No es solo un fallo humano: la revisión tecnológica añade capas de interpretación y tiempos de espera, que agotan a futbolistas, técnicos y aficionados.
Aun así, no son únicamente los árbitros los que quedan expuestos. También los jugadores terminan pagando el precio de una cultura de disputas internas: casos como el de Ángel #Di María muestran cuánto se entrelazan la actitud de un jugador y las decisiones de los jueces, y cuán rápido puede crecer una polémica en las redes sociales, cuando el foco se dirige hacia la eventual predominancia de ciertos criterios o intereses en la toma de decisiones.
Aunque Di María haya sido señalado como ejemplo, la conversación no se reduce a una persona: es un reflejo de una estructura que, a veces, premia la impulsividad voraz antes que el control del juego.
El reglamento parece aceptar una flexibilidad que incomoda a muchos
El reglamento parece aceptar una flexibilidad que incomoda a muchos. Las reglas no se aplican con un mismo nivel de firmeza en cada área: el offside, por ejemplo, continúa generando debates por las líneas y trazos que delinean la frontera entre lo legal y lo que parece fuera de juego.
Partidarios de pruebas como la propuesta de #Wenger —que el delantero no puede estar en posición legal si no hay una separación total del último defensor— sostienen que una simplificación podría evitar disputas interminables.
Sin embargo, la International Football Association Board no ha adoptado esa visión y, por ahora, el debate continúa. En la #Liga Profesional de Argentina, la discusión es igual de compleja: la necesidad de reglas claras se cruza con una realidad de aplicación que depende de hombres y máquinas, de contextos y de momentos, de la historia que cada estadio carga.
Esta reflexión no pretende cerrar el tema, sino abrir una conversación sobre cómo equilibrar la precisión tecnológica con la interpretabilidad humana.
Lo que ocurre en Argentina no es único: en otros escenarios europeos también se observan tensiones entre criterios, reglamentos y la experiencia de juego.
La persistente pregunta es si el fútbol logrará una uniformidad razonable sin perder la diversidad de enfoques que aportan color y ritmo a cada partido.
Al final, el desafío es lograr que el reglamento funcione como una guía inequívoca y no como una excusa para disputas interminables. En ese intento, la historia reciente del fútbol continental ofrece lecciones: la tecnología debe servir, no dominar; la interpretación debe facilitar, no obstaculizar; y, sobre todo, el juego debe conservar su esencia, que es la claridad de la intención, la fluidez de la acción y la emoción de cada minuto.