Calor nuclear para ciudades enteras: lecciones del mundo y qué podría cambiar en Canadá

Un vistazo accesible a cómo el calor generado en plantas nucleares ya calienta barrios en China y otros países, qué inquieta a Canadá y qué retos y oportunidades se abren al usar este sistema de calefacción distrital.

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En varios países ya se está usando calor procedente de centrales nucleares para calentar barrios enteros, no solo para generar electricidad. La idea, conocida como #calefacción distrital a partir de calor nuclear, consiste en captar el calor que produce una planta y canalizarlo a una red de tuberías que distribuye calor a viviendas y edificios.

Es una solución que, de ser viable y barata, podría reducir emisiones y hacer más estable el suministro de calor durante los inviernos fríos.

El caso más destacado reciente está en China. En las ciudades del norte, la planta Haiyang alimenta una red de calefacción llamada Warm Nuclear No.1, que ya calienta a unas 400.000 personas en tres urbes y que ahora se está preparando para extenderse a Qingdao, a unos 130 kilómetros de distancia. Según la Agencia Internacional de Energía Atómica (IAEA), para finales de 2025 este calor nuclear había desplazado 1,3 millones de toneladas de carbón y reducido las emisiones de CO2 en alrededor de 2,3 millones de toneladas.

Es, de lejos, la mayor red de calefacción basada en calor nuclear del mundo y marca un límite técnico en el que varias naciones están mirando con interés.

La historia de la calefacción distrital con calor nuclear no es nueva. En Suecia, la central Agesta suministró calor a un suburbio de Estocolmo durante una década a partir de 1963, y desde entonces la tecnología se ha extendido a muchos países como Bulgaria, la República Checa, Hungría, Rumanía, Eslovaquia, Ucrania y Suiza, donde la central Beznau ha aportado kilómetros de tuberías de calefacción desde 1983.

Expertos como Francesco Ganda, responsable técnico de aplicaciones no eléctricas en la IAEA, señalan que la idea gana interés sobre todo en sitios con redes de calefacción ya existentes, porque resulta más económico adaptar una planta que construir una nueva #infraestructura desde cero.

Pero, ¿cómo funciona exactamente? Co-generar calor y electricidad puede hacer que, en cierta medida, la planta reduzca su producción eléctrica, pero la ganancia es considerable: cinco veces la #energía en forma de calor.

Hay más de 60 reactores en el mundo capaces de suministrar ambos usos.

En Canadá

En Canadá, la historia se está moviendo más despacio. El primer proyecto importante parecía cercano en Hamilton, Ontario, donde se anunció hace un tiempo un plan para usar calor del reactor de investigación de McMaster University para calentar un edificio vecino; el reactor tiene 65 años.

Estudios detallados mostraron que, si se aprovechara el calor, podría descarbonizar una parte importante del campus. Sin embargo, el proyecto se retrasó por costos más altos de diseño, especialmente por la necesidad de una red de calefacción compatible. Además, la eliminación de un impuesto federal a las emisiones de carbono enturbió las cuentas de ahorro. Aun así, no se descarta la idea: algunos proponen incluso construir un reactor nuevo que pueda alimentar la red de la universidad, y otros señalan que Ontario podría aprovechar calor de reactores existentes.

Los analistas subrayan que la clave está en la planificación desde la fase de diseño de la planta: incorporar la capacidad de calefacción distrital podría añadir menos de un porcentaje pequeño al costo total, pero abriría una nueva vía de ingresos y ayudaría a aplacar picos de demanda eléctrica en invierno.

Aun así, hay debate político y económico: los defensores destacan que gobiernos deben liderar para evitar que el capital privado tome las riendas sin una base sólida de suministro de calor.

Los críticos alertan de posibles tentaciones de depender excesivamente del capital privado para una función básica como la protección del #clima y la seguridad del hogar.

En resumen, estas experiencias muestran que el calor de origen nuclear puede ser una pieza interesante del rompecabezas energético, con beneficios en descarbonización y estabilidad de la demanda eléctrica, pero también con retos en inversión, seguridad, regulación y aceptación pública.

Si se resuelven cuestionamientos como el costo real de la infraestructura necesaria y las garantías técnicas, podría haber un camino hacia ciudades más cálidas y limpias sin depender únicamente de fuentes renovables intermitentes.

El aprendizaje de China, Suecia y otros países podría servir para que Canadá, y quizá otros países, evalúen con rigor cuánto peso real tiene esta solución en su mix energético y en su estrategia climática a largo plazo.