Un estudio documenta siete casos de un comportamiento llamado 'cloacal diving' entre remoras y mantarrayas, dejando al descubierto una interacción más compleja de lo que se creía entre estas especies y cuestionando cómo definimos su relación.
Un estudio publicado este mes en Ecology and Evolution documenta siete incidentes en los que las remoras, también conocidas como suckerfish, se lanzan directamente a la entrada cloacal de sus anfitriones, las mantarrayas.
Estos peces diminutos suelen viajar adheridos a criaturas grandes como tiburones o ballenas para aprovechar el paseo, y, a cambio, se alimentan de parásitos del huésped.
Aunque parezca una buena historia para ambos bandos, la nueva evidencia sugiere que, para las mantarrayas, ese paseo podría traer consigo costos notables.
Estas observaciones, recogidas por Emily Yeager, investigadora en formación de la Universidad de Miami, señalan que, a veces, la remora se introduce de golpe en la cloaca del huésped o cerca de esa zona, y el animal anfitrión podría sentirse sumamente incómodo ante la situación.
Yeager, que lidera el estudio, explica que se trata de una interacción poco común pero que se ha documentado con suficiente consistencia como para empezar a considerarla seriamente dentro del repertorio de conductas entre #remoras y rayas manta.
El trabajo, que llega tras revisar años de vídeo y registros, se publica como una serie de casos que, según los autores, podrían ser solo la punta del iceberg.
El fenómeno recibe el nombre de 'cloacal diving' por la propia ubicación de la incursión: la cloaca, una abertura singular que sirve para reproducción y excreción.
Aunque ya se había observado esta conducta entre remoras y tiburones ballena, esta parece ser la primera evidencia documentada de un choque similar entre las remoras y rayas manta.
El estudio recoge siete casos repartidos por distintos océanos y a lo largo de unos 15 años, y los investigadores insisten en que la frecuencia real podría ser mucho mayor, dado que a veces solo se visibiliza la punta de la cola de la manta.
Una de las hipótesis más discutidas es que el comportamiento podría deberse a una necesidad de alimentarse con rapidez antes de que otro remora llegue a disputarle el bocado, lo que explicaría cierta territorialidad para usar el mismo huésped.
En una de las grabaciones analizadas, un buceador se aproxima por detrás a una manta atlántica frente a la costa de Florida y parece asustar a una remora cercana; la remora, en cuestión de segundos, se dirige hacia la cloaca de la manta y esta entra en un espasmo violento antes de seguir su camino.
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La bióloga Brooke Flammang, profesora de ciencias biológicas en el New Jersey Institute of Technology y experta en remoras, apunta que la conducta podría ser coprofagia —comer heces— y que, aunque no formaba parte del equipo de investigación, la remora podría estar buscando una fuente de alimento de forma prioritaria.
'La conducta probablemente sea coprofagia', afirma Flammang en una comunicación; la frase en latín para describir comer heces ofrece una pista sobre la posible motivación.
También señala que, a veces, las remoras no muestran miedo ante buceadores, y pueden adherirse incluso a una persona para aprovechar el alimento disponible.
Aun con estas interpretaciones, la pregunta de fondo es: ¿cómo afecta este comportamiento a la manta? Si la incursión en la cloaca causa daños en la piel o altera procesos como la reproducción y la excreción, podría complicarse la forma en que definimos la relación entre ambas especies.
Tradicionalmente se habla de una relación simbiótica, en la que ambas partes salen ganando, o de una relación comensal, en la que solo una se beneficia sin dañar al otro.
Pero los investigadores advierten de que la naturaleza no encaja en etiquetas fijas: estas interacciones podrían existir en un continuo, donde el beneficio o el daño varían según el contexto y la experiencia de cada encuentro.
Este hallazgo invita a revisar cómo entendemos las relaciones interespecíficas y recuerda que la ecología marina es un mosaico dinámico, en el que incluso las asociaciones aparentemente simples pueden esconder grados de complejidad.
Las remoras siguen sorprendiendo, y las rayas manta, criaturas sensibles a la intrusión en su espacio personal, podrían estar dando pistas sobre un mundo marino más complejo de lo que pensábamos.
En cualquier caso, el debate científico sobre si estas conductas obedecen a un beneficio mutuo o a una respuesta de estrés de la anfitriona está lejos de cerrarse, y es probable que nuevos datos obliguen a ajustar nuestras categorías y modelos explicativos.
