Análisis de una edición del Seis Naciones que dejó claro que el rugby europeo evoluciona: Francia campeón con un juego caótico y eficaz, Irlanda cerca, Italia revelación y una batería de cifras históricas que cambiarán la mirada sobre el torneo.
¿Fue este Seis Naciones el mejor de todos los tiempos? Esa es la pregunta que aún ronda entre los aficionados al rugby, mientras Francia celebra un bicampeonato y Irlanda intenta mirar hacia otro lado tras haber rozado la gloria y quedarse a segundos de ella.
Los números dicen mucho: se rompió el récord de ensayos con 111 tries, superando los 108 del año anterior, y solo se patearon 30 penales y conversiones, la cifra más baja desde 1980.
Pero más importante que los números es lo que ocurrió en el césped: un torneo reformateado que se jugó con más dinamismo, con equipos ajustando sus planteamientos y buscando la continuidad en la presión y en la circulación de la pelota.
En definitiva, una versión más fresca y atractiva del Seis Naciones, justo a un año y medio de que tenga lugar el Mundial en Australia.
En el centro del espectáculo estuvo Francia, que demostró que su forma de jugar puede ser caótica para el rival y a la vez extremadamente productiva.
Buscaron dos títulos consecutivos por primera vez desde 2006-2007 y, aun sin su apertura titular Romain Ntamack, encontraron en Matthieu Jalibert a un 10 que se ajustó a la perfección al talento que lo rodea.
El resultado: un ataque que se desata y desarma defensas. Francia cerró el torneo con un juego de alto ritmo, un repertorio de pases en contacto que llevó a un tope de 80 offloads, la cifra más alta del campeonato, y 58 quiebres de línea, muy por encima del resto.
Eso explica por qué la ventaja se multiplicó y por qué el equipo terminó rompiendo líneas con facilidad. Además, Thomas Ramos repasó a todos en la tabla de puntos, con 74 puntos; Louis Bielle-Biarrey, a sus 22 años, sorprendió con nueve tries, igualando un récord y dejando claro que su nombre estará en la historia si sigue en este camino.
Sus 29 conquistas en 27 partidos con la camiseta francesa muestran un jugador que podría igualar o superar hitos como el de Daisuke Ohata, legendario goleador de tries.
Pero no solo de Francia vive el Seis Naciones. Irlanda, que partía como favorito para algunas medallas, ofreció un rugby más contenido y sólido, con una defensa estructurada que le permitió pelear hasta el último suspiro.
Sus victorias frente a Inglaterra y Escocia fueron destacadas, y aunque no consiguió la corona, dejó claro que su proyecto está en el buen camino para dar la pelea en el Mundial.
En cuanto a Inglaterra, la edición fue como un electrocardiograma: alternó momentos brillantes, especialmente tras cambiar a Fin Smith como apertura y optar por un juego más directo con las manos, con apagones de rendimiento que le costaron la competición.
Cerró con una irregularidad que tuvo su pico en derrotas humillantes ante Escocia, Irlanda e Italia; una mezcla de talento y desorganización defensiva que hizo que la clasificación terminara en la quinta posición, con 55 penales y nueve tarjetas (una roja y ocho amarillas), cifras que dan para pensar en ajustes profundos.
Escocia vivió un camino de altibajos. Arrancó con cierta incertidumbre, sufrió ante Italia y dejó dudas sobre su consistencia, pero cuando se afianzó bajo la batuta de Gregor Townsend mostró su mejor versión, especialmente en la victoria frente a Francia.
Aun así, la presión de Irlanda terminó por sacarlo de la pelea por el título, aunque dejó destellos de que puede ser un adversario importante en cualquier edición futura.
En el otro extremo, Italia fue la revelación del torneo. Sin traicionar su historia, mostró crecimiento notable gracias al trabajo de Gonzalo Quesada en su staff, con Germán Fernández como un referente del análisis.
Tres victorias hubieran supuesto su mejor Seis Naciones desde la llegada al torneo en 2000; no fue, pero sí dejaron claro que el rugby italiano tiene horizontes más amplios.
Su defensa recibió 117 puntos, una cifra muy razonable para una potencia en ascenso, y el rendimiento global del pack, especialmente en el scrum, fue uno de los grandes argumentos de su progreso, pese a un ataque que mostró carencias al convertir sus estancias en la 22 contraria en 1,49 puntos promedio, una cifra por debajo de la media del torneo.
Gales, por su parte, cerró último pero con señales para la esperanza: destacaron en la consistencia de su juego de pateos y, pese al desenlace, terminaron mostrando un puñado de rachas positivas que invitan a mirar hacia el futuro con optimismo, especialmente en un ciclo que ha cambiado de configuración y que necesita más tiempo para cristalizarse.
Con todo, este Seis Naciones deja varios aprendizajes: el rugby de élite en Europa está evolucionando hacia un modelo más colectivo, con más offloads, más juego a la mano y una presión constante que pone al límite a las defensas rivales.
Para Los Pumas, ese es un espejo de trabajo: el juego dinámico, de línea de ataque, contrataques y recuperación de pelotas tras patadas son las líneas maestras que podrían acercar a Argentina a los puestos de privilegio en el Mundial de Australia.
En la práctica, se busca que la presión se mantenga cada vez que se consigue un turnover o un knock-on, porque la recepción actual de los receptores ya no está tan protegida como antes.
En definitiva, una edición que combina talento, récords y un cambio de rumbo que promete un rugby aún más atractivo para los próximos años.