Cuando el saber inuit se cruza con la ciencia: puentes entre comunidades y investigadores en el Ártico
Una radiografía de cómo Inuit y científicos trabajan juntos para que el conocimiento tradicional guíe la investigación en Nunavut, con sus retos, beneficios y un vistazo al futuro de la ciencia participativa.
En el Ártico canadiense, una nueva generación de jóvenes inuit y científicos está cambiando la forma de hacer investigación.
Ya no se espera que la ciencia llegue desde fuera imponiendo métodos; ahora se busca una conversación que reconozca tierras, animales y saberes que las comunidades han conocido durante siglos.
Candice Sudlovenick, responsable de programas de extensión para SIKU en la Arctic Eider Society, describe su labor como un puente entre dos modos de entender el mundo.
Su historia empieza cuando, hace más de una década, se unió a #Ikaarvik como joven y descubrió que la ciencia también puede escucharse entre risas, caminatas por la tundra y proyectos escolares.
Ikaarvik nació en 2010, en Pond Inlet, cuando un grupo de jóvenes inuit que terminó el Programa de Tecnología Ambiental del #Nunavut Arctic College decidió seguir trabajando fuera de las aulas y en las comunidades.
El nombre de la iniciativa, que se traduce en una especie de puente, recoge la idea de convertir barreras en oportunidades, de transformar la distancia entre saberes en alianzas prácticas.
Desde entonces, Ikaarvik ha trabajado para preparar a la juventud inuit para carreras que unan el conocimiento ancestral con la ciencia moderna, en un diálogo que antes era impensable.
En la práctica, investigadores y jóvenes de Ikaarvik colaboran a distintos niveles. Uno de los ejemplos que se cita con frecuencia es el trabajo conjunto con Juniors Canadian Rangers en Gjoa Haven, una comunidad de Nunavut, donde se combinan observaciones científicas con experiencia local para entender mejor el entorno, los cambios del clima y la vida silvestre.
Este tipo de colaboración no solo genera datos, también forma a quienes estarán en primera línea de la investigación en los próximos años y personalmente da a los jóvenes un sentido de pertenencia y responsabilidad.
Una pieza central de este enfoque es el #Inuit Qaujimajatuqangit
Una pieza central de este enfoque es el Inuit Qaujimajatuqangit, conocido como IQ, que en inuktitut significa algo así como el conocimiento que los inuit siempre han sabido.
Desde esta perspectiva, la ciencia occidental no es un reino aislado: ambas miradas pueden ser igual de rigurosas y útiles. Quien habla de IQ enfatiza que el conocimiento de la tierra, de las estaciones, de los animales y de las personas implica un grado de humildad y de responsabilidad: el trabajo debe respetar a las comunidades y al territorio, y reconocer que la objetividad absoluta no existe cuando hay vidas y lugares en juego.
En este marco, la interacción entre IQ y la ciencia moderna resulta en prácticas más responsables y resultados que resuenan con las comunidades.
Pero no todo es fácil. Tanto Nowosad como Sudlovenick señalan que la colaboración mejora, aunque persisten desafíos. Los sistemas universitarios a menudo funcionan con plazos que no encajan con el ritmo de las relaciones comunitarias. Las asociaciones requieren años para consolidarse, mientras que la financiación tiende a exigir publicaciones rápidas y resultados medibles. Este “equilibrio entre la paciencia necesaria para construir confianza y las presiones de los financiamento” es descrito por quienes trabajan en estas iniciativas como una especie de equilibrio precario.
Sin embargo, cada vez hay más muestras de reconocimiento institucional: algunos fondos y universidades ya contemplan que la investigación basada en comunidades puede tomar más tiempo, pero producir resultados más sólidos y duraderos.
El impacto de estas alianzas no se limita a generar datos para informes científicos. A medida que el cambio climático acelera sus efectos en el Ártico, el conocimiento local y tradicional se revela como una herramienta clave para entender procesos complejos y para diseñar respuestas apropiadas a nivel comunitario.
Sudlovenick afirma que reconocer la igualdad entre el conocimiento indígena y la ciencia occidental puede empoderar a las comunidades jóvenes del norte, que crecen con la tecnología a un lado y las lecciones del bosque, la tundra y el mar al otro.
En ese cruce de saberes, la juventud inuit no solo aprende ciencia: también aprende a liderar, a plantear preguntas relevantes y a exigir que la investigación tenga impacto real en su entorno.
En conjunto, la visión actual invita a mirar la investigación como un esfuerzo colectivo: no se trata de ver a las comunidades como receptáculos de datos, sino como socias plenas con una voz que guía qué preguntas deben hacerse, cómo se recolectan y qué significa interpretar los resultados.
Esa es la esencia de la alianza entre IQ y la ciencia, una corriente que podría moldear el futuro de la investigación en Nunavut y, en última instancia, en cualquier parte del mundo donde el conocimiento tradicional siga siendo un mapa válido de la realidad.