Cherquis Bialo: el contador de historias que convirtió el periodismo deportivo en una experiencia humana, y su lucha contra una leucemia que cerró un capítulo
Hablamos de Ernesto Cherquis Bialo, figura clave del periodismo deportivo argentino, su trayectoria en El Gráfico y la AFA, y su último capítulo: una batalla contra la leucemia que terminó con su fallecimiento en marzo.
Puede parecer que este adiós a #Ernesto Cherquis Bialo marque el cierre de una era en el periodismo deportivo argentino, esa que valoraba la historia por encima del trámite y que entendía el sudor de los protagonistas como parte imprescindible del relato.
Cherquis, también conocido en su primera etapa como Robinson, fue un cronista que vivía entre el conteo de datos y la emoción de una buena historia.
Su voz y su forma de escribir dejaron una huella indeleible en una generación que creció leyendo sus notas y confiando en que cada nota llevaba un pedazo de la vida de los grandes del deporte.
Nacido el 30 de septiembre de 1940 en Montevideo, en el seno de una familia de inmigrantes polacos, Cherquis llegó a Buenos Aires y se aferró a la idea de ser periodista.
Su infancia transcurrió en Almagro, entre privaciones y un barrio que le enseñó a valorar la gente sencilla. Con el tiempo descubrió que, además de las palabras, la lectura era su verdadero motor. Practicó #boxeo en clubes de barrio y, de paso, se empapó de la cultura de los ritmos y las historias que hacen vibrar a una ciudad como Buenos Aires.
Formó parte de la primera generación de egresados del Círculo de Periodistas Deportivos a comienzos de los años 60 y su primer contacto profesional fue una pasantía en Clarín.
Poco después llegó a El Gráfico, la revista deportiva más importante de la Argentina y, durante años, un referente mundial del género. Allí, Héctor Vega Onesime y Cherquis comenzaron a forjar una forma de hacer periodismo deportivo que privilegiaba las historias humanas y los contextos que anteceden a cada pelea, cada partido y cada triunfo.
En una conversación histórica, Cherquis explicó que en ese entonces el periodismo tenía una escuela: había que aprender a clasificar fotos, a entender de archivos, a recibir a los atletas sin rodeos y, sobre todo, a saber escuchar las historias que estaban detrás de los hechos.
En la década de los 70, Cherquis asumió la dirección como coeditor general junto a Vega Onesime. #El Gráfico no era solo una revista; era una marca que definía la pasión por el deporte. El ambiente bohemio de la redacción convivía con una exigencia de calidad y cultura deportiva. Cherquis recordó que, para sobrevivir en aquella redacción, había que conocer a fondo a los protagonistas y saber qué había detrás de cada historia.
El sello de Cherquis fue claro: lo importante no era sólo el dato, sino la historia que le daba sentido.
Entre sus coberturas memorables aparecen las grandes batallas del boxeo y del olimpismo. Cubrió la épica pelea Ali-Foreman en el Zaire (1974) y Ali-Bonavena en el Madison Square Garden (1970). Sus relatos de esas noches quedan en la memoria por la precisión descriptiva y el detalle humano: la fatiga, la euforia, la tensión de los vestuarios, la emoción de las calles y la admiración de los aficionados que seguían cada movimiento con el pulso acelerado.
Una anécdota famosa cuenta cómo, tras la pelea de Bonavena, Cherquis describió a un Ringo agotado pero orgulloso, levantando la vista para agradecer a sus compatriotas que le daban fuerza.
Esas escenas mostraban que para él el deporte era una historia de personas, no solo de resultados.
La labor de Cherquis no se limitó al boxeo. También estuvo presente en los Juegos Olímpicos de Montreal 76 y Los Angeles 84, cubriendo con la misma curiosidad y rigor cada disciplina, cada detalle humano que hace que el deporte tenga sentido.
En el ajedrez, vivió el mítico match Fischer-Spassky de Islandia en 1972, describiendo el aura de un evento que parecía sacado de una novela, con mesas largas, silencio solemne y un escenario que parecía de otro mundo.
Más allá de la crónica técnica, Cherquis buscaba la esencia: ¿qué decía ese encuentro sobre la cultura, la historia y la personalidad de quienes se enfrentaban?
El Gráfico
El Gráfico, con Cherquis y su equipo, se convirtió en una potencia del periodismo deportivo argentino, vendiéndose en cientos de miles de ejemplares cada semana y, en los picos de gloria de los mundiales de fútbol de 1978 y 1986, llegó a cifras que mostraban el entusiasmo desbordante de un país que vivía el deporte como una misión compartida.
Para muchos deportistas, alcanzar la tapa de El Gráfico era el sueño máximo, una constelación que resonaba en toda la región. En ese mundo, Cherquis también dejó su sello personal: el seudónimo Robinson, nacido de su admiración por Sugar Ray Robinson, que más tarde dejó sitio a su nombre cuando asumió como director en 1982.
A lo largo de su trayectoria, Cherquis ocupó diversos roles fuera de la gráfica: se desempeñó como docente en la UCA (Universidad Católica Argentina) y dio clases sobre fuentes de información y nuevas tecnologías.
Tuvo puestos de responsabilidad en Telefé, Torneos y Competencias, y en Radio Rivadavia, donde afianzó su figura de periodista multifacético. En la última etapa de su carrera, fue columnista en Infobae, invitado por su antiguo alumno, Daniel Hadad, que había construido un imperio informativo.
Entre 2008 y 2016, Cherquis Bialo fungió como director de Comunicaciones de la #AFA y vocero del presidente Julio Grondona. Sus memorias sobre ese periodo hablan de una Argentina en tránsito, de una federación que intentaba modernizarse y de las tensiones propias de la gestión y el deporte.
Sus palabras, cargadas de experiencia, reflejaban la idea de que la función pública y la comunicación deben ir de la mano para que el deporte pueda ganar en transparencia y alcance.
“Fui a ofrecer mi arte a una institución que modernicé”, decía como un balance de su vida profesional, aunque también admitía que la relación con algunos estamentos terminó en desencuentros y juicios que la historia no ha dejado de recalcar.
En la esfera personal, Cherquis batalló contra la enfermedad. En 2025 fue internado en el Hospital Alemán de Buenos Aires debido a un cuadro de leucemia. Su estado requirió donaciones de sangre de colegas y seguidores, y su determinación quedó reflejada en la frase de la médica que lo trató: “Haga lo que tenga que hacer.
Despídase de quien se tenga que despedir”, palabras que él recuerda para explicar cómo la salud lo fue desbordando poco a poco. Aun así, logró mantenerse en pie durante varios meses, sosteniendo la conversación y el humor que tantos años habían sido su marca registrable. Lamentablemente, la #leucemia terminó ganando la batalla: Cherquis Bialo murió en la noche del 20 de marzo, rodeado de los afectos que le dieron sentido a una vida dedicada al periodismo y a la difusión de las historias humanas que, en su forma, hacen que el deporte de verdad cobre sentido.
Hoy, cuando se asoma el recuerdo de Cherquis Bialo, no solo recordamos a un cronista que sabía describir un golpe de campeonato o la emoción de una medalla.
Recordamos a un narrador que entendía que la esencia del periodismo deportivo reside en las historias que hablan de gente, de raices, de esfuerzo y de sueños compartidos.
Su legado vive en cada reportaje que prioriza la humanidad detrás de cada resultado, y en cada generación de periodistas que aprendió que la mejor crónica es, al final, la que deja a la gente pensando en aquello que los hizo vibrar.
Sus libros, sus colaboraciones y sus recuerdos personales siguen siendo una guía para quien quiera entender que el deporte, bien contado, es una forma de dejar constancia de la vida.