Entre la pasión por Boca y la cúpula arbitral: la historia de Beligoy, su pasado en La Doce y las sombras que rodean su gestión
Un reportaje reconstruye el historial de Federico Beligoy, desde sus inicios como hincha de Boca y vecino de la Doce hasta convertirse en jefe de los árbitros y figura clave de la AFA, con dudas sobre su cercanía a poder y posibles conflictos de interés.
Cuenta la gente que Beligoy vivía en Villa Ballester, tenía el pelo largo y era cierto tipo de persona: fanático de Boca, vecino de uno de los líderes de La Doce, y alguien que se mandaba a la tribuna sin perderse ni un partido, de casa o de visitante.
Una foto de hace décadas, casi olvidada, pasa a verse con otros ojos: ahí está, detrás de José Barritta, alias el Abuelo, máximo referente de la barra durante 13 años.
Y, sorprendentemente, esa imagen marca un cruce entre el pasado azul y oro y el presente de un hombre que hoy maneja el mundo de los árbitros y que, según muchos, vela por los intereses de la estructura que lo protege.
La historia arranca en el barrio: Beligoy conocía a Eduardo Regueiro, el Chueco, figura de la barra xeneize, y empezó a viajar con el supuesto “grupo de Ballester”.
No era de los más revoltosos, aseguran quienes lo vieron en esa época, pero no faltaba a ningún partido. Le decían el Gordo Fede. Se casó, y eso fue para él un puente hacia una vida paralela: trabajó en la Editorial Santillana y se mantuvo al pie del paraavalanchas, como si el oficio de silbar hubiera llegado de la mano de cierta vocación comercial.
Era, a la vez, el capo de referís que ponía el ojo en los jóvenes y, a veces, parecía vivir entre dos mundos: el de la hinchada y el de la administración arbitral.
Su trayectoria en Primera División se remonta a 2004 y se extiende hasta 2018. Dirigió 27 partidos oficiales a Boca, con un balance de 15 victorias para el equipo de casa, 5 empates y 7 derrotas. En esos años, se anotaron expulsiones llamativas: Bruno Urribarri, en 2007 ante Colón; Juan Román Riquelme, en 2009; y Juan Manuel Insaurralde, en 2012, todos momentos en los que su silbato provocaba reactiones y debates.
El hito más mediático de Beligoy llegó poco antes de cumplir 46 años: el primer y único Superclásico que arbitró fue un amistoso disputado en Córdoba el 10 de octubre de 2015, donde River Plate venció 1-0 a Boca con gol de Lucho González.
No fue un partido oficial de campeonato, pero sí acumuló la atención de los aficionados y de la prensa, que observaron los gestos y las decisiones del juez.
Su último choque en la Bombonera llegó el 1 de abril de 2018, cuando su equipo ganó 2-1 a Talleres. Dos meses después, el 11 de mayo de 2018, se produjo su despedida de la dirección del #arbitraje en San Martín, y poco tiempo después asumió la Dirección de Formación Arbitral (DFA) en reemplazo de Horacio Elizondo.
Beligoy no solo se convirtió en una figura de la administración: fue árbitro internacional entre 2008 y 2013 y, con el paso de los años, terminó siendo una pieza clave de la estructura gremial.
“habla con Tapia” y no solo con Pablo Toviggino
Se presentó como secretario de la Asociación Argentina de Arbitros (AAA) y, según sus propias palabras, “habla con Tapia” y no solo con Pablo Toviggino, lo que lo coloca en una posición de doble vínculo: protege a los trabajadores y, a la vez, protege la facción patronal que lo sostiene.
La atención no terminó ahí. En los últimos tiempos, Beligoy apareció rodeado de dudas porque se le señalan designaciones a dedo y maniobras que quedaron al descubierto tras chats entre figuras cercanas a Toviggino.
A esto se suman señalamientos de que su cercanía con la dirección de Boca también podría haber influido en su visión de los árbitros y las finalizaciones de ciertos torneos.
A la sombra de estas lecturas, la figura de Beligoy también se vincula con polémicas fuera del estadio. Se lo investiga por la importación de zapatos mediante el sistema #SIRA durante la Administración Massa-Tombolini, lo que añade una capa de intriga a un personaje que, dentro del fútbol argentino, ha pasado de la tribuna a la sala de dirección.
Entre el pasado de hincha y el presente de poder, la historia de Beligoy se lee como una crónica de transiciones: de la inercia de la Bombonera a la órbita de la DFA y la AAA, con un péndulo que parece balancear el vínculo entre la pasión por un club y la responsabilidad de dirigir a profesionales que viven de un silbato.
¿Qué pesa más: el afecto por Boca o la necesidad de una arbitraje independiente y sin sombras? Ese sigue siendo el debate que atraviesa su figura y la de la institución que lo sostiene.