Una investigadora de la Universidad de Kent recorre ciudades del mundo para registrar y mapear sus olores, creando un atlas que describe los paisajes olfativos urbanos. Este reportaje explora el concepto de ‘smellscape’ y ofrece ejemplos de lugares como la Antártida, Kyiv y Montreal.
Su trabajo propone ver el entorno no solo con la vista, sino también con la nariz, para entender cómo los aromas configuran la memoria, la identidad y la experiencia de las ciudades.\n\nEn cada caminata olfativa, los participantes deben centrarse en lo que pueden oler a distancia y de cerca; el objetivo es que el sentido del #olfato aporte una lectura distinta del espacio, acompañando a la visión.
McLean-Mackenzie sostiene que este enfoque permite ralentizar el paso y observar el lugar desde una perspectiva diferente, casi como si la ciudad se revelara en capas de fragancias y ritmos.\n\nLa investigadora describe el concepto de ‘smellscape’ como el equivalente olfativo de un paisaje visual: lo que llega a la nariz en la proximidad y a la distancia, y la forma en que ese conjunto se agrupa para dar sentido a un entorno.
No se trata de una simple floración de olores, sino de una composición que cambia con el tiempo, la estación y la actividad humana.\n\nEntre los ejemplos que figuran en su trabajo, destaca un entorno extremo: la Estación Rothera, en la Antártida, donde el olor se describe como una mezcla de cuero de una foca muerta y el fuerte tufo de la maquinaria pesada que sostiene la investigación.
Este registro, tomado en condiciones de frío y aislamiento, ilustra cómo los olores pueden convertirse en huellas de un lugar, incluso cuando ese lugar es inhóspito.\n\nOtro caso, Kyiv, Ucrania, muestra cómo una ciudad puede llevar consigo su propia historia olfativa: recuerdos de bosques de pinos, del río que la atraviesa y de veranos que asoman en medio del invierno, con toques de musgo y vegetación.
La fecha de la recolección de ese olor corresponde a años previos al conflicto reciente; McLean-Mackenzie señala que, con los cambios de la ciudad y su industria, los aromas pueden evolucionar, por lo que conservar esas notas se vuelve un acto de memoria y de investigación.\n\nMontreal, por su parte, ofrece un mapa sensorial que varía a lo largo del día. A las 5:30 de la mañana, la atmósfera se enriquece con los olores de árboles, hojas y tierra mojada, complementados por un toque de café que ya se percibe en las primeras luces.
Revelando cómo la densidad de una ciudad se hace perceptible también a través del olfato
A medida que avanza la mañana, los aromas tradicionales de una urbe —cafés, panadería, comida desplazándose entre locales— se vuelven más prominentes, revelando cómo la densidad de una ciudad se hace perceptible también a través del olfato.\n\nMcLean-Mackenzie reconoce la subjetividad de la experiencia olfativa: lo que una persona identifica como un aroma puede variar entre quien la acompaña.
Sin embargo, cuando el grupo llega a consensos sobre ciertas fragancias, surge una “magia” que conecta a las personas y les permite compartir memorias sensoriales.\n\nMás allá de catalogar aromas, el proyecto busca entender cómo los olores influyen en las emociones y recuerdos de las personas. Después de 15 años, la investigadora afirma que las historias de los olores son memorias vivas: cada olor puede activar recuerdos íntimos y abrir la puerta a relatos emocionales sobre lugares y momentos.
Y, en ese sentido, la figura de la fragancia de un “garden shed” —el olor a cobertizos de jardín, con césped recién cortado, resina y tierra— se erige como una respuesta personal a la pregunta sobre un aroma favorito.\n\nEn el ámbito académico, investigadores y historiadores han trabajado para reconstruir los olores de épocas pasadas y de distintos escenarios culturales, un campo que complementa las imágenes y textos con una dimensión sensorial.
Aunque el proyecto de McLean-Mackenzie se centra en el presente y en la experiencia urbana, su labor se inscribe en una tradición que busca conservar el patrimonio olfativo de las #ciudades para futuras generaciones.\n\nAsimismo, la historia de la exploración de olores en entornos urbanos ha mostrado que la memoria olfativa puede revelar mucho sobre la vida cotidiana, la economía y las transformaciones sociales.
En ese sentido, Atlas de Olores y Aromas propone no solo un registro de fragancias, sino un mapa que invita a comprender cómo cambian los lugares a lo largo del tiempo y cómo los sentidos acompañan esos cambios.\n\nSi bien la noticia original no reporta precios de venta o costos de producción en monedas específicas, la idea de convertir esa experiencia sensorial en un atlas implica pensar también en el valor cultural y educativo de estos archivos.
En el contexto actual, los lectores y estudiantes pueden acercarse a estas memorias olfativas a través de libros, exhibiciones o bases de datos digitales, donde la colección de olores y descripciones puede servir como recurso para la historia urbana, la ciencia de los sentidos y la planificación ambiental.\n\nEn síntesis, la labor de McLean-Mackenzie no solo documenta lo que huele a ciudad, sino que propone una revisión de nuestra forma de interactuar con los entornos urbanos.
