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Murciélagos de Alberta luchan contra un hongo mortal gracias a probióticos: la batalla que podría salvar a las colonias

En Alberta, Parks Canada prueba una estrategia inusual para salvar murciélagos de la narices blancas: aplicar bacterias beneficiosas en cuevas y nidos. El objetivo es frenar un hongo que amenaza miles de especies nocturnas y podría provocar pérdidas catastróficas si no se actúa.

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En las cuevas de #murciélagos de Alberta, los equipos de Parks Canada están probando una estrategia inusual para frenar un hongo que ya ha causado estragos en colonias enteras.

Están esparciendo una mezcla de bacterias beneficiosas, de cuatro cepas distintas, en las entradas de los nidos maternales y, en algunos lugares, incluso en espacios con colonias confirmadas.

El objetivo es simple en la teoría: las bacterias podrían impedir que el hongo responsable de la narices blancas se instale en las alas y narices de los murciélagos, ralentizando su crecimiento.\n\nEl hongo, conocido como narices blancas, prospera en lugares fríos y húmedos como las cuevas, y cuando ataca, provoca que los murciélagos se despierten de la hibernación, agotan sus reservas de grasa y terminan muriendo de hambre.

No representa riesgo para las personas, pero puede devastar hasta el 98% de una colonia entera. Esta enfermedad ha sido un golpe duro para las poblaciones de murciélagos a lo largo de América del Norte en los últimos años, y #Alberta no es una excepción.\n\nEn Jasper y Cadomin, equipos de monitoreo ecológico de Parks Canada ya han observado efectos relativamente rápidos. En una cueva de Jasper, los científicos encontraron varios murciélagos muertos cerca de la entrada, y una revisión posterior elevó la cifra a unos 69 en esa zona, frente a una década con menos fallecimientos.

Cadomin, la mayor colonia invernal conocida de Alberta, se ha convertido en un punto crítico: la presencia del hongo y la reducción de murciélagos vivos han elevado la preocupación entre los conservacionistas.\n\nLas cepas probióticas se aplican en las zonas de cría para que se transfieran a las alas, colas y caras de los murciélagos, de modo que cuando el hongo intente invadir, encuentre un entorno menos favorable.

Se explica de forma simple: es como ponerse una capa de protección frente a una superficie sucia; si hay bacterias buenas en contacto, el hongo tiene menos oportunidad de crecer.

\n\nEn Alberta

Veselka, la bióloga a cargo, lo compara con la idea de aplicar desinfectante para evitar que una mancha se fije al tocar una superficie.\n\nEn Alberta, estas bacterias se utilizan como tratamiento en lugares ya afectados, mientras que en Columbia Británica, donde la propagación aún no ha cuajado, se usan como medida preventiva.

Saber que hay algo concreto que se puede hacer da una pequeña esperanza, porque no todo está perdido y no es una causa completamente abandonada.\n\nEl origen de la narices blancas se remonta a Europa a principios del siglo XX, y llegó por primera vez a América del Norte hace unos veinte años, propagándose de forma implacable desde las zonas urbanas hacia las colonias rurales y montañosas.

En Alberta se detectó por primera vez en 2022, y desde entonces los esfuerzos científicos internacionales han buscado remedios y estrategias de gestión para contener la expansión y reducir el daño.

Se ha visto que el hongo no es una amenaza para los humanos, pero para los murciélagos representa una caída muy dura que puede dejar a algunas poblaciones al borde de la desaparición.\n\nLas consecuencias a largo plazo van más allá de la propia especie: si las colonias de murciélagos se reducen, las poblaciones de insectos —como mosquitos y plagas agrícolas— podrían aumentar, afectando a la salud pública y a la agricultura.

Además, la recuperación de las poblaciones de murciélagos es lenta, ya que estos animales suelen tener apenas una cría al año y tardan años en volver a los niveles anteriores a la peste.

Todo esto añade presión para que la ciencia siga investigando.\n\nLas autoridades señalan que, aunque se han logrado avances, no existe una solución mágica y definitiva. La experiencia en Alberta es un ejemplo de cómo, incluso con esfuerzos coordinados, la naturaleza puede tardar años en recuperarse y requerir múltiples enfoques para disminuir el daño.

Aun así, cada paso cuenta: las investigaciones sobre el uso de probióticos podrían abrir nuevas vías para proteger otros ecosistemas frágiles en el futuro.\n