Relato humano y detallado de Julio Pedro Vázquez, soldado conscripto durante la Guerra de Malvinas, y de cómo su vida y su carrera futbolística se vieron marcadas por la contienda y la posguerra, con miradas a su presente como formador y parte de la memoria colectiva.
Tenía 20 años, jugaba en la cuarta categoría del #fútbol argentino con Centro Español de #Ituzaingó y soñaba con su primer contrato profesional. Era una mañana cualquiera de partido cuando llegó la citación para el servicio militar. No entendía muy bien por qué, pero intuyó que algo grande iba a cambiar. Se llevó sus cosas al club, cumplió el encuentro, y ya en el vestuario empezó a desbordarse: empezó a llorar sin poder explicarlo. Sus compañeros miraban incrédulos, y él, sin querer, hizo una despedida que sería definitiva: se fue a casa con lo puesto, sin poder decir adiós a sus amigos y a su novia.
A los pocos días, el 12 de abril, se presentó en Mercedes y al día siguiente ya estaba rumbo a las islas: el martes 13 cruzaba el Atlántico para llegar a Malvinas.
El viaje fue un camino de ida y vuelta en el que, según va explicando a Clarín, se combinaban las rutas militares con la dureza de la vida cotidiana en una coyuntura de guerra.
Primero llegaron a Palomar, luego a Río Gallegos y, desde allí, en un Hércules C-130, pisaron un territorio donde el viento era un personaje más: áspero, constante y capaz de desorientar a cualquiera.
La llegada a Puerto Argentino, a la vera de la ruta que conectaba el aeropuerto con el pueblo, fue el inicio de una experiencia que le cambió la vida: estibas de gaseosa, galletitas y bizcochos que daban la bienvenida a los soldados.
En pocos días, la unidad se instaló en un lugar llamado Casa del Gobernador y, para moverse, debían caminar varios kilómetros cargando el equipamiento.
Las órdenes eran claras: empezar a hacer trincheras, en un paisaje que parecía más una llanura que un campo de batalla. El conflicto se volvía cercano: aviones, helicópteros y el avance británico marcaban el ritmo de un día a día que nadie quisiera vivir.
Entre idas y venidas, a Julio le llegó una mala noticia: se quebró la rodilla durante los combates y terminó prisionero. Pasaron cinco días hasta que volvieron en barco a Bahía Paraíso, y luego los remitieron a la escuela Lemos para tratar de reconstruir su cuerpo, en el estado en que se encontraba.
Mientras tanto, sus familiares recibían noticias dispersas y, como si fuera poco, el propio dolor de la separación se fue haciendo más duro cuando regresó a casa.
El reencuentro fue intenso: su padre, Eliseo, lo recibió con una barba de treinta centímetros que prometió cortar solo si su hijo volvía vivo.
La posguerra dejó huellas que tardaron años en sanar. En casa, el regreso no fue fácil: el ambiente era áspero, y el mundo laboral, hostil para quienes habían vivido la guerra. Se hablaba poco de lo ocurrido para evitar complicaciones, y muchos #veteranos debían ocultar su condición para conseguir empleo. En ese marco, Julio intentó recomponerse como futbolista, pero sabía que ya no podía proyectar un futuro profesional con la misma claridad de antes.
Empezó a jugar en ascenso, con clubes que le iban saliendo y con la necesidad de ganarse la vida sin perder la esperanza.
Excombatientes de Malvinas podrán ingresar gratis a museos y monumentos de Buenos Aires en conmemoración
Desde el 10 de junio, los veteranos de la guerra de Malvinas tendrán acceso gratuito a diversos museos y monumentos en Buenos Aires, en reconocimiento a su servicio y en conmemoración del Día de la Afirmación de los Derechos Argentinos sobre las Islas Malvinas. La medida busca honrar a quienes defendieron el territorio en 1982 y fortalecer la memoria histórica de la región.En su trayectoria deportiva se cruzaron centros locales como Ituzaingó
La vida postbélica le dio respuestas amargas y, al mismo tiempo, le mostró una salida. En su trayectoria deportiva se cruzaron centros locales como Ituzaingó, JJ Urquiza, Vicenta, Lincoln y, más tarde, Deportivo Paraguayo. Pero el coste no era solo físico: el daño emocional se hizo notar y reacomodarse fue un proceso largo. Un episodio clave habla de una clase de Estadística en la facultad, cuando, de pronto, se dio cuenta de que no recordaba nada de lo ocurrido desde su regreso: aquello que había vivido parecía no encajar en la memoria, como si hubiera quedado atrapado en un segundo plano.
Sus padres le contaron que él mismo se había inscrito en la universidad y, poco a poco, fue superando ese vacío gracias al fútbol y al apoyo familiar.
La posguerra estuvo marcada, además, por una desmalvinización violenta: el discurso social hacía sentir que “no estaban bien de la cabeza” a quienes habían participado, y muchos veteranos debieron ocultar su condición para conseguir trabajo.
Aun así, Julio encontró una salida profesional más allá del césped: se convirtió en director técnico. Empezó en Ituzaingó y pasó por Deportivo Lugano, Deportivo Paraguayo, Cañuelas y Universitario de Sucre, incluso dirigiendo en la Primera de fútbol femenino de San Lorenzo, donde su hija Constanza Vázquez comenzó a forjar su camino en el fútbol europeo.
En una etapa posterior, Julio dio un salto junto a Nueva Chicago, como ayudante de Omar Labruna. Allí lograron ascender a Primera y estuvieron quince partidos en la máxima categoría antes de separarse. En 2005, su historia volvió a salir a la luz a través del programa Cadena de Favores, que le permitió reencontrarse con Malvinas. Pero para él, el retorno definitivo ocurrió en 2018, cuando viajó junto a otros trece veteranos para ver, por primera vez en años, lo que quedaba de aquellas islas desde la mirada de quienes las defendieron.
Allí, entre recuerdos y sombras, vio la llanura de #Malvinas y las posiciones que habían ocupado sus compañeros.
Años después de aquel último partido, su vida siguió girando alrededor del fútbol y de la memoria. A través de charlas en colegios, Julio comparte su #testimonio para que nadie olvide lo que ocurrió y para que las nuevas generaciones entiendan el costo de la guerra.
En una de esas historias, encontró una fotografía en una cámara Kodak que llevó un significado doble: era la única imagen que tenía de Malvinas, pero su revelado dejaba al descubierto otros secretos de aquel grupo.
Él lo sabe: su historia está hecha de principal y de secundarios, de triunfos y de heridas que aún se pueden ver cuando habla de su familia, de sus maestros y de sus compañeros.
Hoy, a cuarenta y cuatro años de la contienda, Julio continúa enseñando, entrenando y contando, con la mirada serena de quien ha aprendido a convivir con el silencio que dejó la guerra y con la voz que le permitió volver a creer en el fútbol y en la vida.
