El argentino que pone la 'timing' en la venta de entradas del Mundial y asegura que podría ser la Copa más cara de la historia

Un salteño de 42 años diseña plataformas para vender entradas de grandes eventos y colabora con FIFA para acercar la venta al hincha, planteando que el Mundial podría ser la edición más cara jamás vista.

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Carlos Abriata no es un nombre que suene en las duchas de los vestuarios, pero sí en las mesas de poder de la #FIFA y la Conmebol. Este salteño de 42 años se ganó un lugar gracias a una idea simple y poderosa: estar en el momento correcto y con la solución adecuada, o lo que él repite con una palabra que define su enfoque: timing.

Ingeniero Industrial formado en Estados Unidos, hoy dirige la interacción entre el aficionado y la venta de #entradas a gran escala, trabajando desde una empresa que ha logrado colocar su software en nueve de los quince eventos deportivos más relevantes del planeta.

No viste la camiseta de la Selección, pero su juego es distinto: cambiar la forma en que se accede a un boleto y, de paso, cuidar la experiencia del hincha.

En pocas palabras, su historia explica por qué se habla de la Copa como “la más cara de la historia”.

La historia de Abriata tiene raíces en Salta y Tartagal, lugares donde creció en una familia de clase media y donde el #fútbol se convirtió en un sentir.

Nieto de inmigrantes italianos, se aferró a Boca Juniors desde muy joven, por los colores que le hicieron vibrar. Su vida dio vueltas por Sudamérica y hasta Japón, acompañando a un equipo entrenado por Carlos Bianchi. Después aterrizó en Santa Cruz de la Sierra, Bolivia, y allí saltó al mundo del petróleo y el gas. Su curiosidad empresarial lo llevó a fabricar ductos en Shanghái y a desplazarse a Hong Kong para seguir la Libertadores, algo que en China requería de VPN y malabares tecnológicos.

Más tarde, en Miami, desembocó en el sector inmobiliario y, durante la burbuja de 2008, decidió apostar por el Real Estate, una jugada que hoy describe como el cimiento de su visión de largo plazo para sus tres hijos.

A pesar de tantos giros, mantiene la fe en el deporte como motor de proyectos.

El punto de inflexión llegó durante la Eurocopa de 2016, cuando conoció a dos empresarios suizos que lideraban un consorcio tecnológico. Ellos trabajaban en una plataforma para un resort de esquí, pero Abriata vio una oportunidad distinta: dijo que “puso la cabeza del hincha” en el proyecto y que el resultado fue la semilla de lo que hoy es Fantix, junto a Secutix, una alianza tecnológica que desarrolló un software específico para FIFA.

Con ese acompañamiento, su empresa se convirtió en cliente y proveedora de otros grandes nombres: Wimbledon, la Fórmula 1 en Silverstone, la Champions League, el estadio de Wembley o el Open de Golf, entre otros.

La esencia de su propuesta es clara: acercar FIFA y el resto de grandes eventos directamente al aficionado

La esencia de su propuesta es clara: acercar FIFA y el resto de grandes eventos directamente al aficionado, reduciendo las capas intermedias y, sobre todo, garantizando la autenticidad de cada entrada.

“No dependemos tanto de bancos, sino de una desintermediación respaldada por tecnología avanzada, casi como una versión moderna del blockchain”, explica Abriata.

Entre sus argumentos, resalta una función práctica: si un aficionado pierde su vuelo o quiere vender la entrada que ya no necesita, puede hacerlo directamente a través de la plataforma FIFA, con la seguridad de que no está ante un boleto falso.

En la ecuación, la transparencia y la trazabilidad se vuelven tan importantes como la propia venta.

¿Y qué hay del precio de las entradas? El patrón que describe pertenece a un mercado global, donde la oferta y la demanda determinan el valor. Pone ejemplos cercanos al fútbol americano universitario para ilustrar su punto: un ticket para la final puede superar cifras cercanas a los 4.000 dólares, en un país tan pudiente como Estados Unidos, y en lugares como Kansas, donde existe una gran concentración de familias acaudaladas. A nivel mundial, sostiene que el Mundial se encarece por el propio sistema de pricing: se ajusta al país y al consumo, y México, sede de varios partidos, aparece como uno de los mayores consumidores de fútbol y Fórmula 1.

Según su lectura, la final podría estar alrededor de los 8.300 dólares, una cifra que resume la idea de que el Mundial es, de facto, un evento de alto costo, comparable a otros grandes espectáculos globales. Esa lógica busca evitar la reventa descontrolada y encarar el precio desde la realidad de cada mercado.

A la hora de mirar de cerca el presente de Boca Juniors, Abriata regresa a su club de siempre y se muestra preocupado por la situación. “Boca perdió el rumbo, su esencia”, afirma, convencido de que el club necesita recuperar su impulso histórico y volver a mirar hacia el mundo. Ha visitado Manchester y hablado con figuras como Pep Guardiola y Ferran Soriano, y señala que, a nivel internacional, Boca es reconocida y valorada: es una máquina de generar ingresos, comparable a Real Madrid o Barcelona, pero hoy enfrenta una gestión que, a su juicio, no está a la altura del potencial global que tiene.

En su diagnóstico, la clave está en volver a conectarse con la globalidad, entender que el mundo sabe del club y que hay que aprovechar esa visibilidad para avanzar.

Con ese mix de trayectoria personal, tecnología y optimismo clínico, Abriata encarna una generación de empresarios que ven en el fútbol algo más que un deporte: es un ecosistema que, bien entendido, puede transformar la forma en que la gente vive, compra y comparte la pasión.

Y, en su particular forma de ver el juego, la idea de que el Mundial pueda ser “la Copa más cara de la historia” no es una profecía sombría, sino un reflejo de una economía de entradas cada vez más sofisticada, más regulada y, por qué no, más cercana al hincha si se gestiona con transparencia y tecnología.