Los empleados de Volkswagen convocan asambleas para exigir explicaciones a Oliver Blume ante el mayor plan de recorte de empleo en la historia del automóvil. La crisis en China y los bajos márgenes del coche eléctrico amenazan la industria alemana.
La cosa se pone seria en Volkswagen. Los trabajadores están que echan humo y han decidido plantar cara al jefe máximo, Oliver Blume, para que dé la cara. ¿El motivo? Un rumor que corre como la pólvora: la compañía podría estar preparando el despido de hasta 140.000 empleados. Así como suena. Casi nada.
Las asambleas están convocadas para agosto en las principales plantas de Alemania: Wolfsburg, la sede central; Emden y Zwickau. Precisamente estas dos últimas están en la cuerda floja, con riesgo de cierre definitivo. Los trabajadores quieren saber de primera mano si es verdad que la empresa va a echar a tanta gente y, de ser así, qué piensan hacer con ellos.
Y es que esto no es un recorte cualquiera. Si se confirma, sería el mayor ajuste de plantilla en la historia de la industria del automóvil a nivel mundial. Para que te hagas una idea, Volkswagen ya ha dado calabazas a más de 30.000 empleados en los últimos años, y ahora esto podría ser la puntilla. El comité de empresa advierte que, además de los despidos inmediatos, el cierre de plantas después de 2030 pondría en jaque a otros 40.000 trabajadores. Una hecatombe.
¿Y por qué está pasando esto? Pues porque el mercado chino, que era la gallina de los huevos de oro para los alemanes, se ha puesto muy cuesta arriba.
Los fabricantes chinos, con sus coches eléctricos baratos, están comiendo terreno a marchas forzadas. Y para colmo, los márgenes de los coches eléctricos de Volkswagen son flojos, flojos. No termina de despegar el negocio. A eso súmale los aranceles internacionales y las tensiones comerciales. Vamos, que el imperio alemán tambalea.
El CEO, Oliver Blume, ha dicho que hay soluciones más inteligentes que cerrar fábricas, pero de momento no ha aclarado cuáles. Los sindicatos le acusan de no haber desmentido los rumores y de mantener a la plantilla en vilo. Además, ha salido a la luz que hubo filtraciones a la prensa sobre los planes de recorte, lo que ha enfadado aún más a los trabajadores. Blume se defiende diciendo que esas filtraciones no estaban autorizadas y que hacen daño a la empresa, pero el malestar ya está servido.
Volkswagen no es una empresa cualquiera. Es el corazón de la industria alemana, la que levantó el país después de la guerra con el famoso Escarabajo. Este país se hizo a golpe de talonario y de orgullo germano. Por eso, cuando hablamos de despidos masivos, no es solo una cuestión de números: es un golpe al orgullo nacional. La canciller, que ahora es de la CDU, ya ha mostrado su preocupación, pero de momento no ha movido ficha.
Veremos qué pasa en esas asambleas de agosto. Los trabajadores no están dispuestos a quedarse de brazos cruzados. Quieren respuestas y, si no las obtienen, no descartan movilizaciones. El futuro del automóvil alemán está en juego. Y, con él, el de miles de familias que dependen de Volkswagen. ¡Atentos a las noticias!