El CEO de OpenAI, Sam Altman, ha reconocido que se volvió adicto a TikTok mientras desarrollaba la app de vídeos Sora. Tras horas de desplazamiento sin control, la borró y desactivó todas las notificaciones. Una lección sobre cómo las redes pueden atrapar a cualquiera.
El jefe de OpenAI, Sam Altman, ha soltado la bomba: mientras su equipo diseñaba la aplicación de vídeos cortos Sora, él mismo cayó en las garras de TikTok.
Lo cuenta como quien confiesa un vicio vergonzoso. Resulta que, para entender cómo enganchan estas plataformas, se metió de lleno en la de los chinos. Y le funcionó demasiado bien.
Según ha revelado en el podcast 'How to Start a Startup', Altman se propuso estudiar el comportamiento de los usuarios. Quería evitar que Sora fuera una máquina de robar tiempo. Pero el remedio fue peor que la enfermedad. Empezó con un uso controlado: diez minutos antes de dormir. Pero pronto las sesiones se alargaban hasta bien entrada la madrugada. Llegó a pasar tres horas seguidas un sábado por la tarde, deslizando el dedo sin parar.
«Es como una droga», confesó. La misma palabra que muchos padres usan cuando ven a sus hijos pegados al móvil. Altman, todo un gurú tecnológico, no fue inmune. Al final, tuvo que tomar la decisión drástica: borrar la aplicación para siempre. Pero no se quedó ahí. También desactivó todas las notificaciones de su teléfono, incluso las de los mensajes. Lo llama «una mejora en la calidad de vida».
Esto no es solo una anécdota de un ejecutivo. Toca un tema que preocupa a muchos: el poder de los algoritmos para atrapar nuestra atención. ¿Somos libres realmente cuando una máquina decide qué vemos? Altman, desde su experiencia, reconoce que la tecnología puede usarse mal y que a veces los propios creadores pierden el control.
La historia recuerda a otros casos: el fundador de Facebook, Mark Zuckerberg, también ha admitido que las redes pueden ser dañinas, pero no hizo cambios radicales.
O Steve Jobs, que limitaba el uso del iPad a sus hijos. Parece que los que fabrican las pantallas saben mejor que nadie lo adictivas que son.
Para el lector de derechas, aquí hay una lección de responsabilidad individual. Altman no pidió al gobierno que regulara TikTok. Actuó por su cuenta: reconoció el problema y tomó medidas. Cortó por lo sano. Y encima, su empresa OpenAI está desarrollando herramientas de inteligencia artificial que podrían ser igual de poderosas. La pregunta es: ¿sabremos usarlas sin caer en la tentación?
Sora, por cierto, es una app que genera vídeos a partir de texto. Una maravilla técnica. Pero Altman quiso asegurarse de que no se convirtiera en una máquina de enganchar. Por eso estudió a la competencia. Resulta que TikTok le enseñó lo que no debe hacer. Irónico, ¿verdad?
Al final, la confesión de Altman sirve para recordar que nadie está a salvo. Ni los genios de la tecnología. Y que, a veces, la única solución es apagar el móvil y mirar al frente. Como dice él: «Era demasiado poderosa, como una droga». Palabras que deberían hacernos pensar.