Las Primeras Naciones de Nuevo Brunswick luchan contrarreloj para salvar al salmón del Atlántico en el río San Juan, mientras el gobierno canadiense cierra la única instalación que ayudaba a mantener la población con vida. La decisión, tachada de injusta y repentina, podría significar la desaparición de la especie en la zona.
En el corazón de Nuevo Brunswick, a lo largo del río San Juan (conocido como Wolastoq por las comunidades indígenas), se libra una batalla silenciosa pero desesperada.
Los salmones del Atlántico, que han surcado estas aguas desde tiempos inmemoriales, están al borde de la extinción. Y ahora, el gobierno canadiense ha decidido cerrar la única instalación que los mantenía con vida.
La historia de este pez es la historia de las propias comunidades que habitan sus orillas. Durante milenios, el salmón fue el sustento y el centro espiritual de los pueblos wolastoqiyik. Pero la llegada de las presas hidroeléctricas, la contaminación industrial y el cambio climático convirtieron los caudalosos ríos en trampas mortales.
En los años 80, decenas de miles de salmones remontaban el río San Juan cada año para desovar. Hoy, apenas unos cientos logran completar el viaje.
Para mantener con vida a la población, el Departamento de Pesca y Océanos de Canadá (DFO) gestionaba la Instalación de Biodiversidad de Mactaquac.
Este centro, una suerte de hospital para salmones, se encargaba de transportar a los adultos río arriba, sorteando tres presas, y de criar a los juveniles (smolts) en cautividad para liberarlos después.
Sin esta ayuda, los peces tenían pocas posibilidades de sobrevivir.
Sin embargo, el DFO anunció que cerrará la instalación este mismo otoño. La decisión, comunicada a las Primeras Naciones en enero, ha sido recibida como un mazazo. «Nos lo soltaron de repente, sin previo aviso ni consulta», denuncia Leonard Nicholas, director de estrategia pesquera de la Primera Nación Tobique.
«Ha sido un puñetazo en el estómago y desde entonces estoy intentando encontrar una solución.»
Nicholas, como muchos de los suyos, ve a los salmones como algo más que un recurso: «Son nuestros parientes. Han estado aquí tanto como nosotros. Por eso luchamos tanto por salvarlos». Su equipo recoge los juveniles que bajan por el río Tobique, un afluente del San Juan. Antes, el DFO los trasladaba a sus instalaciones para criarlos; ahora, Nicholas se las apaña como puede. El Instituto Canadiense de Ríos, una organización sin ánimo de lucro de la Universidad de Nuevo Brunswick, ha dado un paso al frente y está ayudando a transportar los smolts aguas abajo.
Pero la situación es crítica. Según Tommi Linnansaari, biólogo de la UNB, los juveniles de unos 12 centímetros tienen menos de un 1% de probabilidades de llegar al océano y regresar para reproducirse.
«Es como tener a un paciente en la UCI, conectado a una máquina. Si la desconectas, muere en el acto», compara.
El declive del salmón no es nuevo. Ya en 2010, el Comité sobre la Situación de las Especies en Peligro de Canadá (COSEWIC) recomendó declarar al salmón de la bahía de Fundy como especie en peligro.
En 2025, una nueva evaluación volvió a recomendar lo mismo. Pero el gobierno federal nunca ha llegado a incluirlo en la lista oficial. Bruce Leaman, que formó parte del comité, explica que desde 1993 la población ha caído un 80%. «Da frustración ver que desde 2010 no ha cambiado nada, y que la cosa ha empeorado», señala.
El problema es que la decisión final la toman los políticos, no los científicos. La Ley de Especies en Riesgo (SARA) permite al ministro tener en cuenta factores socioeconómicos, como el impacto en la pesca comercial o la generación de energía hidroeléctrica.
«Hay razones sociopolíticas que impiden que las especies se declaren en peligro, porque eso obligaría a poner en marcha planes de recuperación que afectarían a intereses económicos», lamenta Linnansaari.
John Perley, que fue director de pesca de la Primera Nación Tobique durante 30 años, recuerda cuando los salmones volvían por miles. Ahora, ve cómo la burocracia los está matando. «La política se está interponiendo», afirma.
El pasado junio, Patrick Polchies, gestor pesquero de Kingsclear, y el jefe de la comunidad, Justice Gruben, comparecieron ante el Comité de Pesca y Océanos de la Cámara de los Comunes.
«Desafía la lógica que el salmón más amenazado no haya recibido ninguna atención. De hecho, la única atención que ha recibido ha sido el cierre de la instalación que lo mantenía vivo», declaró Polchies.
A pesar de todo, las Primeras Naciones no se rinden. Nicholas sigue buscando alternativas, mientras el Instituto Canadiense de Ríos coloca marcadores a los smolts para rastrear su viaje. Pero sin la instalación de Mactaquac, el futuro del salmón en el río San Juan es más incierto que nunca. El DFO asegura que seguirá colaborando con las comunidades indígenas, pero de momento, la maquinaria que mantenía vivo al salmón se ha apagado.