Un estudio realizado en Edmonton sugiere que sensaciones de miedo o tensión en lugares antiguos pueden deberse al infrasonido, una onda sonora de baja frecuencia que el cuerpo sí nota aunque el oído no la detecte.

Un grupo de psicólogos de la MacEwan University, en Edmonton, se ha puesto a mirar de cerca por qué algunas personas salen de edificios antiguos con la piel de gallina, sintiendo que han vivido una experiencia paranormal, incluso cuando no hay nada sobrenatural que explicar lo ocurrido.

Su hipótesis es sencilla y a la vez sorprendente: el infrasonido, esas ondas sonoras de frecuencias tan bajas que el oído humano no las escucha, podría provocar respuestas físicas y psicológicas que se confunden con la idea de un “fantasma”.

En otras palabras, lo que muchas personas interpretan como una actividad sobrenatural podría obedecer a un mecanismo corporal real.

El infrasonido es, por definición, sonido de baja frecuencia, por debajo de 20 hertzios. Aunque nuestra audición no lo registra, el cuerpo sí puede percibirlo de distintas maneras: puede generar tensión, irritabilidad y cambios en el estado de ánimo.

Fuentes habituales de infrasonido son tormentas intensas, tráfico y, sobre todo, infraestructuras envejecidas como tuberías, sistemas de ventilación o maquinaria industrial que emiten estas ondas en determinadas condiciones.

En el estudio, participaron 36 voluntarios que fueron expuestos a dos tipos de estímulos sonoros en un entorno controlado: música ambiental de tono inquietante, similar a la que se escucha en películas de suspense, y música meditativa para comparar efectos.

La clave es que, en la mitad de los casos, los participantes fueron expuestos de forma inadvertida a infrasonidos durante cinco minutos. Para medir la respuesta física y mental, se tomaron muestras de saliva antes y después de la sesión para analizar los niveles de cortisol, la hormona del estrés.

Los investigadores descubrieron que los voluntarios no sabían si estaban expuestos al infrasonido, pero cuando sí lo estaban, mostraban más irritabilidad y molestia, y describían la música como más triste, independientemente de si la pista era de suspense o tranquila.

Además, sus niveles de cortisol eran más altos en saliva tras la exposición. Este patrón sugiere que la reacción física y psicológica al infrasonido podría explicar, al menos en parte, las sensaciones asociadas a experiencias “paranormales” en lugares antiguos.

Rodney Schmaltz, profesor de psicología y líder del equipo, lo resume así: si alguien entra en un edificio antiguo y nota ese pellizco en la nuca, ese hormigueo o esa tensión, podría deberse a una respuesta corporal ante infrasonidos, no necesariamente a la presencia de un espíritu.

“La gente no suele saber qué es el infrasonido, pero ante una habitación oscura y una historia de fantasmas, es razonable pensar que algo sobrenatural podría estar detrás de la experiencia”, comenta Schmaltz.

Este no es el primer cruce entre el sonido y el miedo. En investigaciones previas se ha visto que peces cebra expuestos a infrasonido mostraban aumentos en la ansiedad, y los científicos incluso realizaron pruebas en la casa embrujada local Deadmonton para observar si el infrasonido aumentaba la sensación de miedo; aunque esas pruebas no aportaron evidencia física concluyente, sí apuntaron a una respuesta conductual más rápida de la gente al atravesar la instalación.

Expertos ajenos al estudio, como Chris French, han considerado plausible la idea de que el infrasonido pueda dejar a las personas con la impresión de que un lugar está “poseído” o cargado de misterio.

En el equipo también participa Kale Scatterty, estudiante de doctorado en psicología de la ciencia en la Universidad de Alberta, quien diseñó las secuencias musicales para la experimento más reciente.

Scatterty señala que el estudio ofrece una visión valiosa de la interacción entre el cuerpo y la mente, y admite que quiere ver si influencias positivas, como música más estimulante, podrían reducir el impacto del infrasonido en el cortisol.

También muestra interés en estudiar efectos similares en peces y otros animales marinos, recordando que el infrasonido afecta migraciones y comportamientos marinos debido a su propagación en el agua.

La investigación no pretende negar la posibilidad de experiencias paranormales, sino aportar una explicación física que pueda coexistir con creencias y relatos culturales.

En un mundo donde muchas personas siguen sintiendo escalofríos ante lo desconocido, entender el papel del infrasonido ayuda a desmenuzar lo que ocurre en el cuerpo cuando entramos en una casa vacía, una catedral olvidada o una calle con historias antiguas.

Y, aunque aún quedan preguntas por responder, el trabajo de Schmaltz y su equipo abre una vía para explorar por qué algunas noches en las que parece que algo nos observa, en realidad nuestro propio cuerpo podría estar empujándonos a esa sensación de “no estás solo”.