Un repaso en español sobre cómo Canadá pierde árboles a un ritmo mayor que el que la naturaleza puede regenerarlos, el impacto de las grandes quemas en Manitoba y la cancelación de un programa clave de reforestación que dificulta la recuperación de los bosques.
En el norte de Manitoba, los incendios forestales siguen devorando árboles a una velocidad que la regeneración natural apenas puede igualar. Las llamas no solo dejan cicatrices visibles, también golpean los esfuerzos de las comunidades locales, especialmente las de pueblos indígenas que dependen de los bosques para su cultura y su economía.
En estas latitudes la tarea de plantar nuevos árboles es constante, pero la cancelación de un gran programa federal complica la tarea de devolver a la tierra lo que el fuego se llevó.
Una parte clave de la historia la está viviendo Marley Moose, que pasa su tercer verano plantando árboles en la región de Devils Lake, junto a un equipo de Nekoté LP, una empresa de origen indígena que agrupa a varias naciones Swampy Cree en Manitoba.
Moose y sus compañeros trabajan con paciencia, cavando hoyos y colocando pequeñas plántulas de pino jack y abeto negro para darle a la tierra otra vez vida.
Su realidad diaria es esfuerzo duro y, a la vez, esperanza de que estos retoños crezcan y den sombra, alimento y aire limpio a futuras generaciones.
Pero la cuestión va más allá de un esfuerzo local. Según la Canadian Tree Nursery Association (CTNA), Canadá está perdiendo árboles más rápido de lo que la naturaleza o la gente pueden replantarlos.
Además de la expansión de ciudades y la explotación forestal, hay amenazas biológicas como plagas que siguen haciendo estragos. Entre 2023 y 2025, casi una décima parte de los bosques canadienses fue arrasada por incendios, una cifra que ha puesto en jaque a quienes trabajan para recuperar lo perdido.
El reto de reponer solo una fracción de lo que se quemó requiere millones de plántulas, y el ritmo actual de financiamiento no alcanza para dar la vuelta a la tortilla.
El plan de dos mil millones de árboles, una iniciativa federal anunciada por el gobierno en 2019 y respaldada por un presupuesto inicial de alrededor de 3.2 mil millones de dólares para10 años, estaba diseñada para convertir la promesa en realidad: trabajar a gran escala para sembrar árboles y restablecer perros viejos bosques que el fuego había dejado en cenizas.
Sin embargo, el año anterior el gobierno dio por terminada esa ambiciosa meta, como parte de ajustes presupuestarios. La cancelación dejó a muchos proyectos, como Nekoté LP, en una situación precaria: aunque parte del trabajo ya contaba con fondos para cubrir ciertos tramos, el objetivo total de 20 millones de árboles para 2030 quedaba comprometido, y la realidad de incendios recurrentes exigía soluciones rápidas y sostenibles.
La CTNA advierte que, para cubrir apenas el 15% de lo perdido, haría falta alrededor de 7.3 mil millones de plántulas. Y no es solo un número: es una señal de que los recursos actuales no bastan para reparar un daño que, en años recientes, se ha vuelto una constante.
Doug Hevenor, director ejecutivo de la CTNA, subraya que la desaparición de fuentes de semillas y la magnitud de los megaincendios que anulan la regeneración natural complican mucho la tarea.
En este contexto, las iniciativas locales dependen cada vez más de fondos externos y de la capacidad de atraer nuevos donantes para sostener proyectos como el de Nekoté LP.
La historia de Manitoba no es aislada. En 2016, una infestación de barrenador del pino jack devastó bosques en la región de Interlake, y en 2021 un incendio devastó Devils Lake, dejando un paisaje marcado por la ceniza.
A la vista de estos hechos, muchos actores forestales y científicos advierten de señales preocupantes para 2026: previsiones a largo plazo muestran que gran parte del país podría experimentar veranos más cálidos y secos, lo que alimenta incendios más intensos y prolongados.
Paralelamente, los bosques gestionados han dejado de ser simples sumideros de carbono y han pasado a emitir más dióxido de carbono del que absorben, cerrando un ciclo de retroalimentación climática que complica las metas de mitigación.
El caso canadiense importa porque no solo se trata de árboles: se trata de la salud de ecosistemas, de la estabilidad de comunidades que conviven con el bosque y de la economía rural que vive de la madera, el turismo y la protección de tierras.
En este cruce entre ambiente y política hay voces que piden avanzar con programas de reforestación sostenibles, buscar nuevas fuentes de financiación y reforzar alianzas con comunidades locales para garantizar que cada árbol plantado tenga buena genética, buena orientación y una alta tasa de supervivencia.
Muchos ven en el trabajo de Marley Moose, en Nekoté LP y en comunidades indígenas un símbolo de lo que significa cuidar la tierra: plantar hoy para que las generaciones venideras puedan recorrer bosques vivos, no solo huellas quemadas.
En resumen, Canadá tiene por delante un desafío doble: responder a las emergencias de incendios actuales y reconstruir los bosques perdidos con herramientas que sean estables a lo largo del tiempo.
La cancelación de un programa emblemático agregó fricción a esa tarea, pero también dejó abierta la posibilidad de nuevas alianzas y modelos de financiación que permitan volver a sembrar con determinación.
Si se logran combinar fondos, conocimiento local y voluntad política, tal vez Manitoba y otras regiones consigan que sus bosques vuelvan a respirar con fuerza, devolviendo a la tierra parte de la resiliencia que el fuego intenta arrebatarles.