Un estudio de Manitoba y Saskatchewan sugiere que la urea, fertilizante nitrogenado ampliamente usado, podría degradar cerca de la mitad de lagos y humedales de las Praderas canadienses, mientras los expertos debaten el alcance real de los hallazgos.
Un fertilizante muy utilizado para alimentar a buena parte del mundo podría estar degradando casi la mitad de los cuerpos de agua dulce de las Praderas canadienses, según un estudio conjunto de la Universidad de Manitoba y la Universidad de Regina.
Este hallazgo, elaborado por científicos de Manitoba y Saskatchewan, se apoya en experimentos que simulan la fertilización agrícola de la región y que muestran efectos preocupantes en la calidad del agua de la zona.
El trabajo se basó en pruebas con urea, un fertilizante nitrogenado de uso muy extendido. Para reproducir la realidad de las praderas del sur, los investigadores añadieron urea a estanques agrícolas en Saskatchewan y observaron lo que ocurría.
Allí registraron un crecimiento diez veces mayor de algas microscópicas en las aguas tratadas frente a lo que se observa en ecosistemas ya dañados, como el lago Winnipeg.
Ese florecimiento de algas agotó oxígeno esencial para peces y otros organismos, provocando una caída marcada en la calidad del agua.
Según el equipo, cuando el nutriente que debe permanecer en el suelo acaba vertiéndose al agua es cuando se produce la llamada pérdida extrema de calidad de las aguas.
Esto podría estar ocurriendo en gran parte de las Cuencas de las Praderas, donde la urea es tan común que muchos cultivos dependen de ella para crecer.
El estudio sugiere que estas dinámicas no son aisladas y podrían explicar, al menos en parte, por qué algunas aguas superficiales pierden oxígeno tan rápidamente y muestran proliferaciones algales peligrosas.
Entre los hallazgos clave está la observación de los autores de que el efecto de la urea puede interactuar con otros factores del ecosistema, especialmente con el fósforo.
En cuencas de agua de Prairie que ya tienen altos niveles de fósforo, la influencia de la urea puede ser más pronunciada. También señalan que muchas de las aguas del sur de las praderas son poco profundas, lo que facilita que los nutrientes permanezcan y actúen sobre el ecosistema de forma intensa.
Estas condiciones podrían explicar por qué la región parece particularmente vulnerable a la eutrofización cuando se usan fertilizantes nitrogenados.
El estudio compara datos de cientos de cuerpos de agua de la región y concluye que casi la mitad de lagos, humedales y embalses de las Praderas podrían verse degradados por décadas de uso de urea.
En palabras de Cale Gushulak, profesor de biociencias en la Universidad de Manitoba y coautor de la investigación, los escenarios de crecimiento extremo observados en los experimentos ya se están viendo en algunas zonas de Saskatchewan.
Esto refuerza la inquietud sobre el impacto acumulativo de los fertilizantes en los recursos hídricos de la región.
A pesar de la seriedad de los resultados, algunos expertos advierten que extrapolar las conclusiones a todo el ecosistema podría ser una sobrestimación.
Asim Biswas, profesor y titular de una cátedra de investigación en agricultura digital en la Universidad de Guelph, señala que la urea no actúa sola: su efecto depende de la interacción con el fósforo y con otras condiciones del entorno.
Biswas añade que, si bien los resultados son relevantes, no conviene alarmar a toda la población: la cuestión es gestionar mejor los fertilizantes y evitar que terminen en el agua.
El estudio subraya que no se propone dejar de usar fertilizantes, sino avanzar hacia mejores tecnologías de fertilización, mejor manejo del suelo y cultivos que retengan más nutrientes en la tierra.
En este sentido, la investigación apunta a reducir las pérdidas y proteger el agua, sin frenar la producción agrícola. En clave global, los autores señalan que otros países como China y Estados Unidos presentan vulnerabilidades similares, lo que sugiere que el problema podría ser de alcance mundial, no limitado a la región de las Praderas.
La lectura que traslada el estudio es clara: la solución no es prohibir la fertilización, sino optimizar su uso para que los nutrientes permanezcan en el terreno y sirvan para la cosecha, evitando que lleguen a ríos, lagos y humedales.
Esto cobra especial relevancia si se tiene en cuenta que parte significativa del agua dulce de Canadá está en zonas remotas o en condiciones que limitan su uso directo para consumo humano.
Con el cambio climático, las fluctuaciones en caudales y niveles de agua podrían intensificarse, aumentando la vulnerabilidad de los cuerpos de agua frente a la llegada de nutrientes.
En definitiva, los autores esperan que este trabajo sirva para impulsar prácticas agrarias más responsables y avances tecnológicos que permitan una fertilización más eficiente.
La eutrofización y la pérdida de oxígeno de las aguas, que pueden provocar proliferaciones de algas tóxicas y afectar a la vida acuática, ya no se deben ver como problemas lejanos: podrían estar ocurriendo más cerca de lo que pensamos, incluso en un territorio tan asociado a su riqueza hídrica como las Praderas canadienses.
Aun así, la investigación invita a un enfoque de gestión equilibrado: mejorar la tecnología y la gestión del suelo, coordinar políticas y prácticas, y buscar soluciones que protejan el agua sin sabotear la producción alimentaria, especialmente en un contexto global donde la seguridad alimentaria y la calidad de los recursos hídricos están cada vez más interdependientes.