Un documental de The Nature of Things investiga si los perros pueden entender y emitir palabras a través de botones, explorando el verdadero alcance del lenguaje en los caninos y los límites de la interpretación humana.
Un documental de The Nature of Things analiza si los perros pueden comunicarse con las personas usando botones dispuestos en un tablero sonoro, una técnica que ha ganado popularidad en redes sociales.
La película examina qué hay detrás de estos intercambios entre perros y dueños, y qué dicen los datos sobre si realmente existe un lenguaje humano en estas interacciones o si se trata de respuestas aprendidas a partir de señales y recompensas.
La versión de audio de este reportaje fue creada con tecnología basada en inteligencia artificial, lo que ha provocado que algunos apartados suenen distintos a la voz humana tradicional.
Aun así, el contenido conserva las ideas centrales: los perros presionan botones para pedir cosas o expresar estados, y los científicos buscan entender qué significan esas pulsaciones.
El equipo está encabezado por Federico Rossano, profesor asociado de la Universidad de California, San Diego, quien inicialmente recibió con escepticismo estas imágenes de perros que presionan palabras para comunicarse.
¿Podría haber señales no intencionadas que influyan en el comportamiento del animal o, por el contrario, habría una capacidad real para usar palabras? Con el tiempo, el grupo decidió ampliar la investigación y recolectar datos de una gran cantidad de casos.
La base de datos ha crecido hasta incluir unas decenas de miles de pulsaciones de palabra recogidas de miles de mascotas en casi cincuenta países, lo que la convierte en la mayor muestra de su tipo hasta la fecha.
Este volumen ha permitido a los investigadores evaluar de forma más sólida si los perros responden a las palabras que oyen cuando se pulsan los botones, incluso cuando no hay señales obvias del dueño para orientar su comportamiento.
Para abordar la crítica de que los patrones podrían ser simples respuestas condicionadas, el equipo llevó a cabo análisis extensos durante casi dos años, revisando millones de pulsaciones.
Los resultados señalan que, si bien hay respuestas a comandos comunes, también existen diferencias matizadas: algunas palabras se usan con más frecuencia por su relevancia para la experiencia cotidiana del perro, mientras que términos menos obvios pueden aparecer con menor frecuencia.
En este sentido, palabras como fuera, jugar, comida, premio, agua, caricias, paseo y quiero suelen referirse a necesidades o deseos que el animal puede anticipar con mayor claridad.
El estudio también se ha acercado a una cuestión central de la lingüística: ¿los perros realmente entienden las palabras que usan o solo están creando asociaciones directas entre una acción y una consecuencia? En una de las pruebas destacadas, se analizó a un perro de raza beagle que mostró que podía recurrir al botón de ayuda cuando se enfrentaba a un problema que no podía resolver por sí mismo para obtener la atención de su dueño.
Este hallazgo ilustra que las pulsaciones pueden responder a una necesidad de cooperación, más que a un simple anhelo de recompensa inmediata.
La investigación ha permitido seguir explorando la idea de productividad lingüística: la posibilidad de combinar un conjunto limitado de palabras para expresar ideas más complejas.
En este esfuerzo, el equipo observa que varios perros, incluidos los que disponen de múltiples botones, pueden construir secuencias que sugieren combinaciones de conceptos, aunque todavía no se puede afirmar con certeza que estén formando oraciones con un significado semántico equivalente al lenguaje humano.
Entre los casos más estudiados figura Stella, una perra que se ha ganado la etiqueta de una de las primeras perras mediáticas en usar un sistema de botones; Stella cuenta con un tablero amplio, con decenas de botones que su dueña y la familia utilizan para comunicarse.
En conjunto, estos ejemplos muestran que, al menos, los perros pueden expresar una variedad de intenciones y necesidades utilizando herramientas simples de comunicación, y que la interacción humano-animal puede volverse más rica cuando se combinan el entrenamiento, la curiosidad y la interpretación de los resultados.
Otra línea de investigación ha contado con el aporte de Amalia Bastos de la Universidad Johns Hopkins, quien ha analizado casos como el de Parker, un cruce de beagle que enfrentó un problema que no pudo resolver a la vista de un contenedor sellado.
Parker utilizó la palabra de ayuda para llamar la atención de su dueño, lo que permitió resolver la tarea. Estas observaciones resaltan que el uso de palabras puede tener fines que van más allá de obtener comida, apuntando a la cooperación y la asistencia en situaciones problemáticas.
Sin embargo, no todos los especialistas aceptan de forma inequívoca la idea de que los perros entienden el lenguaje de forma semántica. El zoologo Arik Kershenbaum, de la Universidad de Cambridge, advierte que ciertos comportamientos podrían derivar de asociaciones indirectas aprendidas por ensayo y error, sin que exista un significado semántico profundo detrás de cada palabra.
En este debate, la investigación actual admite la posibilidad de una comprensión limitada de palabras y de patrones más complejos sin atribuir necesariamente un lenguaje humano pleno a los canes.
En resumen, aunque la evidencia sugiere que algunos perros pueden relacionar palabras con acciones o estados, la comunidad científica aún discute si estas pulsaciones constituyen un lenguaje en el sentido humano completo o si, por el contrario, son expresiones utilitarias que emergen de un aprendizaje avanzado.
Lo que sí parece claro es que estas pruebas amplían nuestra comprensión de la cognición canina y de la interacción entre humanos y perros, abriendo preguntas sobre el alcance de la comunicación animal y el valor de las herramientas tecnológicas para estudiarla.
A medida que se acumulan datos y se refinan las metodologías, es probable que el debate continúe, enriqueciendo el mapa de las capacidades comunicativas de los perros y su potencial para colaborar con las personas de formas cada vez más sofisticadas.