Análisis sobre una propuesta legislativa para reconsiderar la desorbitación de la ISS y estudiar su conservación en órbita, con conversión de precios a euros y contexto histórico.

Un congresista estadounidense propone estudiar opciones para conservar la Estación Espacial Internacional (ISS) en órbita, en lugar de desorbitarla al final de su vida útil.

NASA mantiene un plan oficial para una caída controlada de la ISS en 2031, que la haría incinerarse progresivamente al atravesar la atmósfera y caer en una zona remota del Pacífico.

Sin embargo, esta semana, algunos legisladores avanzaron una propuesta que pide revisar esa opción y explorar si es posible conservarla en órbita baja para usos futuros.

La ISS ha estado ocupada de forma continua desde 2000, reuniendo astronautas de Estados Unidos, Rusia, Canadá, Europa y Japón. Es el laboratorio científico más grande jamás enviado al espacio, con una masa superior a 400 toneladas métricas y un historial de cientos de experimentos únicos al microgravedad.

Su construcción se llevó a cabo de forma paulatina gracias a 36 vuelos del transbordador espacial y a seis lanzamientos rusos Proton y Soyuz. Con un costo estimado de cerca de €92 mil millones, el valor de conservarla para generaciones futuras es motivo de debate.

El proyecto de conservarla se enfrenta a varios desafíos prácticos. El planeta está protegido por una atmósfera que genera arrastre, por lo que la ISS no puede permanecer inmóvil: debe recibir impulsos periódicos para mantenerse en su órbita.

Si se dejara de mantener, en uno o dos años podría entrar de forma impredecible en la atmósfera. En su historia, la única vía similar fue la desorbitación del MIR, la estación rusa que cayó al Pacífico en 2001 tras años de operación. Un plan para elevarla a una órbita más alta, en teoría, prolongaría su permanencia, pero exigiría una cantidad de combustible extraordinaria y un cohete de tamaño nunca visto.

Ingenieros y gestores dudan incluso de si la gigantesca estructura podría soportar las tensiones de ser empujada de un extremo a otro.

En 2024, un informe de NASA advirtió que un incremento de la órbita podría generar un riesgo de colisión con escombros espaciales a un nivel “inaceptablemente alto”, con el potencial de añadir cientos de millones de fragmentos de desecho que harían inalcanzable el acceso a la órbita baja durante siglos.

Aun así, determinadas propuestas buscan soluciones que permitan mantener la ISS, ya sea para investigación, tecnología o museología espacial, bajo un régimen de supervisión internacional más estrecha.

NASA también exploró la posibilidad de que compañías privadas asuman cierta operación de la ISS, pero no se presentaron propuestas viables y, en general, para la agencia sería más económico y factible construir una nueva instalación que mantener la existente.

Mientras tanto, otros actores internacionales avanzan con sus propias bases orbitales. China opera desde 2022 su estación Tiangong, y en el sector privado hay planes para pequeñas plataformas, como Haven-1, con lanzamientos posibles a partir de 2027.

Incluso se ha especulado con ideas de hoteles espaciales de gran tamaño que giren para simular gravedad, reminiscencias de la ciencia ficción de 2001: A Space Odyssey.

El proyecto impulsado por el representante George Whitesides aún debe atravesar más pasos para convertirse en una directriz oficial, y de entrada es solo una solicitud para evaluar la viabilidad de estas alternativas.

Aunque cuesta pensar en una salida distinta a la desorbitación, la discusión refleja la complejidad de gestionar un activo internacional de gran valor científico y estratégico.

Tras tres décadas de operación y con un coste cercano a €92 mil millones, la ISS podría terminar en un futuro diferente al previsto si se demuestra que la preservación orbital es técnica y financieramente viable.