Una mezcla inusual de tecnología solar y agricultura local está dando electricidad en Malawi, financiada por desarrollos canadienses y con una estrategia que incorpora cultivo de chiles africanos para estabilizar ingresos.
En Malawi, el sol ya no es solo una fuente de calor; se está convirtiendo en motor de un cambio eléctrico y económico que busca dejar atrás la inseguridad de la moneda local y la escasez de electricidad.
Dos plantas solares, una con 60 megavatios y otra de 5 megavatios más una batería de respaldo, están conectando al menos una décima de la red del país.
El proyecto Salima, de 60 MW, nació en 2021 y es copropiedad de la empresa canadiense JCM Power y InfraCo Africa Ltd.; Golomoti, con 5 MW de capacidad y su batería de 5 MW, llegó al año siguiente. Estas instalaciones no solo generan electricidad, también abren la puerta a una nueva forma de gestionar riesgos y financiación en una economía rural que históricamente ha estado desatendida por las redes eléctricas.
Una de las claves de este modelo es la gestión de la volatilidad de la moneda local, el kwacha. JCM Power decidió reinvertir parte de ese flujo de kwachas en algo tangible para la comunidad: la siembra y venta de chiles africanos de la variedad African Bird’s Eye alrededor de las propias granjas solares.
Los chiles se comercializan principalmente en dólares, y gran parte de la demanda proviene de grandes cadenas internacionales, como Nando’s Peri-Peri, que operan en varios países; así, el dinero que llega en dólares a Malawi ayuda a fortalecer a los agricultores locales y a sostener la economía del proyecto ante la inestabilidad cambiaria.
El balance entre suministro de electricidad y producción agrícola tiene un porqué: Malawi tenía apenas alrededor del 16% de su población con acceso a la electricidad en 2023, y África, en general, concentra cerca del 60% de los mejores recursos solares del mundo, principalmente al estar cerca del ecuador y disfrutar de poca turbidez y nubes.
La capacidad instalada y la inversión en energía solar han crecido a ritmo acelerado: en 2025, el crecimiento de instalaciones solares en África alcanzó el 54%, con dos vías principales de desarrollo: techos de vivienda y proyectos a escala de servicio público conectados a las redes nacionales, que resultan la opción más barata para acercar la electricidad a millones de africanos.
La solar en África no es solo una historia de placas y cables. Instituciones como la International Energy Agency señalan un enorme potencial para la soberanía energética de los países africanos, que ven en la energía solar una vía para reducir la dependencia de combustibles fósiles importados y de precios volátiles.
El mercado se apoya tanto en financiamiento privado como en apoyo público y financiero para mercados emergentes donde la viabilidad comercial aún está por afianzar.
En este contexto, JCM Power pertenece a un consorcio de bancos de desarrollo, incluyendo FinDev Canada, y ya explora nuevas oportunidades en Namibia, Botsuana, Mozambique, Zambia, Zimbabue, Congo y Tanzania.
Además de Malawi, la empresa ha ido tejiendo presencia en otras zonas del sur y del este del continente, con proyectos que demuestran que la solar puede ser rentable incluso en mercados con regulaciones todavía en construcción.
La historia de Golomoti enfatiza la complejidad y los retos: es un ejemplo de proyecto a escala utilitaria con una batería de 5 MW, la primera de su tipo en la región de África subsahariana.
Este almacenamiento ha permitido estabilizar operaciones y garantizar suministro durante horas pico o en días nublados, algo crucial para una red emergente que no puede permitirse interrupciones prolongadas.
Mientras tanto, Salima continúa su desarrollo como un pilar de la estrategia de electrificación rural, mostrando que la combinación de generación y almacenamiento es la base para un sistema más robusto.
Una parte del atractivo del modelo es su componente humano y social. FinDev Canada exige que JCM Power cree oportunidades de liderazgo para las mujeres en Malawi, un país que todavía enfrenta desafíos de igualdad de género.
Grace Kalowa, quien empezó como especialista local en inclusión de género, ahora dirige la operación en Malawi y, en total, un cuarto de los 63 empleados de las plantas son mujeres.
Este tipo de medidas busca no solo impulsar la energía, sino también empoderar a comunidades enteras para que participen en la gestión y la toma de decisiones.
La expansión de este tipo de iniciativas ha llevado a que Stardust Solar, una empresa pública con sede en Vancouver, lance su primer franquiciado en Zambia.
El plan actual prevé una planta de 30 MW en un sitio de 35 hectáreas, con una cadena de valor que incluye ingeniería, financiamiento y capacitación, mientras que los franquiciados locales se encargan de la construcción y operación.
En la fase inicial, ya se ha firmado un acuerdo de compra de energía y se están realizando estudios geológicos para asegurar que no haya conflictos con otros recursos.
El objetivo es lograr que en 2027 la planta alcance su capacidad total, con perspectivas de ampliar a otros países de la región. Estas iniciativas, además de generar electricidad, se proponen crear empleo, formación y una vía para que las comunidades participen de forma directa en el desarrollo de energía limpia.
Más allá de las cifras y las plantas, el enfoque de Malawi subraya que el desarrollo sostenible debe ir acompañado de buenas prácticas. Expertos como Carole Brunet, profesora asociada en Canadá, advierten que las pautas de desarrollo sostenible de bancos e instituciones deben ser más que palabras bonitas: deben traducirse en beneficios tangibles para comunidades locales, desde la agricultura y la formación técnica hasta la equidad de género y la gestión del uso del agua y de la tierra.
Este tipo de consideraciones es clave para evitar que proyectos grandes desplazen a comunidades o agoten recursos sin que se generen empleos suficientes.
En suma, Malawi está dibujando un modelo que puede servir de espejo para otros países africanos: usar el sol para dar electricidad, usar el chile para sostener la economía y, en paralelo, avanzar hacia una energía más soberana y sostenible.
La región puede mirar a Malawi como un ejemplo temprano de cómo la innovación financiera y la participación local pueden convertir un recurso natural abundante en un motor de desarrollo largo y equitativo.
Aunque quedan retos por delante —terrenos, permisos, gestión del agua y la necesidad de continuar aumentando la participación de las comunidades— el camino ya se ve trazado: energía solar, cadenas locales de valor y una mayor dignidad para las personas que ahora se benefician de una red eléctrica que empieza a ser suficiente para sus hogares, sus escuelas y sus negocios.