Un equipo de Canadá y socios internacionales pone en marcha el Fred Young Submillimeter Telescope, en el desierto de Atacama, para estudiar la formación estelar, la materia y la energía oscuras, utilizando cámaras cuánticas y un campo de visión sin precedentes.

Un equipo de investigación de Canadá está al frente de un proyecto astronómico de gran envergadura que podría abrir una nueva ventana para entender el universo.

El Fred Young Submillimeter Telescope (FYST), instalado a unos 5.600 metros sobre el nivel del mar en el desierto de Atacama, Chile, se sitúa en uno de los lugares más secos y altos del planeta para observar el cosmos con una claridad inusitada.

Este esfuerzo forma parte de CCAT Observatory, una iniciativa liderada desde Nueva York por la Universidad de Cornell, y cuenta con la participación de universidades y centros de investigación de Chile, Alemania y Canadá.

En total, una docena de instituciones canadienses aportan conocimiento y tecnología punta.

El objetivo principal es desentrañar cómo nacen y se mueven las estrellas y las galaxias, y, de paso, arrojar luz sobre la naturaleza de la energía y la materia oscura.

El equipo apunta a observar señales muy débiles de la luz que se sitúan entre las longitudes de onda radio y infrarrojo —algo que, a simple vista, es invisible para el ojo humano y para muchos instrumentos— para reconstruir escenas del pasado lejano del cosmos.

La gran ventaja de este telescopio es su campo de visión, mucho más amplio que el de un telescopio tradicional. Con una neutralidad relativa frente a obstáculos atmosféricos, puede recorrer grandes franjas del cielo en cuestión de minutos, permitiendo cartografiar grandes regiones con una sola observación.

Esto abre la posibilidad de mapear cómo cambian las galaxias a lo largo del tiempo y de trazar el proceso de formación estelar en diferentes entornos, desde la Vía Láctea hasta galaxias muy lejanas.

El equipo liderado por la Universidad de Dalhousie, junto con la Universidad de Columbia Británica y el Consejo Nacional de Investigación de Canadá (NRC), ha diseñado dos de las primeras cámaras que se instalarán en el telescopio.

El sistema puede acoger hasta siete módulos instrumentales diferentes, que se pueden cambiar con facilidad para incorporar tecnologías nuevas a medida que se desarrollan.

Entre las innovaciones destacan cámaras de sensores cuánticos que operan a temperaturas cercanas al cero absoluto, una proeza técnica que ha llevado décadas de investigación y que por fin encuentra una vía de uso práctico.

Estas cámaras permiten detectar longitudes de onda muy frías del cosmos, donde nacen y se enfrían las nubes de gas que dan lugar a las estrellas.

Para los científicos, todo esto no solo aporta una visión más nítida; también facilita observar procesos que tardan millones de años en ocurrir.

“La observación en estas longitudes de onda nos permite ver detalles que, de otra forma, quedarían ocultos”, señalan los responsables canadienses.

Por ejemplo, se puede seguir la formación de estrellas en nuestra galaxia y, al mirar más allá, entender cómo se formaban las galaxias en los inicios del universo.

En resumen, el telescopio podría, con un solo barrido amplio, suministrar mapas del cielo que antes requerían arreglos y observaciones dispersas en varios instrumentos.

El coste estimado del proyecto ronda los 40 millones de dólares estadounidenses, y parte del valor añadido se debe al desarrollo de una infraestructura de procesamiento de datos de alta capacidad.

Los socios alemanes están construyendo un centro de cómputo dedicado para gestionar los terabytes de información que generará el telescopio cada día, con un segundo centro en Norteamérica que probablemente será necesario.

Además, se adaptó la logística para mantener operativo el equipo en un entorno extremo: se instaló una planta de energía a menor altitud para alimentar todo el sistema, y se trazó una ruta de acceso para facilitar el traslado de las piezas grandes.

Las cámaras de Daisy Chapman y sus colegas en Canadá se colocarán en el telescopio durante este verano, y se esperan los primeros datos para el otoño.

De cara al futuro, el equipo reconoce que habrá mucho trabajo por hacer para convertir esas observaciones en descubrimientos científicos, y que los resultados se harán públicos aproximadamente un año después de la recopilación inicial.

Mientras tanto, el proyecto ya representa un hito en la cooperación internacional y en la capacidad de Canadá para liderar avances tecnológicos que acercan el cosmos a la mente y a la vista de la humanidad.

Este avance no viene aislado: se enmarca en una línea histórica de investigación que ha llevado a la submilimetría a convertirse en una herramienta clave para la astronomía contemporánea.

Desde los primeros intentos de explorar el cielo en longitudes de onda apenas perceptibles para el ojo humano, la necesidad de situar instrumentos en lugares extremos —alta pureza atmosférica, frío extremo y estabilidad térmica— ha impulsado el desarrollo de tecnologías cada vez más sofisticadas.

En ese sentido, el FYST hereda décadas de esfuerzo y, a la vez, marca una nueva etapa al incorporar sensores cuánticos y un diseño modular que facilita la evolución tecnológica sin abandonar la base de observación.

En suma, Canadá no sólo aporta ciencia; aporta una forma de mirar el cosmos que combina ciencia, ingeniería y cooperación internacional. Si todo sale como esperan los líderes del proyecto, en los próximos años podremos ver mapas del cielo con una resolución y una profundidad que acercarán respuestas sobre cómo nació el universo, cómo se formaron sus estructuras y qué papel juegan la energía y la materia oscuras en la historia cósmica.

Y ese resultado podría abrir, para el público y para la comunidad científica, una verdadera ventana nueva hacia el espacio.