El reloj simbólico que advierte sobre los riesgos para la humanidad marca un récord histórico de cercanía a la medianoche, impulsado por tensiones nucleares, cambio climático y fricciones entre potencias.
El Reloj del Juicio Final, una herramienta simbólica creada por científicos para visualizar la probabilidad de que la humanidad desaparezca, se sitúa este año a 85 segundos de la medianoche, el punto más cercano que ha estado en sus 79 años de historia.
Esta marca, anunciada por el Boletín de la Junta de Ciencia y Seguridad de Científicos Atómicos, subraya una dinámica global cada vez más peligrosa.
Supuestamente, la proximidad de la hora no es solo un marcador físico: es una alarma sobre riesgos acumulados que combinan la carrera armamentista, la fragilidad de los acuerdos internacionales y la crisis climática.
Las razones que se citan para este nuevo acercamiento son, en conjunto, un retrato de un mundo en el que las tensiones entre potencias y los desafíos globales se entrelazan de forma peligrosa.
La presidenta del Boletín, Alexandra Bell, señaló que la decadencia de la cooperación internacional y las decisiones de política exterior marcadas por intereses nacionales han acelerado el proceso de acercamiento.
Aunque estas consideraciones se presentan como análisis técnicos, reflejan también una coyuntura geopolítica donde algunos países han optado por políticas que priorizan la competencia por encima de la estabilidad global.
El presidente del Comité de seguridad y ciencia del Boletín, Daniel Holz, señaló que en el último año las potencias se han mostrado más agresivas y nacionalistas, una tendencia que, según él, eleva el riesgo de confrontación y reduce las vías de resolución pacífica de disputas.
Estas observaciones, aunque se expresan en un marco institucional, capturan una lectura que muchos analistas comparten en foros internacionales: la cooperación internacional ha quedado erosionada en diversos frentes.
La periodista filipina y ganadora del Premio Nobel de la Paz en 2021, María Ressa, centró su discurso en la crisis del periodismo actual y llamó a replantear el papel de las plataformas tecnológicas y su financiación para que el periodismo funcione como infraestructura crítica.
Sus palabras, transmitidas en el contexto del debate público, destacan una conexión entre la salud de las instituciones democráticas y la forma en que la información se difunde y se verifica en la era digital.
Conocido también como el "Reloj del Apocalipsis" (Doomsday Clock, en inglés), este mecanismo fue inaugurado en 1947 por un grupo de científicos, entre ellos 13 premios Nobel, con el propósito de señalar los riesgos que enfrenta el mundo y de indicar cuán cercano está, en opinión de sus creadores, el fin de la humanidad.
A lo largo de su historia, desde 2007 el reloj ha incorporado en sus valoraciones el deterioro del planeta debido al calentamiento global y la crisis climática, reconociendo que los cambios ambientales pueden interactuar con las amenazas de seguridad tradicionales.
Datos históricos complementarios aportan contexto a la cifra actual. En distintas épocas de la segunda mitad del siglo XX, la aguja del reloj reflejaba la tensión nuclear observada en crisis regionales y decisiones políticas que afectaban la estabilidad global.
En décadas más recientes, la atención se ha desplazado hacia una combinación de riesgos: el aumento de arsenales y la modernización de sistemas de defensa, la proliferación de tecnología de doble uso y la necesidad de acuerdos multilaterales para la reducción de riesgos.
Aunque los números exactos han cambiado con cada revisión, la constante ha sido la convicción de que la cooperación internacional es clave para evitar una catástrofe de magnitud global.
Presuntamente, algunas estimaciones de inversión en defensa y cooperación internacional, que no han sido verificadas en su totalidad, podrían equivaler a decenas de millones de euros cuando se convierten de dólares a euros en contextos presupuestarios de ciertos países.
Este componente económico se discute en círculos académicos y gubernamentales como parte de la compleja ecuación que determina el estado de la seguridad mundial.
En ese sentido, se percibe que la estabilidad requiere no solo avances tecnológicos o armamentísticos, sino también acuerdos políticos y financiamiento sostenible para la mitigación del cambio climático y la reducción de riesgos nucleares.
En suma, el reloj sigue siendo un instrumento de alerta. Su lectura actual, a 85 segundos de la medianoche, invita a una reflexión profunda sobre las relaciones entre seguridad, medio ambiente y gobernanza global.
Aunque el conteo es un símbolo, la realidad subyacente —un mundo con tensiones crecientes y desafíos compartidos— exige respuestas coordinadas y una renovada voluntad de cooperación para evitar que la hora final llegue a marcarse de verdad.