El Mundial de fútbol de 2026 ha sido el más visto de la historia, pero también el más controvertido. La expansión a 48 equipos, las pausas de hidratación y la intromisión del presidente Trump marcan un precedente que, según los analistas, ha llegado para quedarse.
El Mundial de 2026 ya es historia, pero los números que ha dejado son de escándalo. La final entre España y Argentina, vista por 6,4 millones de canadienses, casi 40 millones de estadounidenses en inglés y más de 22 millones en español, rompió todos los récords de audiencia.
Y no solo en América: en todo el mundo, la gente se pegó a las pantallas para ver el torneo más largo y polémico de la historia.
Pero, ¿a qué costo? Porque este Mundial no solo fue récords. Vino con una lista de quejas: precios de entradas por las nubes, hoteles imposibles de encontrar, el miedo a las redadas de inmigración en Estados Unidos, y el cansancio de tener que viajar entre tres países (Canadá, Estados Unidos y México) para seguir a tu selección.
Aun así, los estadios estuvieron llenos y las audiencias, por las nubes.
Y es que, como explica Morgan Campbell en su artículo para CBC Sports, el drama vende. Da igual que el drama venga de una jugada increíble de Lamine Yamal o de la intromisión del presidente Trump en la alineación de Estados Unidos. Trump llamó al presidente de la FIFA, Gianni Infantino, para que anulara la sanción a Folarin Balogun, y lo consiguió. El partido contra Bélgica fue el más visto de la historia del fútbol en Estados Unidos. ¿Casualidad? No.
Lo que nos dice este Mundial es que todo lo que odiamos de él (las pausas de hidratación que convierten el fútbol en un deporte de cuatro cuartos, la expansión a 48 equipos que diluye la calidad, la politización del deporte) ha venido para quedarse.
La FIFA ya habla de ampliar a 64 equipos en el futuro. Las pausas de hidratación, que generan una millonada en publicidad, se quedarán. Y los presidentes seguirán metiendo mano si ven que funciona.
Porque al final, lo que cuenta es el dinero. La FIFA ingresó 15.000 millones de dólares con este Mundial, duplicando sus expectativas. Las cadenas de televisión, como Fox, se embolsaron un cuarto de billón solo en anuncios durante las pausas. Y los medios, aunque se quejen, mandan a sus periodistas a cubrir el torneo porque el tráfico web lo justifica.
Todo esto tiene un precedente histórico. Ya en 1978, la dictadura argentina usó el Mundial para mejorar su imagen, pero entonces no había redes sociales ni audiencias globales. Hoy, cada decisión polémica se amplifica y, aun así, seguimos mirando. Porque somos adictos al deporte, a las historias de los equipos, a la pasión de la afición. Y eso pesa más que la rabia que nos produce ver a Trump o a Infantino en el césped recibiendo abucheos.
La conclusión es clara: el Mundial de 2026 ha sentado las bases de lo que viene. En 2030, el torneo se jugará en España, Portugal y Marruecos. Y en 2034, quizás en Arabia Saudí. Cada vez más equipos, más pausas, más política. Pero nosotros, los aficionados, seguiremos viendo. Porque, como dice el artículo, el drama vende. Y mientras sigamos comprando, ellos seguirán vendiendo.
Así que abróchate el cinturón: lo que odiaste de este Mundial no solo no se irá, sino que aumentará. Pero oye, al menos el fútbol sigue siendo fútbol, y mientras haya un balón que perseguir, habrá esperanza. O eso nos gusta creer.