El alcalde Zohran Mamdani propone un impuesto a las segundas viviendas de lujo, usadas por residentes ausentes, para financiar servicios municipales. Una iniciativa controvertida que busca aliviar la presión sobre la vivienda y los presupuestos locales, pero que podría enfrentar fuerte oposición.

En Nueva York, el alcalde Zohran Mamdani ha puesto sobre la mesa una propuesta que podría alterar el modo en que se paga la vivienda en la ciudad. Su plan es gravar las residencias de lujo que se usan como segunda casa, los llamados pied‑à‑terre, especialmente cuando estas viviendas están ocupadas solo de forma intermitente o no se usan como residencia principal.

La idea es que quienes mantienen una casa o un apartamento en la Gran Manzana, pero viven mayoritariamente fuera de la ciudad, aporten un recargo adicional para el presupuesto municipal.

De esta forma, se pretende asegurar ingresos para servicios básicos como seguridad, transporte y programas de vivienda para quienes residen en la ciudad de forma estable.

Para el ciudadano de a pie, el término pied‑à‑terre puede resultar ajeno, pero describe una realidad común en ciudades caras: una parte de la oferta inmobiliaria de lujo funciona como refugio o inversión, más que como hogar diario.

En estas familias, el inmueble suele permanecer vacío durante gran parte del año, o solo se usa para estancias puntuales, fines de semana o visitas. Ante esa realidad, el plan de Mamdani busca convertir esa supuesta abundancia de vivienda de lujo en una fuente de recaudación que fortalezca los servicios públicos para los residentes que sí viven en la ciudad todo el año.

¿Cómo funcionaría en la práctica? A falta de los detalles definitivos, la idea general es someter a un impuesto adicional a las unidades que actúan como segunda residencia de lujo.

Este recargo podría calcularse sobre el valor catastral o de tasación de la propiedad y requeriría una declaración de uso para demostrar que no es la vivienda principal.

El objetivo oficial es doble: fomentar un uso más eficiente del parque inmobiliario y obtener recursos para sostener servicios municipales que hoy suponen un gasto para el común de los vecinos que sí residen en la ciudad a diario.

Cabe decir que la propuesta ya despierta críticas. Quienes están a favor la ven como una herramienta para distribuir mejor la carga fiscal y reducir un sesgo que favorece la inversión inmobiliaria a expensas de la vida cotidiana de los neoyorquinos.

Pero los opositores advierten que podría golpear a propietarios y empresas que poseen inmuebles de lujo como parte de su estrategia de ahorro o diversificación, y que su efecto podría trasladarse a los costos de alquileres o a la inversión en la ciudad.

En cualquier caso, la iniciativa requerirá una etapa de debates, ajustes y, sobre todo, muchos análisis de impacto.

Este tipo de discusiones no es nueva en ciudades con mercados inmobiliarios tan tensionados como Nueva York. A lo largo de las últimas décadas, distintos gobiernos han planteado impuestos o gravámenes similares a las segundas residencias de lujo con el argumento de que no se trata de viviendas para cubrir las necesidades de la población local, sino de activos que, en muchos casos, no aportan directamente al día a día de los vecinos.

En ese sentido, el plan de Mamdani se enmarca en un debate más amplio sobre cómo equilibrar la inversión inmobiliaria con el acceso a una vivienda asequible y la sostenibilidad de los servicios municipales.

En el contexto actual, donde el costo de la vida y la presión sobre la vivienda siguen siendo temas centrales para la ciudadanía, cualquier propuesta de gravámenes a las segundas residencias de lujo se recibe con atención.

Si la iniciativa avanza, podría marcar una tendencia en la manera en que las grandes ciudades abordan el financiamiento de servicios básicos y la distribución de la carga fiscal entre residentes habituales y quienes ven la ciudad como un lugar para invertir o pasar temporadas puntuales.

En última instancia, el verdadero examen será si estas medidas logran mejorar la vida cotidiana de los vecinos sin desincentivar la inversión o afectar a la economía local de forma negativa.

Para los lectores que busquen un marco histórico rápido, el término pied‑à‑terre se ha usado durante años para describir apartamentos en ciudades como Nueva York, París o Londres que sirven de refugio urbano para viajeros, empresarios o segundos hogares.

En muchas jurisdicciones, la idea de gravar estas viviendas ha sido tema de debate entre quienes defienden la eficiencia fiscal y quienes sostienen que las medidas deben ser razonables y no dañinas para la actividad económica.

Así, la propuesta de Mamdani se presenta como una de las múltiples respuestas posibles ante un problema económico y social complejo: cómo sostener servicios municipales en una ciudad con demanda alta y un mercado inmobiliario que, a ojos de muchos, favorece la acumulación de activos frente a la necesidad de vivienda para quienes trabajan y viven allí todo el año.