Dos trabajadores de Smoothie King fueron desvinculados tras un incidente en Michigan, donde supuestamente se negó atención a un cliente por llevar una sudadera con el nombre de Trump; la cadena anunció medidas disciplinarias y un refuerzo de la formación del personal.
Un episodio ocurrido en una franquicia de Smoothie King en Michigan ha puesto bajo la mira a la cadena de bebidas. Según informes difundidos por medios estadounidenses, dos empleados ya no trabajan para la empresa tras un altercado en el que, supuestamente, se negó atención a un cliente por llevar una sudadera con el nombre de un expresidente.
Un video publicado en X y otras plataformas muestra a la pareja contando lo sucedido y la tensión que se desató en la tienda. En las imágenes se escucha que la clienta dice que obedecieron a su marido pero que aun así no se les proporcionó servicio, argumentando que la prenda podía generar discordia.
La grabación se convirtió en viral, y ha alimentado el debate público sobre si este tipo de decisiones constituyen discriminación o una defensa de normas de conducta.
Smoothie King emitió un comunicado en el que confirmó la desvinculación de los trabajadores involucrados y afirmó que no tolera ningún tipo de discriminación.
La empresa señaló que, tras revisar el incidente, tomó medidas inmediatas y que el personal involucrado ya no forma parte de la red de franquicias. Además, la cadena añadió que reforzará la formación de todos sus empleados para garantizar un trato respetuoso hacia cada cliente, sin importar su afiliación política, su raza o su género.
En el reportaje se cita que la visita se produjo en Michigan, en una región en la que se han discutido recientemente temas de diversidad y políticas DEI en el comercio minorista.
El episodio también fue objeto de atención en redes sociales, donde usuarios y comentaristas debatieron si la negativa de atención tenía relación con la prenda o con otra cuestión de servicio al cliente.
En el relato de la pareja, supuestamente la empleada se mostró incómoda ante la presencia de la prenda y, en un momento, indicó que no podría atenderlos.
Aunque los responsables de la empresa aseguraron que la decisión obedeció a una política interna, la versión de los clientes provocó una ola de críticas y planteó preguntas sobre la coherencia entre las normas de inclusión y la libertad de expresión de los trabajadores.
La compañía indicó que la situación fue tratada con seriedad y que se implementó una revisión de procedimientos de atención, además de la imposición de una formación obligatoria para todo el personal, con énfasis en la experiencia del cliente y en los estándares de trato.
En un contexto más amplio, este caso se suma a un debate nacional sobre cómo las franquicias gestionan incidentes en los que el idioma, la vestimenta o las creencias pueden generar conflictos en la experiencia de compra.
Por último, algunas fuentes señalan que la inversión necesaria para estas mejoras de formación y políticas podría tener un coste para la franquicia; presuntamente, la cifra oscilaría entre 3.000 y 6.000 euros por establecimiento, dependiendo del tamaño y la ubicación de cada tienda. Los analistas señalan que estas medidas, aunque supone un gasto, podrían reforzar la reputación de la marca y evitar futuros conflictos legales o de relaciones públicas.
Este hecho, ocurrido a inicios del año, está siendo seguido de cerca por defensores de la inclusión y por detractores de cualquier enfoque que perciban como restrictivo.