Un informe revela que millones de estadounidenses acumulan deudas médicas millonarias en 2024 y que muchos hospitales recurren a demandas para cobrar. También se analizan denuncias sobre precios, ayudas y el papel de las clínicas sin ánimo de lucro.

En Estados Unidos, una factura de un hospital puede convertirse en un problema que desbarata presupuestos familiares. Un estudio conjunto de West Health y Gallup deja claro que, en 2024, unas 31 millones de personas terminaron con deudas médicas que sumaron 74.000 millones de dólares. Es decir, millones de familias enfrentan recibos que pueden parecer imposibles de pagar, incluso cuando tienen algún tipo de seguro. Esto no es un problema de cuidados básicos aislado: es una realidad que afecta a la economía de muchas casas y que, a veces, acaba en procedimientos legales que agravan la situación.

Para entenderlo mejor, miramos casos concretos que muestran el alcance del tema. En Virginia, una de las cadenas hospitalarias más grandes, Sentara Health, enfrentó demandas por deudas médicas. Entre 2010 y 2024, esa red presentó más de 96.000 procesos contra pacientes para cobrar facturas impagas. No fue un caso aislado: si sumamos a otras clínicas y médicos de la región, el total de juicios por deudas médicas en Virginia durante ese periodo superó las 1,1 millones y las reclamaciones alcanzaron alrededor de 1,4 mil millones de dólares.

Las cifras también revelan cómo funciona el mecanismo de cobro: la vía más usada no es solo la factura en la mesa de un consultorio, sino embargos de salario, retenciones en cuentas y, en algunos casos, hipotecas o gravámenes sobre viviendas.

Entre 2010 y 2024, se registraron más de 403.000 embargos de salario o de cuentas para cubrir deudas médicas, y se llegaron a realizar más de 5.500 gravámenes o juicios que podían durar hasta 20 años. En la práctica, esto significa que una deuda que empieza como una factura puede acompañar a una familia durante años, incluso si el trabajador mantiene un empleo estable.

El informe también señala que, aunque la mayoría de estos casos se daban en hospitales sin fines de lucro, esas instituciones cuentan con una lógica especial en EE.

UU.: juegan con una exención fiscal muy codiciada a cambio de beneficios comunitarios, que teóricamente deben incluir ayudas para quienes no pueden pagar.

Aun así, expertos como Cynthia Fisher, fundadora de Patient Rights Advocate, señalan que muchas personas con seguro siguen sin recibir la protección adecuada; los planes de salud siguen exigiendo copagos, deducibles y recargos que pueden dejar al usuario con deudas significativas cuando aparece una factura que no cubren por completo.

Las palabras que más se repiten entre especialistas son las de “crisis de asequibilidad”. El dinero que la gente debe para atenderse no se limita a una factura puntual: se suma a otros gastos y a veces se ve agravado por la complejidad de precios.

Según datos de 2025, el deducible medio para quien tiene seguro en el trabajo fue de aproximadamente 1.886 dólares, un importe que puede marcar la diferencia entre acudir a un médico o posponer la consulta. En este contexto, incluso pacientes con seguro pueden enfrentarse a facturas que no estaban claramente previstas, lo que abre la puerta a esquemas de cobro agresivo por parte de hospitales y proveedores.

La realidad no termina ahí. Varias cadenas hospitalarias han sido objeto de debates sobre sus prácticas de cobro y su voluntad de litigar contra pacientes. En Virginia, algunos sistemas llegaron a anunciar que dejarían de demandar a pacientes o de colocar gravámenes sobre viviendas, tras la atención de informes periodísticos y investigaciones académicas.

Pero otras redes, como Virginia Commonwealth University Health (VCU Health) o UVA Health, han mantenido o aumentado sus acciones legales en estos años.

La historia completa sugiere que el fenómeno no está circunscrito a un estado concreto: es una dinámica nacional que gira en torno a precios, facturas y la forma en que se gestionan los cobros.

A nivel histórico, hay que entender que el sistema hospitalario estadounidense ha cambiado mucho en las últimas décadas. Hubo momentos en los que la idea era que los hospitales fueran más “caridad” que negocio. Con la llegada de seguros privados más extendidos y, luego, la expansión de programas públicos como Medicaid, el sistema se volvió más mixto: hay hospitales que pagan impuestos a cambio de ciertas obligaciones de servicio y ayuda a quienes no pueden pagar.

Sin embargo, lo que se observa en la práctica es que la factura médica ya no es un problema de “salud” aislada, sino una cuestión de ingresos, precios y procesos de cobro que afectan a familias de distintos niveles de ingresos, incluso a los que ganan lo suficiente para considerarse clase media.

La conversación pública también ha marcado diferencias de enfoque. Para algunos, la solución pasa por aumentar la transparencia de precios y simplificar la forma en que se calculan las facturas. Para otros, la clave es reforzar la protección de quienes tienen menos recursos, de modo que no se convierta una emergencia médica en una batalla legal o en una carga que se transmite de generación en generación.

En cualquier caso, la evidencia apunta a un problema sistémico: la factura médica no se paga sola, y el modo en que se persigue puede terminar afectando la confianza en el sistema de salud y la estabilidad de las familias.

En resumen, la deuda médica en Estados Unidos es un fenómeno complejo que combina precios poco claros, deducibles altos, cobros legales y una diversidad de prácticas entre hospitales y aseguradoras.

Para un lector común, la lectura rápida es: si la factura llega, puede que lo haga acompañada de un proceso de cobro que no siempre es fácil de entender, y detrás hay intereses de instituciones que, en teoría, deben ayudar, pero que en la práctica a veces optan por políticas de cobro que pueden parecer duras.

Entender ese equilibrio entre responsabilidad personal, protección pública y transparencia es clave para evaluar qué cambios podrían ayudar a evitar que una emergencia médica termine convirtiéndose en un lastre para años.