Trump fue abucheado durante la final de la NBA entre Knicks y Spurs en el Madison Square Garden, lo que obligó a reforzar la seguridad y cambió la dinámica alrededor del estadio. La presencia del presidente generó un gran operativo y un ambiente de alta tensión entre afición y autoridades.

El Madison Square Garden se convirtió este lunes en un escenario que no estaba en los planes habituales de un partido de baloncesto: la noche previa al tercer encuentro de las Finales de la NBA entre Knicks y Spurs, Donald Trump apareció en las pantallas del recinto, se vio un saludo militar y, casi de inmediato, la grada estalló con abucheos.

El ruido fue tan intenso que las autoridades se vieron obligadas a reforzar de forma notable la seguridad alrededor del estadio y en los aledaños de Manhattan.

Según los responsables, la presencia del presidente desató un aumento considerable de las medidas de protección, con mayor perímetro de control y más revisiones para quien quisiera entrar al evento.

El viaje del mandatario siguió la ruta conocida para estas visitas: salió de Nueva Jersey a bordo del helicóptero Marine One y, tras avanzar por las vías de la ciudad, llegó a las cercanías de Wall Street para luego desplazarse en caravana hasta el Madison Square Garden, ubicado en pleno corazón de Manhattan.

La llegada se produjo aproximadamente una hora antes de que sonara el salto inicial. En medio del trayecto, se pudieron ver a varios manifestantes que expresaban su postura con gestos y consignas, como los lemas que se podían leer en algunas pancartas: “Trump must go”.

La presencia de Trump en un partido tan mediático, con la magnitud de aficionados y medios que lo rodean, llevó a que se estableciera un perímetro de seguridad más amplio de lo habitual.

No se creó una fan zone alrededor del estadio, a diferencia de otros partidos de la misma Final en San Antonio, lo que mostró la cautela de las autoridades ante la situación.

Además, se reforzó el control de acceso: los asistentes debían mostrar boleto o pase para superar varios puntos de control y pasar por magnetómetros al estilo TSA, mientras el Servicio Secreto y la policía se repartían por cada esquina para garantizar la seguridad general del recinto y de la zona.

La jefa de la Policía de Nueva York, Jessica Tisch, explicó que el objetivo era claro: que los aficionados disfrutaran del partido en las mejores condiciones de seguridad posibles, manteniendo a la vez la protección al presidente.

En rueda de prensa, Matt McCool, responsable de las misiones de protección del jefe del Estado, resumió que la prioridad era equilibrar el goce del encuentro con la responsabilidad de velar por la seguridad de todos los presentes y de la ciudad.

El coste de entrar al partido, que ya era elevado, añadió otra capa de descontento entre los aficionados. El precio mínimo de una entrada superaba significativamente el gasto medio de un alquiler mensual en Nueva York, y las ubicaciones más privilegiadas llegaban a valer decenas de miles de dólares.

El alcalde de la ciudad, Zohran Mamdani, comentó haber adquirido una entrada, que describió como de pie, por alrededor de 1.000 dólares, una cifra que para muchos seguía estando fuera del alcance. Esta combinación de precios y seguridad hizo que muchos aficionados buscaran ver el encuentro en bares, en las calles o en fiestas callejeras repartidas por la ciudad, desplazándose incluso a Bryant Park para disfrutar del partido fuera del perímetro de seguridad.

En definitiva, la velada dejó claro que la presencia de una figura tan reñida políticamente para un evento de deporte masivo puede convertir una cancha en un escenario de tensión y reflexión.

Los abucheos a Trump, más allá de un simple ruido de afición, cristalizaron la creciente polarización que convive con el deporte en Estados Unidos, donde cada gran evento se transforma en una especie de espejo de la realidad política del país.

Con información de AP y AFP.