Argentina cayó en la final del Mundial ante España y Messi, devastado, se encerró en el vestuario. Allí, según se supo, mantuvo una conversación con Dios que lo consoló. Repasamos su legado y su emotiva despedida.

La selección argentina perdió la final del Mundial contra España. Y la perdió bien, sin excusas. Como pasa siempre después de un partido así, los jugadores pasan por la zona mixta para hablar con la prensa. Pero Messi, el más esperado, no apareció. Se dice que en el vestuario todavía estaba llorando la derrota y que necesitó un momento a solas para cerrar heridas. Algunos lo vieron moviendo los labios, hablando solo. Pero no era solo. Hablaba con Dios.

Según cuentan, Dios le dijo: 'No seas pelotudo, no llores. Tú no le debes nada a nadie. Cuando te calmes, lo entenderás. Tú no estás en deuda, es al revés: el mundo está en deuda contigo'. Messi se quedó callado. ¿Qué podía responder?

Por mucho que Messi haya sido el último dios del fútbol reconocible hasta que aparezca el próximo, Dios es Dios y no se discute.

No quiso darle la última alegría, ponerle banda sonora a su último baile con la selección. Tendrá sus motivos, pero lo cierto es que Leo se va con todos los honores.

Es probable que todavía juegue algún partido con la celeste y blanca. Si la AFA, los patrocinadores que han vivido de su talento y los que se han beneficiado de su magia durante dos décadas tienen un poco de cabeza, le harán una despedida a la altura de lo que ha dado.

Desde aquel partido de juveniles ante Paraguay en la cancha de Argentinos, para asegurarse de que no se lo llevara España, hasta anoche. En medio, mil capítulos, felices y tristes, tardes de gloria y noches de derrota. Esas derrotas que le hicieron decir 'ya está, no va más' en ese mismo estadio de Nueva Jersey cuando perdió la Copa América ante Chile. Y otro 'ya está' en la consagración de Qatar, después de la memorable final ante Francia, hace apenas tres años.

Da rabia tener que empezar a hablar de Messi en pasado. Pero es así. Le hemos pedido todo y nos ha dado todo lo que pudo. Exigirle más es una estupidez. Leo ha hecho feliz a un país siempre en crisis, siempre afligido y con pocos motivos para sentirse orgulloso. Peor aún: con pocos apellidos para sentirse bien representado, a menos que nos remontemos a los héroes de la independencia, a escritores, pintores, músicos, médicos o a los millones de anónimos que luchan día a día.

Eso fue Messi futbolista: un pagador de recompensas, un reparador de injusticias, un salvador de almas en pena. Desde el fútbol, sí, de eso que Valdano definió como 'lo más importante de lo menos importante'. Messi, con la pelota y con cualquier camiseta, no solo con la celeste y blanca, rescató almas perdidas, corazones solitarios, desesperanzas colectivas.

Fue un dios en la Tierra. Un dios de la pelota, aunque suene vulgar. Y son las generaciones las que están en deuda con él, no al revés.

No debe haber sido fácil ser Messi y cargar sobre sus hombros (y su pie izquierdo) las frustraciones de millones, tratando de que su talento fuera un bálsamo para tanta queja justificada.

Ahora, al final del camino con la selección, toca ser justos y reconocer todo lo que se dijo de él en los tiempos de vacas flacas, de triunfos esporádicos y derrotas frecuentes.

Que no cantaba el himno, que era español, que no sentía la camiseta.

Ese mismo Messi, paso a paso, gota a gota, se encargó de darle la vuelta a todo. Como esos boxeadores que van a la lona, se levantan y ganan por nocaut. Por eso Dios le dijo lo que le dijo. Y lo despidió con una frase para los últimos detractores: 'Andá pa' allá, bobo'.