Un cabezazo de Anatoli Trubin en el último minuto del tiempo extra da a Benfica una victoria decisiva frente a Real Madrid en la Champions, en un partido cargado de historia y memoria del club portugués.
En una noche de Champions League que prometía tensión, Benfica y Real Madrid ofrecieron una historia de sorpresa, vértigo y drama. En el séptimo minuto del tiempo extra, cuando parecía que el partido se encaminaba hacia la conclusión, apareció Anatoli Trubin para cabecear a la red y dejar sin opción a Courtois.
El balón, ejecutado con precisión, abrió un hueco entre la defensa blanca y desató la celebración de Mourinho, del plantel y de miles de aficionados portugueses en la Da Luz.
Fue una jugada que superó las expectativas y que cambió el relato del encuentro, aportando un nuevo episodio a esa rivalidad centenaria entre dos gigantes del fútbol europeo.
El encuentro transcurrió entre condiciones climáticas adversas para el fútbol ibérico: viento, lluvia y una mezcla de nieve que parecía no querer abandonar las tribunas.
Aun así, Benfica encontró en ese cabezazo una razón para creer y para sostenerse en la competencia. Trubin, el guardameta ucraniano que llegó a Lisboa por una cifra cercana a 10 millones de euros, selló la victoria que redondea una historia de llegada y adaptación en el club.
Su actuación se inscribe en un contexto histórico de Benfica, un club que ha pensado el fútbol como una mezcla de clase y ambición, siempre a la búsqueda de la excelencia en la escena continental.
Para entender este momento conviene revisar la memoria del Benfica de los años sesenta, cuando Bela Guttmann dejó una marca imborrable en la memoria colectiva del club.
La llamada maldición –o la leyenda– de Guttmann ha sido objeto de múltiples versiones: muchos han insistido en un supuesto pronóstico que el entrenador habría hecho al partir, pero la versión más aceptada señala que su salida obedecía a diferencias económicas, y que la historia de Benfica quedó fortalecida por generaciones que continuaron explorando nuevos caminos tácticos, entre ellas la de apostar por el ataque rápido y creativo.
Esa herencia se ve reflejada en la presencia de grandes nombres que marcaron época, desde Eusébio hasta Coluna, y en la manera como la afición recuerda cada final europea —y cada derrota— como parte de un aprendizaje continuo.
En Da Luz, esa memoria convive con la realidad del presente, donde un portero joven como Trubin podría convertirse en símbolo de una nueva etapa.
Este resultado no solo mejora la puesta en escena de Benfica, sino que redefine el entrelazado pasado y futuro del club. Trubin, que llegó a Lisboa por un desembolso de 10 millones de euros, asume un rol clave en una plantilla que combina experiencia y promesas jóvenes.
La gesta de esa noche exhibe, a la vez, el valor de las historias que se mantienen vivas en el fútbol europeo: la posibilidad de que una jugada aislada, en el momento justo, cambie no solo un marcador, sino la narrativa de una institución.
Al final, la Da Luz fue un escenario de celebración, de memoria y, sobre todo, de la certeza de que el deporte puede convertir la historia en victoria.