Mohamed Salah llega a la Copa del Mundo 2026 en plena madurez para liderar a Egipto y luchar por superar su primera victoria en un Mundial, dejando atrás Rusia 2018 y apuntando a un nuevo hito para los Faraones.
Mohamed Salah llega al Mundial de 2026 en un momento de madurez deportiva inigualable. Después de más de diez años en la élite europea, el capitán de Egipto asume la cita mundialista con la confianza que da haber sido el referente del equipo durante las eliminatorias y con la sensación de que ya no es solo una promesa, sino una realidad consolidada.
Su velocidad, su capacidad para abrir huecos por la banda derecha y su olfato anotador lo han convertido en una especie de faro para los Faraones, que ven en su figura un símbolo nacional capaz de inspirar a una generación entera.
En Rusia 2018, Salah disputó dos partidos, marcó dos goles y, pese a su esfuerzo, Egipto se quedó fuera tras completar una fase de grupos para olvidar.
Aquel Mundial dejó claro que su rendimiento individual tenía aún más peso cuando el equipo estaba a la altura, pero también que la suerte y la serenidad del conjunto son claves para competir en el fútbol moderno.
Ahora, a sus 34 años, Salah llega con más experiencia, liderazgo y un historial de protagonismo que lo coloca en la primera línea de las aspiraciones de Egipto para superar esa frontera mundialista que se les resiste desde hace décadas.
El camino de Salah hacia la élite futbolística empezó en Nagrig, un pequeño pueblo del delta del Nilo. Su explosión llegó en Basilea, y ya en su paso por Chelsea, Fiorentina y Roma fue cuando empezó a perfilarse como uno de los delanteros más peligrosos del continente.
Pero fue en Liverpool donde dio el salto definitivo: ganó la Champions League, la Premier League y dejó una huella indeleble en la historia reciente del club, convirtiéndose en uno de sus máximos artilleros y en un referente absoluto para las nuevas generaciones.
Con el Mundial 2026 a la vista, Egipto está emparejado en el Grupo G junto a Bélgica, Irán y Nueva Zelanda. El objetivo no es solo clasificarse, sino romper con la tradición de quedarse en la puerta en una fase de grupos y, con Salah al mando, intentar dejar atrás la queja histórica de no haber ganado aún un partido mundialista.
El hito que persiguen los Faraones es claro: ganar el primer partido de un Mundial, algo que les ha sido esquivo en las ediciones de 1934, 1990 y 2018.
Esa aspiración, más allá del resultado inmediato, simboliza el deseo de demostrar que el fútbol africano puede competir con las grandes potencias y que Salah, con su experiencia y su carisma, puede convertir a Egipto en una revelación del torneo.
A su alrededor, Egipto ha ido consolidando una generación con experiencia internacional que sabe competir ante rivales de gran renombre y que aporta jóvenes con hambre de proyección.
Si Salah mantiene su rendimiento y el equipo se mantiene unido, hay motivos para soñar con avanzar a la siguiente ronda. En el relato más amplio, la historia de Salah—desde el pequeño Nagrig hasta las grandes noches europeas—se entrelaza con la de un país que espera que el Mundial de 2026 marque un antes y un después en su siempre volátil, pero apasionante, aventura futbolística.