Biografía detallada de Roque Avallay, su recorrido entre Independiente, Newell's, Huracán y Racing, su papel en la era de Menotti y las Libertadores, con anécdotas y datos que definen a un delantero histórico del fútbol argentino.
Roque Avallay fue una de las figuras que marcó una época decisiva en el fútbol argentino, justo cuando el juego empezaba a abandonar la rigidez defensiva de antaño para abrirse a una puesta en escena más rápida y atrevida.
Este delantero nacido en San Rafael, Mendoza, el 14 de diciembre de 1944, dejó constancia de su talento en una década larga y convulsa, llena de cambios tácticos y grandes desafíos.
Desde chico combinaba el trabajo en el campo con su pasión por el balón: cosechas de fruta, tareas en una bodega familiar y, a la vez, el sueño de hacerse un nombre en la Primera.
Su talento llamó la atención de cazatalentos de Buenos Aires tras destacarse en el fútbol provincial y, a los 20 años, ya había dado el salto al fútbol de alto nivel.
Debutó en la Primera en 1962, con apenas 18 años, y fue en 1964 cuando explotó como goleador, lo que catapultó su llegada a Independiente en la era dorada del club.
Con Independiente vivió uno de sus momentos más dulces: la Libertadores de 1964 y, apenas semanas después, la de 1965, demostrando que el Rojo sabía ganar en serio la competición más prestigiosa del continente en aquellos años.
En ese período, Avallay alternó momentos de crecimiento con percances que marcaron su trayectoria: una caída al foso de la cancha en un partido contra Boca quedó como una de las anécdotas más recordadas de su carrera.
En 1966 dio el salto a Newell’s Old Boys, donde estuvo hasta 1969. En cuestión de estilo, Avallay se convirtió en un delantero definidor capaz de asociarse con los volantes y, a la vez, de moverse con la velocidad y picardía necesarias para desequilibrar.
Su paso por la Lepra no fue sencillo: el equipo atravesaba un periodo de lucha para evitar el descenso, y Avallay aprendió a jugar con múltiples roles, adaptándose a las exigencias de cada partido.
A principios de los 70 llegó a Huracán en un trueque por Obberti, y allí se convirtió en el eje de un Globo que vivía una auténtica revolución táctica.
Con la llegada de César Luis Menotti, Huracán empezó a jugar un fútbol de toque y movilidad. Avallay, definido como un centrodelantero de referencia con capacidad para asociarse y terminar las jugadas, encontró su sitio en una formación que combinaba la solvencia defensiva de Basile y la ingeniería de medio campo de Brindisi y Babington, con la velocidad de Houseman por la banda derecha.
El equipo terminó conquistando el campeonato profesional de 1973, un título que quedó grabado como un hito de la época.
En la órbita de la selección Argentina, Avallay fue citado en varias oportunidades y llegó a disputar unos 15 encuentros. Sin embargo, la vida de la Albiceleste en aquellos años fue turbulenta, con la selección a veces desorganizada y las posibilidades de ir a los mundiales que se iban diluyendo por lesiones y decisiones técnicas.
En un amistoso de 1973 ante Palmeiras, la situación se volvió emblemática: la Argentina de la época fue descrita por la prensa como una de las formaciones más inestables de su historia, y la prensa habló de una “selección huérfana” frente a las exigencias de un Mundial que se acercaba, mientras Avallay intentaba mantener su rendimiento entre altibajos.
La sombra de la lesión acabó condicionando su sueño mundialista: una lesión sufrida en los amistosos previos al Mundial de 1974 le dejó fuera del equipo y se habló incluso de una operación de meniscos que requeriría larga recuperación.
Tras ese tropiezo, la carrera de Avallay no se apagó de inmediato. En 1975 dio un nuevo paso importante para su carrera al fichar por Racing Club, donde tuvo un protagonismo destacado. En el Nacional 1977, el equipo venció 3-0 a River Plate y Avallay marcó dos goles, destacando como máximo goleador del club en ese tramo (12 tantos en el Nacional 77 y 17 más en el Metro siguiente).
Aun así, también recibió muestras de ingratitud por parte de algunos aficionados, un recordatorio de la cara amarga que pueden tener los ídolos.
Después de una breve etapa en Atlanta y Chacarita, Avallay regresó a Huracán para un breve periodo (1979-1980) antes de colgar las botas tras un partido frente a Talleres, el 22 de noviembre de 1980.
En total, había disputado 570 partidos en la máxima división y había anotado 220 goles, una cifra que resume la consistencia y el olfato goleador que definieron su carrera.
Tras colgar las botas, Avallay no dejó de estar vinculado al fútbol. Realizó el curso de técnico y formó una dupla técnica con Hugo Villaverde, trabajando en distintas escuelas y proyectos de formación. A lo largo de su trayectoria, transmitió valores fundamentales: compañerismo, actitud y juego limpio, enseñanzas que quedaron grabadas en las generaciones que se formaron a su alrededor.
La historia de Avallay es, en definitiva, la de un jugador que supo adaptar su juego a las exigencias de una época de cambios, que brilló en Independiente y Huracán, que dejó su huella en la Libertadores y que estuvo a un paso de vivir un Mundial que hubiera podido convertirle en un icono aún más universal.
Su legado persiste en el recuerdo de los hinchas y en la memoria de los clubes donde dejó su impronta, especialmente en Huracán, a donde siempre se le recordó como parte de aquel equipo campeón de 1973 y de la década que redefinió el fútbol argentino.