Gustavo Alfaro guía a Paraguay a una victoria histórica frente a Alemania en el Mundial 2026, con un plan defensivo sólido, esfuerzo colectivo y un fuerte orgullo por sus raíces que impulsa el proyecto.

Qué noche la del Gillette Stadium. Gustavo Alfaro no paraba de mirar el césped, pero sus ojos iban más allá de la línea de cal. Quería empaparse del ambiente, del ruido que no permitía respirar a los jugadores cuando sonaba el himno. Paraguay acababa de dejar en jaque a una de las potencias del mundo, Alemania, en los dieciseisavos del Mundial 2026. Al final, la victoria llegó y Alfaro no ocultó la emoción; su conferencia mostró un entrenador que entiende el proceso y celebra cada avance.

El recorrido de Paraguay hasta ese cruce no fue lineal. El debut ante Estados Unidos terminó en derrota 4-1. Ese partido sirvió para entender que el Mundial es una maratón, no una carrera corta, y que la concentración debe mantenerse durante cada minuto. El cuerpo técnico trabajó para frenar la euforia y dejar claro que el aprendizaje venía por delante. Esa semana difícil dejó lecciones profundas; los jugadores sostuvieron el ritmo pese al golpe emocional, y el equipo se fortaleció con la experiencia adquirida.

Antes de salir al terreno, Alfaro dejó claro el plan para el encuentro frente a Alemania: evitar que los alemanes respiraran, presionar sin tregua y imponer un bloque defensivo compacto.

La idea funcionó: un sistema que forzó a un rival acostumbrado a dominar a pagar caro cada error, y una posesión de la pelota muy baja que a la larga terminó en una resistencia difícil de romper.

En el tramo final, varios jugadores mostraron una entrega sin límites y nadie pidió el cambio pese al cansancio. Mantuvieron la disciplina, se sostuvieron con orgullo y buscaron la oportunidad en cada balón parado, en cada transición breve.

Esa entrega responde a meses de construcción de un estilo: una identidad ligada a la tierra colorada. En las palabras del entrenador, Paraguay no reniega de sus orígenes y presume de una tradición que va más allá de las tácticas: la dedicación, el coraje y la coherencia colectiva son la base de cada acción sobre el césped.

Esa identificación quedó clara cuando Alfaro habló de la necesidad de defender con corazón y de creer en el valor del grupo por encima del brillo individual.

En el tramo final, la ausencia de Alderete por lesión abrió paso a Canale, que entró con la responsabilidad de mantener la línea y actuar con la calma de quien ha vivido la camiseta desde hace muchos partidos.

El entrenador valoró la respuesta del equipo: cada jugador mostró que el esfuerzo cuenta, que la resiliencia sienta las bases de un triunfo inesperado pero merecido.

La victoria fue vista por muchos como un giro histórico y un reflejo del proceso que Alfaro está construyendo, no solo como resultado sino como rumbo para las futuras competiciones.

Con esa atmósfera de épica contenida, Alfaro dejó entrever que este triunfo no solo se celebra en el instante, sino que se proyecta hacia adelante: un equipo que quiere liderar su grupo, que sueña con más batallas y que entiende que la historia de Paraguay exige seguir elevando el nivel sin perder la esencia.

Paraguay respira a pleno, y Alfaro confirma que la selección ya no es solo una hinchada que aplaude heroínas, sino un proyecto con voz propia y ambiciones reales para el Mundial 2026 y sus vecindarios en el mapa del fútbol mundial.