La celebración del título del Apertura 2026 de Belgrano tras la final contra River se convirtió en una caravana que recorrió la Circunvalación de Córdoba, con miles de seguidores enamorados del Celeste y testimonios de orgullo que explican el significado de este logro para la ciudad.

La fiesta no fue un simple festejo, sino una declaración de amor de una ciudad que ha hecho del Celeste una seña de identidad. A primeras horas de la tarde, la avenida Del Piamonte, que atraviesa la Circunvalación que rodea Córdoba, se convirtió en un río de camisetas celeste.

Las motos, los autos, los autobuses y hasta los camiones se alinearon a lo largo del puente para acompañar a la caravana de los campeones del Torneo Apertura 2026.

En las imagenes de las cámaras y de la transmisión oficial, parecía que el tiempo se detuviera: no importaba el calor, ni el tráfico, ni las horas de espera; la emoción era más grande que cualquier obstáculo.

Todo era celeste. Incluso los perros lucían prendas del equipo en una escena casi surrealista que mostraba a una ciudad convertida en una gran hinchada móvil.

Los fanáticos, que habían seguido la llegada de los jugadores a lo largo de la jornada y las distintas curvas de la ruta, no tardaron en convertir la llegada de la caravana en una verdadera fiesta de barrio, pero a gran escala.

Había cánticos que se repetían como un ritual: “Soy de Belgrano, soy, soy, soy”, y las campanadas de las bocinas se entremezclaban con las canciones populares y los himnos del club.

En la banquina, donde la gramilla de los márgenes representa un escenario improvisado, las banderas ondeaban con más fuerza que nunca y los vecinos que pasaban se unían al coro.

La atmósfera era de júbilo desbordado, pero también de aprendizaje sobre el poder de una gran afición: eso que los cordobeses llaman la