Relato detallado y accesible sobre cómo Abel Balbo terminó siendo el último jugador seleccionado para la Argentina en Francia 1998, con el trasfondo y las tensiones internas.
Faltaban apenas 12 días para el puntapié inicial en Saint-Denis y el ambiente mundialista ya se dejaba sentir por todas partes. En la Argentina, Passarella estaba totalmente concentrado en su futuro como técnico y fue cerrando la lista de 21 nombres con la última incógnita flotando en el aire: ¿quién sería el número 22? En el imaginario colectivo, el cupo restante parecía destinado a resolverse entre tres nombres de peso: Christian Bassedas, volante de Vélez Sarsfield; Hernán Díaz, capitán de River en aquellos años y habitual en las finales de las Eliminatorias; y Claudio Caniggia, un nombre que siempre aparecía cuando la cita era mundial.
Todo apuntaba a un desenlace previsible, casi como si el once estuviera escrito de antemano.
Con el correr de los días, y casi como si fuera un reality show, el entrenador fue despejando incógnitas. Primero dejó fuera a Caniggia y luego a Hernán Díaz, dejando el camino aparentemente libre para Bassedas, a quien muchos ya veían como la apuesta natural para completar el plantel.
Su presencia parecía tan consolidada que aparecía incluso en los álbumes de figuritas de la época. Sin embargo, para sorpresa de la mayoría, y fiel a su estilo, Passarella terminó descolocando a todos y convocando al experimentado delantero Abel Balbo, pese a que dentro del vestuario muchos ya esperaban a Vélez como candidato.
La primera información oficial no la dio el propio técnico, sino el jefe de prensa de la AFA, Washington Rivera. A las 18:10 del viernes 29 de mayo ingresó a la sala de prensa del edificio de la calle Viamonte y anunció con claridad: “El jugador número 22 es Abel Balbo”.
La noticia, que circulaba desde principios de mes entre los más jóvenes de la prensa, se volvía concreta y convertía a Balbo en la gran sorpresa de la lista final.
Balbo ya sabía que podía ser llamado, pero la confirmación pública le cayó como un trueno: había tenido que guardarse la noticia para evitar provocar un subidón de expectativas en la hinchada.
El regreso de Balbo a la convocatoria argentina no fue una historia sin costuras. Su último partido con la Albiceleste había sido el 15 de diciembre de 1996, ante Chile, en River, en un encuentro de Eliminatorias que terminó en empate.
Después de aquel episodio, y tras una temporada intermitente en Italia, recibió una nota amarrada a sus hombros: viajaba mucho entre Roma y Buenos Aires y esa fatiga le estaba pasando factura.
Cinco días después de ese amistoso, Balbo le envió un fax a Passarella, a través de la AFA, en el que anunciaba su renuncia temporal hasta que existieran las condiciones adecuadas para rendir en la selección.
Argumentaba que el calendario y los desplazamientos constantes perjudicaban su rendimiento y su vida personal, y pedía condiciones que facilitaran su rendimiento.
La respuesta del entorno no tardó en llegar. Balbo explicó que no renunciaba a la Selección, sino que pedía condiciones para poder rendir al máximo. Contó que, con 30 años, no podía viajar de un país a otro sin descanso suficiente, y que lo razonable era poder presentarse a cada partido con al menos doce días de anticipación para adaptarse.
Dentro de la concentración, la noticia cayó con fuerza y el ambiente se tensó. José Chamot, veterano de la Albiceleste, reconoció que a él le sorprendió la convocatoria de Balbo; decía: “Nosotros creíamos que el 22 sería Bassedas.
Passarella no nos había confiado nada”.
El técnico se movía con un hermetismo casi quirúrgico, probablemente por miedo a que Marcelo Gallardo no llegara en plenitud física. Mientras la delegación armaba las valijas hacia Francia, Bassedas trataba de refugiarse en el título del Clausura 98 con Vélez y, en lo íntimo, intentaba negociar la fortaleza de su ánimo para lo que se venía.
“Mentalmente necesito olvidar esto y enfocarme en el campeonato”, dejó dicho el volante, tratando de apostar por su momento en el club de sus amores.
Nueve meses después de aquella sorpresa, Balbo habló con más calma sobre lo ocurrido. En una extensa entrevista con Alejandro Marinelli de Olé, recordó el vínculo especial que mantenía con Passarella y confesó que, aunque existía una relación de confianza, no sabía exactamente por qué la decisión terminó siendo esa.
“Para mí Passarella era un fenómeno; tenía una gran relación con él… pero no sé por qué pasó lo que pasó”, afirmó. Añadió que la forma de manejar el tema, desde su óptica, fue cuestionable. “Si me hubieran llamado para decirme: ‘no vas al Mundial porque no estás al 100 o porque necesito a otro jugador’, habría entendido y habría seguido estando a la altura de aquella relación”, afirmó, con un tono de dolor contenido.
Al final, Balbo aceptó esa dinámica como parte de una selección que acababa de entrar en una época de cambios y presiones enormes. Reconoció que lo más importante, más allá de la pelota, era el ser humano: “Es más importante un ser humano que la pelota. Fue una boludez manejarlo así; ¿para qué hacerlo de esa manera si se podía resolver de otra forma?”.
Esa historia de la decisión del 22 parece hoy, en clave retrospectiva, una escena que muestra el carácter de Passarella y la forma en que se manejaban los cuadrantes de la convivencia en la Albiceleste de finales de los 90.
Francia 1998 fue, para Argentina, un torneo lleno de nervios, conflictos y, al final, una experiencia que dejó lecciones para futuras generaciones. Balbo terminó siendo parte de esa memoria: la 22ª pieza que, por un instante, parecía destinada a abrirse camino por un camino distinto al que todos esperaban.