Análisis sobre la derrota de Argentina ante España en 2018 y su influencia en las expectativas y decisiones alrededor de la Finalissima, con contexto histórico.

Para aquellos que creen en las casualidades, el 27 de marzo de 2018 parece dibujar un mapa de señales: en Madrid, Argentina y España se enfrentaron en un amistoso en el estadio del Atlético y el resultado dejó una estela: 6-1 a favor del conjunto europeo.

Era un encuentro sin Messi. El DT de Argentina, Jorge Sampaoli, sabía que enfrentar a uno de los mejores del mundo sin su capitán era un riesgo quizá innecesario. No era buena idea, se comentó en ese momento, y la AFA recibió críticas por haber programado ese choque.

La goleada dejó huellas en la convivencia entre el plantel y el entrenador y preparó el terreno para futuras decisiones sobre la lista de Rusia 2018.

Algunas versiones lo calificaron como un aprendizaje; para otros, como una advertencia de lo que podría ocurrir cuando un equipo se desarma y no logra sostener la idea de juego.

En el contexto de la Finalissima, esa historia se veía desde una distancia real: era una oportunidad de medirse ante un campeón del mundo y, a la vez, un recordatorio de las tensiones que ya entonces se respiraban dentro de la albiceleste.

Messi, que en el entretiempo bajó al vestuario a charlar con sus compañeros, no dejó de mirar ese telón de fondo.

Esa noche, entre los titulares estuvieron Nicolás Otamendi, Nicolás Tagliafico y Giovani Lo Celso; Marcos Acuña y Lautaro Martínez ingresaron en el segundo tiempo, mientras Leandro Paredes y Ángel Correa vieron el encuentro desde el banco.

Curiosamente, en la concentración previa se había comentado que Sampaoli y Julen Lopetegui (DT de España) habían acordado un amistoso ligero, pero el guion no respetó ese pacto.

A la postre, la cita terminó mostrando que los planes pueden desmoronarse cuando el fútbol se desata.

Con el tiempo, esa memoria se percibe como una sombra incómoda para la Finalissima, una especie de preludio que añade un plus de expectativa, sobre todo por la fecha y el contexto de aquel entonces.

En el Mundial de Rusia 2018, España y Argentina cayeron en octavos: España ante el local, Argentina ante Francia. Aun así, desde entonces, ambos equipos fueron considerados entre las candidatas principales para pelear la siguiente gran competición mundial, con el riesgo de lesiones siempre presente para ambos lados.

Ante la prolongada discusión por la sede de la Finalissima y otros factores logísticos, la pregunta regresó con fuerza: ¿prefieren jugar la Finalissima o esperar a que sea el Mundial el que convoque a medir fuerzas? La respuesta, en el mundo del fútbol, depende de decisiones estratégicas, de la salud de los jugadores y de la confianza en el proceso técnico.

Más allá de la fecha, la historia reciente trae datos que dan marco a este choque. La Finalissima, jugada por primera vez en 2022 en Wembley, reunió al campeón de la Copa América y al campeón de la Eurocopa; Argentina venció a Italia en penales para alzar el trofeo.

Ese encuentro funciona como espejo de lo que significa este cruce: un cruce entre dos tradiciones futbolísticas que se han enfrentado muchas veces y que siguen buscando consensos para organizar su calendario.

En definitiva, el legado de aquella goleada no es solamente un marcador en el libro de actas, sino una lección sobre la volatilidad del deporte, las decisiones humanas, y el papel decisivo de cada partido para el rumbo de una selección.

Hoy, cuando se habla de Finalissima, se dialoga también sobre la historia, las heridas del pasado y las oportunidades de redención que ofrece un encuentro de alto voltaje.