Reportaje sobre la llegada de la Copa Africana de Naciones 2025 a Marruecos, las semifinales entre Senegal y Egipto y entre Marruecos y Nigeria, y el contexto histórico y social que rodea al evento en Rabat y Casablanca.
Basta pisar suelo marroquí para entender la pasión que desborda el fútbol en este país. Alojada desde mediados de diciembre, la Copa Africana de Naciones 2025 ha transformado Casablanca en la puerta de entrada de una fiesta deportiva que se extiende por toda la nación.
Las pantallas de color rojo, complementadas con toques de verde y letras blancas, dan la bienvenida a una competición que, a estas alturas, ya se siente como propio para el público local.
Este miércoles se disputarán las semifinales: en Tangier, Senegal se medirá a Egipto, mientras que en Rabat, la selección anfitriona enfrentará a Nigeria.
El domingo, la gran final podría coronar a un nuevo campeón en una ciudad que parece sacada de un cuento de hadas.
La afición marroquí ha dejado claro que el fútbol está incrustado en su historia reciente: Marruecos nunca ha dejado de soñar con un título continental y, aunque la última conquista se remonta a 1976, este torneo ha vuelto a encender la esperanza a lo largo de los años.
En la entrada al Complejo Deportivo Mohammed VI, donde entrena la selección, se conserva un cuadro de los campeones de 1976 y, junto a él, se alza la imagen de un niño de unos 12 años, empilchado como príncipe, que simboliza la mezcla entre tradición y modernidad que caracteriza al país.
El monarca Mohammed VI, gran impulsor del progreso nacional, ha visto cómo el fútbol se convierte en motor de desarrollo y orgullo. Su legado se refleja en una nación que avanza con paso firme: la continuidad de un proyecto deportivo que va de la mano con infraestructuras, urbanismo y una industria del deporte que busca dejar huella en el siglo XXI.
Detrás de la escena, la historia reciente de Marruecos se entrelaza con la de la región: la independencia trajo libertad para definir su propio rumbo, y cada paso hacia la modernidad se acompaña de un fuerte apego a la identidad cultural que el fútbol ha sabido avanzar con naturalidad entre la gente.
En el terreno de juego, el fútbol africano ha mostrado una paridad notable: la competencia entre equipos de alto nivel que hoy conviven en un formato que premia el rendimiento colectivo tanto como la individualidad de sus figuras.
En este marco, la presencia de nombres que brillan en ligas europeas añade un matiz especial a estas semifinales. El defensa lateral Hakimi, figura emblemática que viste camisetas de alto nivel, se ha convertido en un estandarte de la selección marroquí. No es casualidad que, en las calles y en la publicidad urbana, aparezcan imágenes de jugadores destacados como él y, en otros casos, de estrellas del Real Madrid, como Brahim Díaz, recordando que el fútbol del continente africano está conectado con las grandes ligas del mundo y alimenta la esperanza de que el talento puede trascender fronteras.
La Copa Africana de Naciones, que ha visto ya varias ediciones históricas, continúa avanzando con la presencia de equipos que han escrito páginas importantes en su historia.
Egipto llega con la solvencia de un equipo que ha levantado el trofeo en múltiples ocasiones, respaldados por la experiencia de Mohamed Salah y la dinastía de un cuerpo técnico que ha sabido mantener la competitividad.
Senegal, con la base de grandes nombres que brillan en clubes europeos, y la Nigeria de un fútbol dinámico y contundente, representan el otro extremo de una competencia que se define por su intensidad y su capacidad para sorprender.
En este contexto, Marruecos enfrenta a Nigeria con la responsabilidad de defender su condición de anfitrión y, al mismo tiempo, intentar acercarse a esa hazaña que la afición espera desde hace décadas.
El comité organizador ha jugado un papel destacado en la construcción de un marco propicio para las semifinales, con una planificación que pretende convertir a Rabat y a otras ciudades en escenarios seguros y llenos de emoción.
El presidente de la FIFA, Gianni Infantino, estuvo presente en la apertura de la Copa y tiene previsto regresar este fin de semana, un indicio de que la infraestructura y la logística se han adaptado para albergar una competición de tanto peso.
Uno de los proyectos más emblemáticos es un estadio destinado a albergar un aforo de alrededor de 115.000 personas, descrito como uno de los más grandes del mundo, que podría convertirse en un símbolo de la ambición marroquí para futuras citas globales.
Aunque algunos avances se han venido cocinando con lentitud, la realidad es que la ciudad ha abrazado la fiesta con una naturalidad que sorprende a quien llega por primera vez.
Este miércoles, las cuatro mejores selecciones del torneo demuestran que el fútbol africano cuenta con una camada de técnicos y jugadores que, por primera vez en mucho tiempo, se plantan con una idea clara y un estilo propio en semifinales.
En Marruecos hay quien recuerda que la historia reciente de la región ya ha dado pruebas de que el balompié no necesita de un camino único para llegar a la gloria.
Así lo resume, con un sabor a nostalgia y a esperanza, una frase que a veces se cita en boca de comentaristas y viejos protagonistas del deporte: el fútbol que se juega en las calles, en los barrios y en las ciudades de África, es la semilla de un progreso que sigue dando frutos cuando las ciudades se abren al mundo.
Y, como diría esa voz que muchos recuerdan, aquí está el futuro del fútbol, porque la gente sigue jugando con la misma pasión de siempre, más allá de las fronteras y de las grandes vueltas del deporte moderno.