Francesca Baruzzi encabeza la delegación argentina en los Juegos Olímpicos de Invierno en Cortina d’Ampezzo, mientras graba un documental para su país. La esquiadora de Bariloche comparte la trayectoria, las lesiones y la visión de futuro del esquí alpino argentino.
Acaba de ingresar a la Villa Olímpica de Cortina d’Ampezzo Francesca Baruzzi, la abanderada de la delegación argentina en los Juegos de Invierno. La atención mediática la sigue mientras filman un documental que se estrenará en el invierno argentino. A sus 27 años, Francesca se presenta como una deportista de esquí alpino en plena madurez deportiva, una atleta que lleva entrenando desde los 2 años, con la primera competición a los 7.
Es una integrante estable del Circuito de la Copa del Mundo, donde en enero de 2025 sumó para Argentina sus primeros puntos en GS. Es una luchadora que sufrió tres rupturas de ligamentos cruzados, y a la vez una profesional que entiende la importancia de la mente en un deporte tan exigente.
Baruzzi es de Bariloche y recuerda su primera experiencia olímpica en China, donde llevó la bandera junto a Franco Dal Farra. En esa edición, la pista que enfrentó fue descrita como la más loca por la ausencia de nieve, temperaturas extremas y condiciones artificiales. Podría haber salido para el otro lado, podría haber odiado la montaña, pero ella sigue adelante. Su familia, formada por padres instructores de esquí, la ha acompañado desde la infancia. Su relato describe la competencia como un deporte individual que puede sentirse muy solitario, a la vez que valora la cercanía de su equipo: entrenador, skiman, fisio, y una pequeña familia que la sostiene en cada viaje.
Para Cortina, el Centro de Ski Tofane Alpine acogerá las pruebas, y la nieve de la zona ha caído con fuerza, lo que podría generar pistas con nieve blanda para las pruebas de velocidad: slalom, slalom gigante y supergigante.
Baruzzi aclara que las curvas no se repiten entre una prueba y otra; el trazado se define la mañana de cada competencia y los atletas disponen de una hora para reconocerlo, para planificar la bajada y la elección de líneas.
La adrenalina le encanta, y describe cómo cuando la velocidad se ajusta, la mente se pone en silencio y la visión se concentra para ejecutar cada giro con precisión.
El salto a la élite no es sencillo: millones de horas, inversión en material, y la necesidad de una red de apoyo que incluye marcas, entrenadores y logística.
Baruzzi compara su situación con la Fórmula 1: sin un equipo sólido, cualquier error puede dejarte fuera de carrera. Aun así, sostiene que Argentina está en un momento de auge en el esquí alpino, con dos representantes constantes en la Copa del Mundo, y que eso ayuda a difundir el deporte en un país donde aún hay mucho por construir.
No es fácil competir; hay que ser top 100 del mundo y contar con puntos para poder participar, insiste.
De cara a los Juegos, Baruzzi llega con objetivos claros: pelear por un diploma o, si las circunstancias acompañan, aspirar a una medalla. Considera que, además de su rendimiento individual, está comprometida con abrir camino para los jóvenes esquiadores argentinos, impulsar el crecimiento del esquí y del deporte de invierno en su país.
En su relato, destaca la carga de viajar nueve o diez meses al año, a menudo sin la cercanía de la familia, con su padre como compañero de ruta y con un equipo que se convirtió en una segunda familia.
El aspecto mental es crucial, y la práctica de la visualización y el control de la ansiedad han sido un eje clave para sostenerse en la alta velocidad.
En su balance de lesiones, Baruzzi recuerda tres rupturas de ligamentos cruzados y el largo camino de rehabilitación, que no le hicieron abandonar sino que reforzaron su convicción.
Hoy mantiene la idea de que la edad pico del esquí se sitúa entre los 26 y 30 años, con la experiencia sumándose a la técnica y la preparación física.
También observa las diferencias entre centros de esquí argentinos y europeos: si bien Saalbach fue sede del Mundial, señala que Cerro Castor y Cerro Catedral no tienen nada que envidiar a las bases europeas en términos de organización y recursos.
Con optimismo, subraya que el país está poniendo fichas en el desarrollo de montañas y estructuras para sostener a la próxima generación.