Relato cercano de la previa a la final entre Belgrano de Córdoba y River Plate, con la afición desbordada en Alberdi, la ilusión de Zelarayán y el eco de 2011.
Alberdi late. Faltan pocas horas para la gran final del Torneo Apertura entre Belgrano de Córdoba y River Plate. Un encuentro histórico, por el simple hecho de que la Pirata disputará la primera definición de su historia en la Primera División. Los hinchas, eufóricos, le brindaron a los jugadores un banderazo que se quedó grabado en la memoria. El estadio Julio César Villagra abrió sus puertas a las 17:30, pero la afición había empezado a llegar desde mediodía, acercándose a las inmediaciones del Gigante para vivir cada minuto de la previa.
¿Qué más da si el camino incluyó vencer a uno de los clásicos más exigentes, el de Talleres? En Alberdi todos lo ven como una noche para la historia.
Desde temprano, la gente cantó que el domingo hay que ganar, cueste lo que cueste. Unos lanzaron vistas analíticas sobre la jerarquía de los veteranos frente a un River que llega con hambre de volver a estar en lo alto. Otros aprovecharon para sacar la chicana de la Promoción de 2011 y recordar cómo ese choque marcó para siempre la relación entre Belgrano y el fútbol grande de Argentina.
Y, por supuesto, todos señalaron al mismo héroe de la tarde: Lucas Zelarayán, conocido como el Chino, un producto de la cantera Pirata que resucitó su mejor versión y se convirtió en la ilusión de la hinchada.
Pasadas las 19, los jugadores saltaron a la cancha. Un juego de luces y cánticos que parecía una vuelta olímpica dieron el tono de la jornada. Zelarayán y Emiliano Rigoni lideraron la entrada, dos veteranos que se sumaron al trámite con la piel celeste y el ánimo al máximo. Ellos dos, que se tiñeron el pelo de celeste tras la victoria frente a Talleres, mostraron que la confianza estaba por encima de cualquier nervio. Todo el equipo recibió el aplauso cerrado de una grada que no dejó de gritar durante casi veinte minutos de cara a sus jugadores.
Entonces llegó la figura del entrenador, Ricardo Zielinski, el Ruso, que ya es ídolo en Belgrano. Como en la Promoción de 2011, dos supervivientes de aquella época, él y el Mudo Vázquez, recibiría ovaciones que parecían romper el aire. En la voz de la hinchada se oyó un claro deseo: merecerle un homenaje grande si el domingo termina con una victoria que quedará para la historia. Y la gente no se contentó con el resultado: se animó a soñar con gestos simbólicos, desde una estatua en pleno corso de la avenida Colón hasta una plaza para celebrar a su propio entrenador.
Lo cierto es que el ambiente ya no es solo de partido. Es de memoria, de identidad y de una casa que, por una vez, parece respirar con la certeza de que podría hacerse historia. Belgrano, que no dejó de soñar con un título en la Primera División y que se ha desplegado en estos playoffs con una mezcla de juventud y experiencia, se prepara para convertir Alberdi en un escenario donde el eco de cada grito podría chocar contra la historia.
River, con su palmarés y su tradición, también sabe que el reto no llega solo por ver quién levanta la copa, sino por escribir un capítulo nuevo en una rivalidad que ya es de las más destacadas del fútbol argentino.
Y en medio de ello, la afición quiere vivir la final, con la promesa de estar a la altura de un día que promete quedarse grabado en la memoria de la ciudad.
Con todo, lo que empieza aquí no es solo un partido de fútbol: es una celebración de Alberdi, de Córdoba y de un deporte que, a veces, parece que habla más de historias que de simples goles.
Este domingo, Belgrano y River escribirán otra página de su historia compartida, y el que la vea desde la grada, el asiento televisivo o la radio, podrá decir con claridad: aquello fue distinto, aquello valía la pena.