Belgrano celebra su primer título de Primera División tras vencer a River en Córdoba, una noche de lágrimas, fiesta y memoria que queda para la historia del club y de la ciudad.

La noche cayó en Córdoba y el estadio Mario Alberto Kempes parecía encenderse desde las tribunas. Belgrano, viejo y glorioso, parecía no querer marcharse. El club que late en Alberdi, que trae en su camiseta el celeste y el blanco, hizo historia al proclamarse campeón de Primera División, su primer título en esa categoría después de 120 años de historia.

La afición, repartida entre la tribuna Artime y la platea Gasparini, cantaba sin parar, con la certeza de que ese triunfo no era solo de un partido, sino de un proyecto de décadas.

En el césped, el ambiente era de celebración anticipada, de fiesta que parecía brotar de cada poro de los hinchas que llevan a Belgrano en el alma. Y el Kempes, también celeste en su ánimo, parecía entender el momento, cubriendo de color el cielo gris.

En la cancha, el equipo que dirige el Ruso Ricardo Zielinski se mostró compacto, correcto y atrevido cuando se lo propusieron. No se vio la típica ansiedad de un equipo que juega una final; se notó, más bien, la seguridad de quien sabe que el balón está en buenas manos. Al frente, Uvita Fernández se movió entre líneas, con los pases decisivos que prepararon el camino al gol y la tranquilidad de saber que, cuando la pelota estaba en el aire, el delantero de Belgrano sabía cómo aprovecharla.

La jugada del tercer tanto, un centro desde la izquierda que terminó en la pierna de zurda de Franco Vázquez, cambió el ritmo y desató la fiesta. Aquella tarde, la suerte parecía sonreír al Pirata de Córdoba.

Los momentos clave no sólo vinieron de un partido; Belgrano recorrió un camino de Playoffs que dejó memoria. Empezó ganando al clásico rival, siguió con un triunfo frente a Unión por 2-0 y consiguió la clasificación milagrosa ante Argentinos en La Paternal, un estadio que hasta entonces parecía un santuario para el visitante.

Fue un recorrido de entrega y de creer, de ver cómo un grupo unido en torno a la camiseta celeste era capaz de hacer casi milagros para alcanzar la gloria.

En la noche del título, el estadio vibró cuando la Copa, en manos de Zelarayán, levantó el trofeo y convirtió ese momento en una foto grabada para siempre en la memoria de la ciudad.

Y en el abrazo colectivo, hubo homenajes no sólo al equipo actual sino a los eslabones de una historia que va más allá del presente. Participaron nombres que quedaron grabados en la memoria de Belgrano: el equipo de 1968, que disputó el primer Torneo Nacional, aquel conjunto que abrió las puertas de la competición en una época de cambios; los jugadores de 1986, cuando el Regional les dio un impulso definitivo; la generación de Ascenso de 1998, con Luis Fabián Artime y Luis Sosa, que hallaron el camino hacia la Primera; y la Promoción de 2011, que consolidó la identidad de un club que no se rinde.

En Alberdi, donde la fiesta ganó calle a calle, se recordó que este logro no es casualidad sino fruto de una filosofía de club que mira siempre hacia adelante.

Entre las imágenes grabadas por la multitud, destacó el momento en que Luifa Artime tomó el micrófono para agradecer a la gente y la casa. Su mensaje fue claro: la historia la siguen escribiendo los celestes, y ahora Belgrano puede mostrarse con orgullo. La ciudad celebró en cada esquina: en el Kempes, en Patio Olmos y en las calles de Alberdi, donde ya se escucha el rugido de los piratas que se sienten campeón.

En definitiva, Belgrano no solo ganó un partido; selló la posibilidad de construir una memoria para la ciudad, un título que quedará como hito en la historia de Córdoba y en la larga lista de gestas de un club que nunca renuncia a soñar.