Análisis coloquial de la nota oficial de la AFA sobre el ciclo de Tapia, contrastando promesas de modernización con la controversia y la desconfianza pública.
El comunicado que sale desde la sede de la Asociación del Fútbol Argentino, en Buenos Aires, y que circula por redes, llega con un título que suena rimbombante: Claudio Tapia consolida un ciclo de crecimiento y protagonismo en la AFA.
En la práctica, el texto que acompaña a una foto de Tapia levantando una copa no aporta números ni datos; se limita a una lista de elogios sobre una gestión que empezó en 2017 y que, según sus defensores, ha traído normalización institucional y una estructura más sólida, moderna y transparente.
Pero esa construcción de escenario no convence a todos, ni en las gradas ni en los despachos judiciales.
Desde su asunción, la administración dice haber trabajado de forma sostenida para normalizar la AFA, fortalecer vínculos con distintos actores del sistema y promover una organización más sólida, moderna y transparente.
En el plano deportivo, se jactan de logros trascendentales que, a ojos de sus seguidores, habrían reposicionado al fútbol argentino en la élite mundial, señalando especialmente la gesta de la Selección en Doha bajo la capitanía de Lionel Messi.
En el plano económico, el escrito afirma haber construido un esquema sustentable, con crecimiento de ingresos comerciales y acuerdos estratégicos, pero no se detiene en cifras ni balances.
No hay números, no hay desgloses, y, sobre todo, no hay explicación de un conjunto de investigaciones que se ciernen sobre desvíos de fondos de la AFA hacia empresas de terceros, como TourProdEnter, vinculada al ex diputado Javier Faroni, propietaria de la ticketera que vende entradas de la Selección.
Estas informaciones han trascendido fuera de Argentina, incluso en medios estadounidenses como el Miami Herald, que dedicó coberturas al asunto y al destino de supuestos cientos de millones de dólares.
En las redes sociales, la reacción ha sido mayoritariamente de rechazo. Las encuestas recientes reflejan una imagen negativa cada vez más marcada: un 65,5% en diciembre y, según novedades, una subida a un 71% de rechazo.
El cántico popular en los estadios—“Chiqui Tapia, botón…”—se ha difundido también entre el público de la Selección, que parecía mirarlo con distancia, y ha estado presente incluso en actos previos a amistosos, como el encuentro frente a Mauritania en La Bombonera, donde Tapia recibió una plaqueta de un rival histórico.
Paralelamente, la filtración de chats entre figuras de la AFA, como Pablo Toviggino (tesorero) y Juan Pablo Beacon (ex mano derecha de Tapia), habría dejado al descubierto indicios de corrupción en torno a los árbitros.
Entre los mensajes circula la idea de sobornos o “basculaciones” para favorecer a ciertos equipos, y el jefe de árbitros, Federico Beligoy, aparece en el límite de esas conversaciones, lo que preocupa a quienes exigen mayor transparencia.
En lo institucional, Tapia llegó en 2017 con la herencia de una AFA marcada por el legado de Grondona, quien ostentó el poder durante 35 años. Durante su gestión, se buscó una reconfiguración del formato de competencia: se planteó reducir el número de equipos en Primera para llegar a 18, descienden y ascienden con cambios que generaron momentos críticos.
En 2021 se autorizó un objetivo de 22 equipos para 2026, tras jugar con 28 en 2022 y 2023 y 26 en 2024. Este periodo dejó claro que los vaivenes del formato y las decisiones de ascensos y descensos pueden ser tan decisivos como los resultados deportivos.
En 2025, el formato pasó a contemplar una copa como estructura principal, con un calendario diferente al que regía años atrás.
El peso de la gestión de Tapia también se siente en el fútbol de Ascenso y en las ligas del interior, donde reparte subsidios para mantener un mapa competitivo que, a ojos de la crítica, aparece como un instrumento de control.
En Córdoba, a principios de marzo, 400 dirigentes se reunieron en medio de un parón del fútbol para respaldar la gestión de la AFA frente a la coyuntura institucional y legal.
En lo personal, Barracas Central—el club que encuentra un eco explícito en su gestión—saludó el noveno aniversario de Chiqui al frente de la AFA.
Según la información publicada, Tapia llegó en 2017 con el club en la Primera C y, en plena expansión de la estructura del fútbol argentino, hoy el equipo sueña con proseguir su crecimiento, incluso con el estadio propio bautizado como Claudio Fabián Tapia.
El propio Tapia sitúa a su familia en el centro de su proyecto: su hijo Matías preside el club y Iván juega como delantero, dando la imagen de una gestión que trasciende lo institucional y se apoya en la vida privada.
En definitiva, este 9º aniversario de Tapia al frente de la AFA convoca a un debate: ¿un ciclo de crecimiento real y sostenible para el fútbol argentino, con modernización y mayor apertura, o un periodo marcado por la desconfianza, la controversia y la transparencia por esclarecer? La respuesta, como siempre, dependerá de los datos públicos, de las decisiones futuras y de hasta qué punto la gestión logre conciliar sus promesas con la realidad que se expone ante jueces, hinchas y la prensa de todo el mundo.