Jeremy Hansen: 16 años esperando volar al espacio y la humanidad que brilla en la misión Artemis II

Jeremy Hansen: 16 años esperando volar al espacio y la humanidad que brilla en la misión Artemis II

Un retrato cercano del astronauta canadiense mientras comparte sensaciones del despegue, los retos y anécdotas humanas de la misión Artemis II alrededor de la luna, con contexto histórico sobre Canadá en la exploración espacial.

Jeremy Hansen, astronauta canadiense y miembro de la tripulación Artemis II, llevaba 16 años esperando la oportunidad de volar.

En una conversación desde el Johnson Space Center, en Houston, explicó qué se siente en cada tramo del camino: ese momento en que llega el despegue, la emoción de ver la Tierra desde el #espacio y la sorpresa de vivir una experiencia que solo ocurrirá una vez en la vida para la mayoría de las personas.

La trayectoria hacia la misión no fue lineal. Hansen, seleccionado en 2009 junto a David Saint-Jacques, pasó años entrenando en Houston, esperando su turno para una misión que, en aquel entonces, parecía lejana.

Durante mucho tiempo, parecía improbable que alguien acabara dando la vuelta alrededor de la Luna. Pero el programa espacial cambió de rumbo, se reconfiguró y él siguió adelante, aceptando que la ruta hacia la Luna no era la que se había imaginado al principio.

Aun así, mantener la mirada puesta en ese objetivo fue clave para mantenerse enfocado y aprovechar cada oportunidad de aprendizaje.

Cuando llegó el día, Hansen describe el despegue y la subida como una experiencia “increíble y muy divertida”. No estaba obsesionado con cuánto tardaría en llegar a la luna; su enfoque era disfrutar cada instante del ascenso y confiar en que el resto llegaría.

El viaje, dijo, fue una mezcla de adrenalina y asombro, un recordatorio de que el esfuerzo de años vale la pena cuando la tecnología te permite vivir un momento así.

Una parte frecuente en la conversación de los #astronautas sobre la vida en el espacio es el malestar que puede surgir. En el caso de Hansen, afirma que no sufrió malestar significativo; la experiencia de estar en una cabina relativamente pequeña y confinada puede ayudar a evitar ciertas incomodidades, pero lo importante es reconocer que la condición varía de persona a persona.

En su caso, disfrutó de cada minuto y afirmó sentirse bien durante toda la misión.

Otra escena curiosa que cuenta muestra la naturaleza práctica y, a veces, lúdica de la vida a bordo: la redistribución de fluidos en ingravidez hace que la cara se vea algo hinchada, un efecto común que los tripulantes experimentan.

Además, Hansen reveló que para evitar molestias en la cabeza y la concentración se empleó una especie de dispositivo en el muslo que restringe el flujo sanguíneo.

Asegura que esa herramienta resultó útil para mantener la claridad mental durante las operaciones diarias.

Entre las anécdotas técnicas, aparece la historia de una pequeña avería: al tomar fotografías de la luna, la tripulación tuvo que apagar la iluminación de la cabina para evitar reflejos en las ventanas.

Sin embargo, la iluminación de la Tierra brillaba en una ventana y acabó iluminando la cabina; para solucionarlo, colgaron una camiseta para cubrirla.

También hubo un vaivén de la numeración de las ventanas, lo que obligó al equipo a coordinarse con Houston para describir lo que veían; la comunicación entre la nave y el control de misión es un puzle constante en este tipo de misiones.

Hansen explicó que los astronautas aprendieron a manejar las bolsas de hidratación con paciencia

Sobre el sistema de agua, Hansen explicó que los astronautas aprendieron a manejar las bolsas de hidratación con paciencia. Abrir la válvula y esperar antes de retirarla evita que el flujo siga y llene la bolsa de forma descontrolada. En una de esas, confiesa, la bolsa de agua explotó cuando se distrajo haciendo otra cosa; entre risas, agregó que terminó bebiendo parte del contenido.

Estas situaciones muestran que, incluso con la tecnología más avanzada, los imprevistos humanos pueden convertirse en historias cercanas y humorísticas que ayudan a sostener la moral en misión.

La vuelta a la Tierra también forma parte de la experiencia: la reaceleración por la gravedad suele ser un reto, pero Hansen indica que, por la corta duración de la misión —algo más de una semana— la adaptación no ha sido tan dura como podría parecer.

Los momentos favoritos fueron muchos: las imágenes impresionantes, el ritmo de subida y descenso en la cápsula, y, sobre todo, la sensación de estar compartiendo algo único con millones de personas a través de las pantallas.

Pero, por encima de cualquier detalle técnico, el aspecto humano es lo que más le impacta: la conexión de la gente en casa con la misión fue un aliciente real durante el viaje.

Desde el punto de vista histórico, la experiencia de Hansen se inscribe en un marco importante para Canadá. #Canadá ya ha enviado a la humanidad al espacio en el pasado: Marc Garneau fue el primer astronauta canadiense en viajar al espacio en 1984, seguido por Roberta Bondar en 1992 y luego David Saint-Jacques en 2018-2019.

La participación de Hansen en #Artemis II representa un hito notable para el país, ya que podría convertirlo en el primer canadiense en orbitar la Luna, una hazaña que, por su magnitud, suele estar reservada a grandes potencias espaciales.

A nivel global, Artemis II forma parte de un esfuerzo más amplio para establecer una presencia humana sostenible en la Luna y preparar el terreno para futuras misiones y posibles bases lunares.

Con todo, Hansen señala que lo más valioso de la experiencia no fue sólo el triunfo técnico, sino la capacidad de las personas para conectarse con la misión y entre sí.

Ver cómo la gente en la Tierra se unía alrededor de un objetivo común dio sentido a años de preparación y entrenamiento. Y, de cara al futuro, su historia invita a mirar hacia adelante: la exploración espacial sigue siendo un esfuerzo colectivo, en el que la perseverancia, la curiosidad y el compañerismo son tan importantes como la velocidad y la potencia de la tecnología que nos lleva más allá.

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