Economía Salud 29 March, 2026

La batalla millonaria entre Abbott y Mead Johnson por la alimentación de bebés prematuros

Crónica clara y detallada de la lucha entre dos gigantes de la fórmula infantil, la presión de las ventas en las unidades neonatales y los riesgos médicos y éticos de estudios financiados por la industria.

La historia no es solo de bebes; es de negocios, contratos y poder en las unidades de cuidados intensivos neonatales.

En hospitales de Estados Unidos, Abbott y Mead Johnson, dos gigantes de la fórmula infantil, pelean por controlar la leche que usan los prematuros. En el centro está la fortificación para bebes prematuros, mezclas que se añaden a la leche para dar más calorías y nutrientes. Esta pelea muestra cómo la #salud de los recién nacidos puede verse como una vía de negocio para ganar contratos hospitalarios y fidelidad de padres para el largo plazo.

Todo empezó en 2013, cuando un científico de Abbott observó que un fortificador ácido de Mead Johnson parecía presentar problemas para algunos bebes.

En un correo, la reacción fue de alarma y se propuso comparar ese producto con una versión de Abbott en un ensayo llamado AL16. La idea era simple: ver si el fortificador de Mead Johnson era más o menos seguro que el de Abbott, dentro de un estudio patrocinado por Abbott. A partir de ahí, la historia se convirtió en lo que la #industria llama una guerra en la NICU.

En la práctica, cientos de bebes nacidos muy prematuros recibieron fortificadores en unidades neonatales de todo el país. Algunos recibieron el fortificador acidificado de Mead Johnson; otros, el fortificador no acidificado de Abbott. El AL16 siguió casi un año. Los resultados fueron controvertidos y reveladores: muchos bebes alimentados con Mead Johnson desarrollaron mayor acidez metabólica, es decir, exceso de ácido en la sangre, frente a los bebes alimentados con Abbott.

En números, ocho de los 78 bebes del grupo Mead Johnson presentaron acidosis metabólica; en el grupo Abbott, ninguno de los 82. Además, otros análisis señalan que la acidez metabólica fue más frecuente en escalas mayores: 19 casos frente a 4 en ciertos recuentos, lo que encendió las alarmas de varios médicos que supervisaron el ensayo.

La preocupación llevó a cuestionar la seguridad del estudio. En un correo, dos médicos que vigilaban a los bebes expresaron su alarma y su decisión de no inscribir a más pacientes. También surgieron dudas sobre los formularios de consentimiento que firmaron los padres: algunos no mencionaban la acidez metabólica ni la necrotizante enterocolitis NEC, una complicación grave en bebes prematuros.

A pesar de estas preocupaciones, Abbott defendió que el ensayo era seguro y ético, y que los fortificadores comparados estaban disponibles en el mercado y se usaban con regularidad.

AL16 se publicó en 2018 en una revista científica reconocida y concluía que el fortificador acidificado utilizado por Mead Johnson se vinculaba a mayor acidez metabólica y peor tolerancia a la alimentación, entre otros efectos.

En litigios se señala que Abbott y Mead Johnson vieron estas conclusiones como una herramienta para ganar contratos hospitalarios y fidelizar a las familias que salen de la #NICU con la marca de la primera leche del bebé

Este resultado sirvió a Abbott para reforzar su presencia en hospitales y, según documentos internos, para ampliar contratos y cuota de mercado. En litigios se señala que Abbott y Mead Johnson vieron estas conclusiones como una herramienta para ganar contratos hospitalarios y fidelizar a las familias que salen de la NICU con la marca de la primera leche del bebé.

La historia no termina ahí. En la batalla, los tribunales entraron en juego. Tres casos grandes quedaron en la memoria de la industria: Watson v Mead Johnson, Gill v Abbott Laboratories y Whitfield v St. Louis Children’s Hospital. En estos casos, las decisiones han sido mixtas y, en ocasiones, anuladas por errores procesales, lo que dejó claro que la NICU no es solo un lugar de cuidado sino también un tablero de estrategia de negocio.

Los documentos de litigio muestran más: presentaciones internas que describen las NICU como puertas de entrada al mercado minorista; planes para ganar contratos hospitalarios que sostienen las ventas de fórmula y fortificadores.

Un ejemplo es una diapositiva de Mead Johnson que declaraba conquistar hospitales y que, en algunas notas, se mencionaba la idea de ganarse la lealtad de las madres para que, una vez en casa, continúen con la marca.

Otra nota de Abbott decía que ya había ganado la narrativa del mercado. Se cita que el mercado de fórmula para prematuros genera ingresos importantes, y que la lucha se libra a golpe de contratos y de reputación.

La controversia también desata el debate sobre la seguridad de estos productos y la responsabilidad de las empresas ante posibles daños. Las agencias reguladoras señalan que la supervisión de la fórmula infantil tiene límites y que la industria no está exenta de críticas. En medio de la polémica, se defiende que la leche materna y las opciones fortificadas son necesarias cuando la lactancia no alcanza, y que, cuando se usan adecuadamente, los productos son seguros.

De este episodio se extraen lecciones: que el dinero y la venta entran en la discusión de la salud de los más pequeños; que la transparencia en la investigación y la información a los padres debe ser total; y que las decisiones en la NICU pueden estar influidas por intereses económicos, no solo por el bienestar de los recién nacidos.

Este caso ilustra un reto de la sanidad en la era de la industria: separar la evidencia científica de la publicidad y vigilar que el cuidado de los bebés prematuros no quede atrapado en una lucha de mercados.

Si quieres entender qué hay detrás de cada contrato hospitalario y cada ensayo clínico, este es un buen ejemplo de por qué hay que mirar con lupa lo que se firma, se financia y se publica.

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