Fabio Santana: de las minas de Malvinas a cantar por la paz y la soberanía
Deporte Malvinas 02 April, 2026

Fabio Santana: de las minas de Malvinas a cantar por la paz y la soberanía

Crónica en lenguaje llano sobre un veterano de Malvinas que convirtió la experiencia bélica en música y en defensa de la soberanía. Un relato humano y político, contado con cercanía y sencillez.

Fabio Santana no es de esas personas que necesitan explicaciones cuando se habla de Malvinas. Es de los que miran la historia de frente y, sin adornos, entiende lo que significó aquella pelea para quienes vivieron en primera fila. En 1981 le tocó cumplir la conscripción en la Compañía de Ingenieros Mecanizados 10 de Pablo Podestá y, tras ocho meses de servicio, apenas un año después recibió el telegrama: lo convocaban para la guerra.

Su entrenamiento siguió a toda prisa, sobre la marcha, porque la noticia de la confrontación ya estaba convertida en realidad. A los 20 años pisó las islas y su labor quedaba aproximadamente a siete kilómetros de Puerto Argentino: tenía que colocar minas antitanunes y antipersonales para impedir, si llegaba a ocurrir, el paso de fuerzas británicas que todavía no habían desembarcado con intensidad.

En 2020, después de una campaña que duró 11 años, la zona ocupada fue declarada libre de minas: casi 30.000 artefactos explosivos retirados. Entre quienes formaron parte de esa maniobra desminadora estaba la misma persona que, años después, se convirtió en la voz de un recuerdo colectivo: un militar que terminó cantando el Himno Nacional ante una Bombonera atestada y que, antes del conflicto, ya había llevado la guitarra para aliviar tensiones entre camaradas: folclore y rock nacional se mezclaban en un repertorio que ayudaba a sostener la esperanza en medio de la incertidumbre.

La llegada a Moody Brook fue otro capítulo: la historia de un joven que llegó a una de las zonas más sensibles del conflicto y que, cuando se afincó en la isla, descubrió que la #música era, al menos para ese instante, un refugio.

La guitarra que llevó a cuestas parecía encajar con el silencio de los días de espera; unos compañeros le quitaban el instrumento para escucharle tocar canciones populares de folklore y rock, desde Zamba de mi esperanza hasta temas de León Gieco y Sui Generis.

En aquellos momentos, la escena era menos de batalla y más de convivencia forzada entre minas y trincheras, bajo una bandera argentina que parecía ondear con más fuerza cada vez que alguien entonaba algo conocido.

La guerra, claro, llegó cuando tenía que llegar. El conflicto se encendió el primero de mayo, con ataques de Sea Harriers que golpearon con dureza el aeropuerto, y el 2 de mayo se recordará por el hundimiento del buque de batalla General Belgrano: dos hitos que, para la memoria de Santana, fueron un antes y un después.

Después de la contienda, la vida llevó a un punto de inflexión: la música volvió a presentarse en su historia en 1996, años después de regresar a casa.

Su padre le sugirió que retomara el canto; decidió empezar con el tango y, en un triunfo tras otro, acabó formando parte de una orquesta importante y ganando un festival en La Matanza.

Aunque nunca dejó de ser veterano, mantuvo en secreto esa parte de su identidad artística para que la fama no se confundiera con la memoria de la guerra.

Podía “malvinizar”: dar voz a la causa y mantener viva la llama de la #soberanía en el corazón de la gente

Todo cambió en 2012. Participó en un programa de televisión llamado Soñando por Cantar y descubrió que, cantando, podía “malvinizar”: dar voz a la causa y mantener viva la llama de la soberanía en el corazón de la gente.

Se unió entonces a centros de veteranos, un espacio que les dio a muchos otra forma de mirar el mundo: no solo la memoria, sino la acción colectiva. Desde entonces, su voz dejó de ser solo un recuerdo personal para convertirse en un puente entre la experiencia de la guerra y la defensa de la soberanía.

Cantó en eventos de gran resonancia deportiva y cultural, y se convirtió en un referente de resiliencia para quienes oían sus canciones como una forma de seguir adelante.

Pero la vida no se reduce a las notas musicales. En cada interpretación, Santana transmite una idea: cantar con responsabilidad. No es nostalgia, es una forma de honrar a los que quedaron allí y de recordar que la paz necesita compromiso. Su mensaje, que repite con calma, es claro: la música puede abrir espacios de encuentro, pero las guerras son, en su origen, un negocio de poder que no entiende de sufrimientos humanos.

Por eso, cuando habla de paz, lo hace desde la convicción de que la soberanía de #Malvinas no está en disputa solo en el mapa, sino en la historia, la geografía y la dignidad de una nación que quiere que la justicia vuelva a ser real.

En su visión, la salida no está en una sola mano: propone un plan de Estado que trascienda a cada gobierno, una negociación permanente en las Naciones Unidas y un marco de cooperación regional que vaya más allá de acuerdos comerciales con el Reino Unido mientras la disputa permanezca.

Menciona que, históricamente, las Malvinas forman parte de la identidad argentina: su emplazamiento, su historia y su horizonte hacia la Antártida obligan a mirar más allá de la táctica diaria.

Habla de la necesidad de unir a Latinoamérica, desde México hasta el extremo sur, para fortalecer una defensa conjunta y una solución que tenga en cuenta la justicia histórica y la realidad geopolítica.

Puede parecer utópico, admite, pero afirma que soñar con una resolución pacífica es el primer paso para convertirla en realidad.

Hoy, cada vez que sube al escenario, Fabio Santana no solo canta; comunica una memoria viva y una convicción: las guerras deben evitarse, y la dignidad de la soberanía debe protegerse con acción, estudio y unidad regional.

Su historia es, al final, un testimonio de que la música puede ser un camino para sostener la paz y, a la vez, para exigir lo que corresponde por historia y justicia.

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