Tres veteranos del Super Bowl LX se preparan para una despedida que parece inevitable
Deporte Deporte 07 February, 2026

Tres veteranos del Super Bowl LX se preparan para una despedida que parece inevitable

Tres hombres mayores, unidos por décadas de historia compartida, se acercan al final de una era en el Super Bowl. Este reportaje reconstruye su viaje y las huellas que dejaron en una competición que ya es parte de la memoria de Estados Unidos.

No es solo el estruendo de los estadios, ni el show del entretiempo, ni esa pelota ovalada que vuela bajo el resplandor de las torres de iluminación.

Para ellos, el #Super Bowl es, ante todo, un espejo del tiempo. Se miran y ven las décadas pasar. Se abrazan y sienten que, mientras estén los tres en la tribuna, todavía le están ganando al almanaque. Pero este año, el aire en Santa Clara tiene un aroma distinto: huele a despedida.

Don Crisman, Gregory Eaton y Tom Henschel son los últimos sobrevivientes de un club que se fue desgranando con el paso de las décadas. Son los llamados hombres del nunca jamás: jamás se perdieron un partido desde que en 1967 la liga era apenas un sueño que se llamaba Campeonato Mundial AFL-NFL.

Hoy, con 80 y tantos años a cuestas, este trío de octogenarios se prepara para su edición número 60. Y, quizás, la última. Crisman sostiene un balón del Super Bowl LX que les regaló Wilson Sporting Goods, como un talismán de una era que ya no volverá.

Para Crisman, un hombre de Maine que este año soplará noventa velitas, el viaje ya no es la fiesta de una semana que solía ser. "Llegamos a los 60. Definitivamente, este será el último", reconoce con esa mezcla de orgullo y resignación que acompaña a quien dio todo en la cancha. Hay una simetría poética en su historia: su hija Susan nació el mismo año en que se disputó el primer Super Bowl, marcando el inicio de esta travesía familiar.

El recorrido de estos amigos es una cronología de los Estados Unidos. Recuerdan entradas de 12 dólares compradas el mismo día del partido en 1969, #viajes de 24 horas en tren para llegar a Miami y la emoción de ver, tras décadas de lucha, al primer mariscal de campo negro levantar el trofeo en 1988.

Hoy, el presente es más complejo. Tom Henschel, de 84 años, sufrió un derrame cerebral; camina con lentitud y le cuesta hablar, pero la idea de reencontrarse con sus hermanos de ruta le devuelve el brillo a los ojos.

Gregory Eaton, de 86, todavía trabaja y es quien se resiste a colgar los guantes: quiere seguir, siempre que su cuerpo se lo permita, con la ilusión de ver a los Lions de Detroit disputando una final.

Y el silencio cómplice de saber que han sido testigos de la #historia son los elementos que sostienen este relato

El fútbol americano funciona como excusa, pero el trasfondo es un viaje que cuesta y que ya no depende de cuántos puntos se anoten. Ya no buscan el alboroto ni la parte comercial; buscan el ritual. El café compartido antes de entrar al estadio, la rivalidad eterna entre Patriots y Steelers, y el silencio cómplice de saber que han sido testigos de la historia son los elementos que sostienen este relato.

Gregory Eaton luce una camiseta con el logo Never Miss a Super Club, como un recordatorio de que la fidelidad a una pasión no debe perderse nunca.

El club se va achicando. Incluso el mítico fotógrafo John Biever, que inmortalizó cada una de las 60 finales, planea retirarse este año. Es el fin de una era. Mientras Seahawks de Seattle y Patriots de Nueva Inglaterra se preparan para la batalla en el Levi’s Stadium, tres hombres se sentarán en las gradas a observar mucho más que un juego.

Mirarán el campo y verán sus propias vidas pasar. Cuando suene el silbato final, no solo habrá un campeón. Habrá tres amigos completando la hazaña más difícil de todas: estar presentes, contra todo pronóstico, hasta el último segundo del último cuarto.

Este año, el costo emocional de la experiencia resulta aún más significativo si se lo coloca en una perspectiva económica: lo que antes era un viaje de precio asequible para un grupo de aficionados se ha transformado en un esfuerzo que, en tiempos actuales, podría comprenderse como el coste de la memoria.

En la década de 1960, pagar 12 dólares por una entrada representaba una oportunidad para vivir el evento desde las gradas; hoy, conscientes de la trayectoria y la longevidad de este ritual, la inversión personal equivale a la consigna de mantener viva una historia que ya pertenece a las generaciones futuras.

Si se trasladan las cifras a la actualidad, ese valor simbólico podría entenderse como aproximadamente 11,16 euros por persona, una pequeña suma frente al significado de aquella primera experiencia.

Y cuando se suman los costos de viaje para recorrer miles de kilómetros, el compromiso de cada participante se eleva: un viaje que costaba en su momento un aproximado de 10.000 dólares por persona equivaldría ahora a unos 9.300 euros, una inversión que va más allá de una simple salida deportiva y que refleja el valor de preservar la memoria de una afición que ha cruzado décadas.

Con información de AP, estas historias de lealtad y de vida que se cruzan con el #deporte suelen quedar fuera de las grandes coberturas, pero su peso adhiere a la esencia de lo que significa mirar atrás para entender el presente.

En un mundo que avanza a gran velocidad, estos tres hombres demuestran que el deporte puede ser más que un juego: es una crónica de familias, ciudades y generaciones que se han encontrado, una y otra vez, en la misma cancha, a la misma hora, para recordar quiénes fueron y, quizá, quiénes aún pueden ser.

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