Explicamos por qué EE. UU. dejó de acuñar el centavo y qué implicaría, a medio plazo, la posible desaparición del níquel, con datos de coste de producción, contexto histórico y posibles cambios en la forma de pagar.
En Estados Unidos, El centavo, esa diminuta moneda de un céntimo que para muchos es más un recordatorio de la inflación que una herramienta útil de pago, podría estar viviendo sus últimos días en Estados Unidos.
La Casa de la Moneda dejó de acuñar centavos el año pasado, y la pregunta que se abre es si el níquel (la moneda de cinco) podría seguirle los pasos.
No es un tema menor: tiene que ver con cuánto cuesta fabricar las monedas, cuánto valen en la tienda y cómo cambia el modo en que la gente paga sus compras.
Para entenderlo, hay que mirar los números. En 2024, el coste de producir cada centavo superó con creces su valor facial: se hablaba de aproximadamente 3.69 centavos por moneda. En el caso del níquel, el coste fue aún mayor: 13.78 centavos por pieza. En conjunto, esas diferencias de coste se traducen en pérdidas para el erario público: unos 18 millones de dólares por los centavos y unos 85 millones por los nickels ese año.
En otras palabras, cada moneda que circula cuesta más de lo que vale en su cara, y eso, para la Hacienda, no es sostenible a largo plazo.
Los economistas que han comentado el tema señalan que eliminar piezas de menor valor tiene un razonamiento práctico: si cuesta más producirlas de lo que valen, conviene replantear su existencia.
Así lo resume David Smith, economista de Pepperdine: la discusión sobre quitar el níquel nace de un coste de fabricación que supere su valor. No es un capricho político, es una cuestión de coste-eficacia. Por su parte, Robert Whaples, de Wake Forest, sostiene que “eliminar el centavo fue una decisión de sentido común”, porque su valor práctico se había erosionado tanto que ya no justificaba su uso en la vida diaria.
El centavo ha sido protagonista de la #economía desde hace mucho tiempo
Pero, ¿cómo llegamos a este punto? En Estados Unidos, el centavo ha sido protagonista de la economía desde hace mucho tiempo. El diseño Lincoln cent (1909) marcó un hito en la historia monetaria del país. Durante décadas, los centavos estuvieron hechos principalmente de cobre; en 1982 se cambió a una composición mucho más barata: núcleo de zinc recubierto de cobre, una jugada para reducir costes que, a la larga, facilita la producción en masa sin alterar sustancialmente su apariencia al consumidor.
Aun así, el coste de fabricación no dejó de subir, y la mayor parte de la discusión actual se centra en si vale la pena seguir emitiendo monedas que pierden valor con cada golpe de máquina.
El debate incluye también las posibles consecuencias para los comercios y los consumidores. Si desaparece el centavo, podría empujar a una mayor dependencia del níquel y, a la larga, a un aumento de las transacciones redondeadas. De hecho, ha habido propuestas para redondear las cuentas a la mitad más cercana (a cinco céntimos) para evitar el coste de monedas de menor valor. En 2025, una ley bipartidista llamada Common Cents Act fue presentada para introducir ese redondeo, pero aún no avanza. Mientras tanto, algunos estados han explorado soluciones propias.
En términos prácticos, la desaparición del centavo aceleraría un cambio más amplio en la economía cotidiana: menos fricción en pagos en efectivo y, posiblemente, un empuje hacia el uso de pagos digitales o de billetes de mayor valor.
Para un lector español de derechas y con conocimientos limitados, la historia ilustra un principio sencillo: cuando el coste de mantener una herramienta supera lo que facilita su uso, el sistema tiende a reajustarse.
Nadie quiere que cada compra cueste más de un céntimo para el comerciante o el comprador; la solución suele pasar por simplificar la moneda y, a veces, por trasladar parte del gasto a través de mecanismos más eficientes de pago.
En resumen, el centavo ya no cumple su función económica de forma rentable, y el níquel podría encontrarse en una ruta similar si las condiciones de coste y #consumo continúan así.
La historia de estas monedas es, en gran medida, la historia de cómo la inflación, la tecnología y las decisiones políticas obligan a revisar continuamente qué piezas usamos para pagar nuestro día a día, y a qué precio para el contribuyente.
